María Félix: ‘Doña Bárbara’ fue el golpe, el ‘boom’ de mi vida

María Félix en un retrato de 1996.
Foto: Benjamin Flores

Entrevista a María Félix publicada en Proceso 1552, el 30 de noviembre de 1998.

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- A María Félix le tiene muy sin cuidado la segunda versión de Doña Bárbara, hoy en cartelera:

“No la he visto, ni la veré”, jura la Doña, con la voz más grave que nunca, debido a una enfermedad de la garganta que, junto con otras ocupaciones, le impide recibir a Proceso en su mansión mexicana de Polanco, además de que “mi casa parece comisaría en 15 de septiembre”.

La Félix, casi afónica, se sabe única:

–Siempre han querido copiarme, me copió la mujer de Chaplin, a ella le gustó tanto mi actuación que hizo Enamorada, pero era tan mala que ni su mamá fue a ver la película: me copió trajes, todo, mi manera de caminar, de peinarme…

–¿De levantar la ceja? La nueva Doña Bárbara lo hace.

María estalla en una carcajada y pregunta:

–¿Levanta la ceja?

–Las dos.

Y vuelve a reír.

Su combustible es, sin duda, la pasión. Sólo los títulos de los capítulos que puso Rómulo Gallegos a su novela Doña Bárbara pueden darle un orden a la conversación. De “las soluciones imaginarias” a “los puntos sobre las haches”, ella sigue siendo “la estrella en la mira”.

De más allá del Cunaviche, de más allá del Cinaruco…

“De más lejos que más nunca” –como escribió Gallegos– la voz de la Diva, emergiendo del teléfono, resuena con sus diálogos de película, tras interrogársele:

–María, ¿quién más la ha imitado?

–Ay, pues no me acuerdo, muchas. ¿Cómo me voy a acordar del nombre de tanta furcia?

Fue Doña Bárbara su película “fetiche”, la que la llevó a conocer a Agustín Lara, la que herró su piel blanquísima con la imagen de mujer implacable, devoradora de hombres, que conserva hasta ahora, 55 años después:

“Hasta el perico de mi casa me la recuerda: ¿Dónde está mi Doña?, dice el perico.”

–¿El traje de Doña Bárbara le quedó a la medida?

–De hecho, fue sobre medida. Fernando de Fuentes solo me prestó sus camisas…

María Félix, entonces de 29 años, encarnó a la primera cacique del cine, bruja que embriagaba a los hombres con su belleza y sus brebajes afrodisiacos, madre desnaturalizada que pelearía en amores con su propia hija, Marisela (María Elena Márquez), criada a la buena de Dios por un loco que alimentaba lo mismo a la niña que a las aves de mal agüero, los “rebullones del demonio” que habitaban su rancho de “El Miedo”. Dueña de todo lo que no se moviera, incluyendo la ley que había comprado, Doña Bárbara encontró su talón de Aquiles en el doctor Santos Luzardo (Julián Soler), único hombre al cual no pudo domar.

Nadie podría decir si el personaje se apoderó de ella o al revés. Lo cierto es que la mujer de conversación clara que está al teléfono le tumbó en aquel 1943 el papel de Doña Bárbara a Isabela Corona, justo el día en que Gallegos, recién llegado de su natal Venezuela, conocería al reparto. Dice la actriz que “ese día tuve que levantarme muy temprano para ir a dejar a mi papá a la estación de trenes, mi padre se iba a ir a Sonora”.

–¿Qué edad tenía usted?

–Ay, pues no me acuerdo, estaba muy joven, yo era mucho más chica que la hija, que Marisela. Yo iba a dejar a mi papá en el tren y en ese momento no tuve tiempo de ponerme nada. Como estaba tan joven y tenía la melena muy rizada, me hice un moño, un chongo. Estaba muy sencilla con una camisa, una falda, y así fui. Se me hizo un poquito tarde. La compañía donde yo trabajaba, Grovas, me había invitado a esta comida que ellos iban a dar en el restaurant Chapultepec para Rómulo Gallegos con el elenco de Doña Bárbara. Yo no tenía muchos deseos de ir porque esas cosas a mí no me gustan, pero pues fui un momento y dije, bueno, no estoy arreglada, no importa mucho porque no soy protagonista ni nada de esto y sólo es un momento para que los de la compañía no se enojen conmigo. Y entonces como no sabía para dónde ir me entré, me quedé de pie un momento viendo a las gentes a ver si alguien me conocía y me pasaba para presentarme o algo. Y cuando estaba de pie allí oí esta voz que decía: “¡Aquí está mi doña Bárbara!”.

Era Rómulo Gallegos.

“Allí estaba Chabela, la protagonista elegida por Fernando de Fuentes. Ya estaba vestida, traía su sombrero ‘pelodeguama’, su sombrero venezolano, traía renque, que es el látigo, en la mano, y a mí me sentaron cerca de Rómulo y así comenzó. Yo tuve el apoyo muy fuerte de un productor que siempre me quiso mucho, que se llamaba Mauricio de la Serna, y Fernando de Fuentes estaba muy furioso porque yo le había echado abajo sus planes, su artista…”

–¿Discutió Fernando de Fuentes con Rómulo Gallegos?

–Sí, sí discutieron. Dijo que yo era una novata, que era apenas mi tercera película. Después de eso lo primero que hice fue leerme la novela que me gustó mucho y comenzó todo para mí, ¿verdad?: el arreglo, la ropa, los ensayos, todo.

–¿Mejoró la relación con De Fuentes?

–No, pues no era una relación muy amable que dijéramos.

–¿Durante toda la filmación?

–Durante toda la filmación. A él no le gustaba que estuviera yo allí.

–¿Y qué dijo al ver el éxito de la película?

–Inmediatamente me ofreció otra, La mujer sin alma.

Algún día será verdad.

El primer reto para la protagonista de Doña Bárbara fue morir de pasión por Julián Soler, un actor al que la Doña no perdona, de entrada, “la debilidad”, el físico.

–¿A quién hubiera querido usted en el papel de Santos Luzardo?

–No sé, hubiera yo elegido otra cosa, pero ese no me gustaba. Lo veía flaco, lo veía feo, sin fuerza.

–No para enamorarse de esa manera…

–No, yo no me hubiera enamorado de él. Jamás.

–¿Quién fue el Santos Luzardo de su vida?

–Bueno, yo he tenido muchos Santos Luzardo en mi vida.

Tampoco le gustó, “y se lo dije a Rómulo”, la primera aparición de Doña Bárbara en la comisaría del Llano, al lado de los complacientes respresentantes de la ley a los que había comprado: el coronel Pernalete y su asistente, el bachiller Mujiquita:

–Yo hubiera querido que Doña Bárbara fuera de otra manera. Me parecía muy simple porque esta mujer tan fuerte, con tanta personalidad, con ese pasado terrible que tenía y cómo se hizo ella mala y fuerte, pues me pareció que el filme debía haberla presentado de otra manera que no fuera sentada con la pierna cruzada en la sala del juez.

Y entonces se lo sugerí a Fernando de Fuentes pero me mandó a volar con mi idea.

“Yo veía a Doña Bárbara en su caballo, galopando en el llano, bajo la tormenta, mojada por la lluvia, con aquella cosa de palapa encima, de hoja seca de palma. La imaginaba atravesando el llano de lejos enmedio de los elementos desencadenados, fuerte, mojada, entre los rayos, bajando hacia la comisaría donde se iba a encontrar con Santos Luzardo. A mí se me figuraba que esa era la manera de presentar al personaje, con los elementos desatados, con una imagen  más imponente ¿verdad? De cualquier manera a mí me gustó el libreto. Siempre me gustó mejor la novela que el guión…”

–¿Cómo hizo para construir su personaje?

–Yo no hice nada, me quedó bien, yo me aprendí mis diálogos, llevaba muy bien mi película en mi cabeza. Fue el golpe, el boom de mi vida, porque de allí en adelante tuvo tanto éxito que fue lo que me obligó realmente a aprender un oficio que es muy difícil. Es muy difícil el espectáculo cuando uno lo quiere hacer bien.

–¿La marcó?

–Pues sí me marcó. Por esa película conocí a Agustín. Y de allí en adelante yo estuve con Agustín seis años.

El inescrutable designio

–¿Cómo se conocieron?

–Me lo presentó un muchacho que trabajaba en la película. Después del estreno en el Cine Palacio nos fuimos a cenar a un restaurant que no recuerdo y allí fue cuando lo conocí. Al día siguiente me regaló un piano.

–¿Amor a primera vista, mutuo?

–Bueno, yo desde muy chica quise a Agustín Lara. Desde muy chica decía que era el hombre con el que me iba a casar…

–¿Como premonición o como sueño guajiro?

–No, yo tenía con mis hermanos un pleito. A mí me gustaba mucho cómo cantaba. Y yo estaba en la escuela y decía: “Con este hombre me gustaría casarme.” Y mis hermanos decían: “Te vamos a acusar con mi mamá, te vamos a acusar con mi mamá”. Y me casé con Agustín.

La musa de Lara, su “María Bonita”, recuerda los detalles con una memoria impecable:

–En 1942 iba yo llegando de Guadalajara, después del divorcio con mi esposo; yo me acuerdo que andaba en un taxi. En la Reforma había un bar que se llamaba California, y yo me paré para hablar por teléfono con una amiga con la cual iba a cenar. El teléfono estaba ocupado por una persona, yo no supe quién. Y después vi salir de allí a un señor con un abrigo así como inglés, de cuadritos. Y era Agustín. Entonces me vio y me preguntó: “¿Y usted qué está haciendo aquí?” Y le dije: “Yo estoy aquí, pero a usted no le importa qué estoy haciendo aquí.” Allí nos vimos por primera vez. Fue un encuentro del destino.

–Ya era bárbara, ¿no? Qué respuesta, si lo admiraba tanto…

–Pues no me parece mal, porque de todas maneras es mucha falta de educación que una persona me pregunte qué estoy haciendo aquí cuando yo no lo conozco. Yo no soy el tipo de gente que se le iba a echar a los pies, ni la Pánfila que va a rogarle a un hombre para ver qué bonito ojo me hace.

–¿Qué significó para usted Doña Bárbara?

–Doña Bárbara fue para mí un fetiche, que me dura hasta el momento, pues hasta el perico de mi casa me habla de ella.

–¿Quedó en ese personaje?

–Yo no quedé, porque después hice muchas cosas, filmé 47 películas, pero sí me marcó.

–¿Es usted tan dura como ella?

–Yo no sé. Es muy difícil hablar de uno mismo, es muy pesado estar diciendo lo que uno es. Yo me siento formidable, yo me siento como la gente me ve. Eso es también muy importante. Pero mire: Yo soy disciplinada, yo sé que puedo hacer cosas, yo aprendí el oficio, yo no sabía nada y yo me hice, no como las niñas de Televisa que están hechas en fábrica. Tienen fábrica de niñas. Yo hago cosas porque me disciplino a hacerlas. Además, yo no soy una tarada ni una Pánfila ahí nada más, yo tuve escuela, yo aprendí, y en ese momento yo ya había leído muchas cosas, en fin. Tenía una formación, una cultura diferente.

Los puntos sobre las haches

–Doña Bárbara lo hacía con una soga… Usted, ¿tiene su manera de tomarle la medida a los hombres?

–¡Qué pregunta! ¡Tomarle la medida! ¿Qué quiere usted decir con eso?

–Hay quien mide a un hombre con una mirada.

–No es cierto. No es una pregunta lógica. Una persona se mide con el tiempo.

–Supongo que tampoco habrá necesitado de hechizos para seducir a un hombre.

–Yo no. El hechizo es estar guapa, estar bien, tener una manera de ser, cultura para tener una conversación. De todas maneras nace uno con una personalidad. A mí me llamó mucho la atención que en mi libro, que hizo Enrique mi hijo, en donde Octavio Paz me dio el lujo del prólogo –y digo lujo porque Paz es lo mejor que ha tenido México en muchos años– y en una frase dice Octavio: “María Félix nació dos veces. Una, cuando su madre la echó al mundo, y otra, cuando ella se inventó”.

Los rebullones

–A usted, espejo de Doña Bárbara… ¿no le parece que México mismo es ahora como el llano, donde la ley está al servicio del poder?

–Yo creo, naturalmente, que estamos mal, muy mal y todos lo sabemos. La gente no tiene seguridad, la gente no tiene confianza, y yo creo que aquí lo que nos hace falta es alguien que nos dirija, y que castigue con mano dura a todas estas gentes corruptas, a todas estas gentes que no hacen más que robar, porque decir político en México es decir ratero, salvo rarísimas excepciones.

–¿Cuáles?

–No sé decirle cuáles. Yo vivo poco en México. Yo conozco México a la distancia.

–¿Y cree que manda aquí la ley del llano?

–Estamos al quien vive. Estamos al cual ir, como luego se dice. La gente que nos dirige no se da cuenta en realidad del peligro en que vivimos en esta ciudad, porque ellos están protegidos con todos sus guaruras y todas sus pistolas. Pero nosotros, los que estamos en la calle, estamos completamente a la buena de Dios. No se vale. Me parece horrible lo que nos está pasando. Sólo los políticos están protegidos.

“Ahora, a los pobres, a los que no tienen nada, les quitan la tortilla. ¡Que suban otras cosas, que suba la gasolina, que les saquen a los ricos un impuesto, pero que no le quiten a los pobres el frijol, la tortilla, la leche, que son las cosas primarias! Pero, ¿cómo se atreven a hacer eso?

“Yo creo que no se dan cuenta. El poder a muchas gentes se les sube a la cabeza, y no podemos decir además que estos la tengan bien puesta y con muchas luces, ¿verdad? Así que con el poder se ponen más y más y más tarados.”

–¿Como el coronel Pernalete?

–No se puede creer. Mire, yo veo a México siempre a la distancia, y veo la cara chorreada que tenemos allá, y es una pena. Es una mentira todo esto que dicen: “Y México va mejor, y México va mejor…” No es cierto, México va peor cada vez. Ojalá que todo esto que le digo usted lo pueda decir.

“La tristeza que me da de los comentarios que se hacen fuera, en los periódicos en Francia: ‘Pauvre Mexique, pauvre Mexique’. Esto de Chiapas es verdaderamente una caricatura.”

–¿En qué sentido?

–En todos los sentidos. Primero que nada es una cosa política. ¿No cree usted? El gobierno que tiene diálogos con alguien que no tiene identidad. Yo les diría: primero quítense las máscaras y vamos a hablar como personas…

–¿Y qué piensa del atraso de 500 años en Chiapas?

–Bueno, bueno, usted habla de Chiapas, pero váyase a Chihuahua, y vaya al Valle del Yaqui, vaya a todas partes. Nunca se les ha dado a los indios su lugar, nunca se les ha ayudado nada ni valorizado como los primeros seres humanos que estuvieron en este país, ¿verdad? Aquí, valorizados, los políticos, esos son los ricos, los que tienen, pues sí, pero sólo valorizados en su dinero, no en su persona.

–¿Está envuelto el país por “rebullones de los demonios”, esas aves malditas de Doña Bárbara?

–Está envuelto por gente que no está preparada, que no tiene el amor a su país, eso es una cosa tan importante. Que no tenemos un líder, que no tenemos un jefe.

–¿Y el presidente?

–Figúrese usted. Yo esto no se lo había dicho a nadie, pero a mí Francia me ha condecorado. Me ha dado la distinción máxima que se le da a alguien que es la Legión de Honor. Yo tengo la Legión de Honor dada, y ni el Presidente de la República ni los diputados ni nadie permiten que se me dé a mí esta condecoración, por qué necesito yo un permiso. El Presidente de la República de aquí, de mi país, cuando los futbolistas fueron a Francia a jugar la Copa del Mundo, perdieron, salieron en sexto lugar o no sé qué. Llegaron a México y el presidente los recibe en la casa de Los Pinos, con no sé cuántos honores, porque nosotros aquí ni siquiera sabemos perder, ya no digamos ganar… Y cuando a mí me dio Francia la condecoración del Grand Commandeur, Zedillo ni siquiera dijo ¡bu!… Y digo yo: pues qué mentalidad, a México que no le pasa nada bueno, y cuando le pasa, el Presidente de la República no dice bu.”

–¿Conoce personalmente al presidente?

–Yo no lo conozco, pero sé que es íntimo amigo de Salinas, así es que ya por ahí lo puede uno conocer. Para qué queremos más. Que vengan los futbolistas y los felicite y les dé agasajos, y a mí que Francia me da la máxima condecoración Grade Officiel de la Legión de Honor, que es una condecoración militar, y el Presidente de la República de mi país no me ha dicho bu ni nada.

–¿Cree que es deliberado?

–No sé… Yo doné al Archivo General de la Nación unos libros que eran de mi padre. Yo acababa de llegar de Francia y como veía a la gente tan inconforme, sin confianza, la gente con miedo, y me preguntan: ¿qué le parece a usted el presidente?, dije: Pues yo creo que el presidente no está realmente formado para dirigirnos. Eso no debe haberle gustado nada. ¿Pero quién dice la verdad? Nadie dice nada.”

–El escritor Carlos Monsiváis dice que los ídolos del pueblo son sus diputados sentimentales.

–A mí me gustaría que todo lo que dijera yo lo pusiera usted pero bien puesto. Yo creo que la cosecha que he tenido de triunfos me ha dado un privilegio, una voz: La voz. La voz que se me escucha y que se me cree.

“Ay, pero mire, de pronto me preguntan unas cosas tan pendejas, que verdaderamente: de qué lado duermo, qué perfume uso… qué le puedo decir, hay muy pocos periodistas con un sentido de lo que están preguntando… como un Renato Leduc, como un Scherer García.”

Soluciones imaginarias

–¿Cree que estamos en el preludio de la revolución?

–Mire, la misma pobreza, la misma inseguridad les ha bajado los pantalones a todos los mexicanos. Nadie tiene esa cosa de levantarse y decir: ¡Oiga pero por qué sube la tortilla! La gente se muere de hambre, y se va a ver la televisión.

–¿Se debe tener la bravura de Doña Bárbara?

–Pues yo creo. Es que la gente está aplastada. Triste, sin confianza. Yo no puedo creer lo de la tortilla, que los pobres ya no tengan un pedacito de masa. Eso debe ser intocable.

–Los zapatistas han protestado, se levantaron en armas.

–Los zapatistas son unos… pendejos.

–¿Por qué?

–Es que esas capuchas. ¿Qué es esto? ¿Por qué necesitan capuchas para hablar?

–¿No está de acuerdo con sus demandas?

–Yo no estoy de acuerdo con los zapatistas.

–¿Con ninguna guerrilla?

–No… qué guerrila ni qué nada. ¿Qué van a ganar con estos gobiernos?

–¿Cómo protestar entonces?

–Con la cara limpia. Sin capuchas.

–¿Estamos más agringados?

–Estamos más agringados, ¡claro! La música, no encontramos más que gua-gua-gua, y la gente muriéndose con los aeróbics.

–¿Qué piensa de los políticos educados en el extranjero?

–Que se hubieran educado allá por Guanabacoa, por el Valle del Yaqui, allá de donde yo nací, como se educaron Elías Calles y Obregón y esas gentes que sabían lo que era la política y el país donde viven. Qué Harvard. ¿De qué nos sirve Harvard aquí a nosotros? Para nada. Me impresionó mucho esa portada de ustedes con la silla vacía.

–A usted le preocupaba el Centro Histórico, ¿pero qué piensa del desmoronamiento del cine mexicano, que llegó a ser  la segunda industria nacional y una gran fuente de divisas?

–Bueno, el cine mexicano tuvo una gran oportunidad porque en ese momento, después de la Segunda Guerra, el cine de todas partes estaba muy disminuido. El cine italiano estaba bajo, los Estados Unidos también, todos en guerra. Entonces salió el cine mexicano con una personalidad diferente, conmigo diferente, con un paisaje diferente, con una fotografía diferente. Se lo merecía, pero también fue su momento.

–Pero es una industria que usted ayudó a construir. ¿No le duele que se derrumbe?

–Yo no veo cine mexicano.

–¿Embrujó usted al país como Doña Bárbara?

–Yo siento que encontraron una mujer fuerte, encontraron una mujer disciplinada, encontraron una mujer muy bella, encontraron una mujer que tuvo el valor de ir a Europa a aprender idiomas para poder trabajar allá y mandarle a México unos pocos de honores.

“Yo he sido una mujer que dirigió una cuadra de 87 caballos pura sangre que me dejó mi marido y que yo dirigí cuando él murió. Era una de las cuadras más importante de Francia. Aquí en México nadie lo sabe, porque no les interesa. En México los caballos tienen tres patas, no tienen cuatro patas. Aquí en México no se supo para nada. Que yo gané derbys, el derby francés, el derby irlandés, gané el derby inglés con caballos que yo manejaba y dirigía. Ganar un derby no es cualquier cosa. No se gana un derby soplando encima.

–¿Y los caballos?

–Los vendí porque no tenía la fortuna para mantenerlos, pero primero les di valor, porque un caballo no se vende como carne para los carniceros.

–¿Su fortuna no es grande?

–Mire, yo de dinero nunca hablo. Eso sí que no. Nunca he contestado si tengo tres pesos o tengo cuatro.

–¿Cuánto le pagaron por Doña Bárbara?

–Bueno, a mí siempre me pagaron más que a todos los demás, porque yo exigía que me pagaran más.

–¿Por qué no filmó Toña Machetes?

–Desde que esa señora…

–¿Margarita López Portillo?

–Le decían “albondiguita de no sé qué”, yo no puedo decir esa palabra. Quería que un español la dirigiera y yo me negué, pues el guión era mexicano.

–No falta quien diga que Carlos Salinas prepara su retorno a México. ¿Lo cree?

–No. Yo creo que algún mexicano le dará debajo de los dientes. Pero no sé, con Zedillo puede venir. Como Salinas lo puso, yo creo que Zedillo sí le da el albergue, pero no pienso que se atreverá a salir a la calle porque le rompen los dientes, me imagino yo. No sé.

–¿Qué es lo peor que le puede pasar a México?

–¿Usted cree que nos pueden pasar cosas peores? ¿Que no pueda uno salir a la calle porque lo pueden matar, asesinar como nada?

–Hábleme del caso Fobaproa.

–Ah, no, eso del Fobaproa es una traición. Son unas mentiras. Un escándalo. Eso sí es lo peor que le puede pasar a México. Qué fraude, qué barbaridad, qué cosa. Estamos que el que no corre vuela. Es una cosa que en primera no se lo han explicado al pueblo como debían explicárselo.

–Lo ha hecho el líder del PRD, López Obrador.

–Sí, claro, y es verdaderamente un fraude tremendo. ¿Usted lo sabe?

–¿Está dispuesta a aceptarlo? Al parecer, será aprobado.

La Doña suspira:

–Es una facha. Se ha hecho un país chafa. Ya somos un país chafa. Los mexicanos no saben protestar ya, ¿qué les pasa?

–¿Protestar cómo, sin armas, con armas?

–¡Con la palabra! La palabra es una maravilla. Y quién dice que la única que habla y abre la boca soy yo. Cuando me preguntan: ¿Qué le ha dejado el éxito?, respondo: Me ha dejado una voz. Que puedo hablar con una voz que se escucha y que se cree. Ese es el premio que he tenido, el privilegio que tengo. Ese es mi más grande triunfo: la voz.

María Félix hace suya la indignación. El coraje. Su voz resuena en la línea. Hay un eco. Podría venir del llano. Y truena:

–¡Póngame! Ponga lo del Fobaproa, lo que usted sabe del Fobaproa lo sé yo, y me indigna de la misma manera, pero las gentes no son capaces de hablar. ¡Póngame! Ponga mi voz en protesta por lo del Fobaproa. ¡Y póngalo con todas sus letras!