India: El Dalái Lama y el dilema ante Modi

El Dalái Lama de visita en Oslo, Noruega.
Foto: AP

DHARAMSALA, India (apro).– El Dalái Lama parecía a punto de romper los límites de su condición de huésped. Refugiado en India desde su escape de China hace 55 años, y actuando en el exilio como jefe de Estado de Tibet, nunca había hecho referencias a la política local, menos aún cuando se desarrolla un prolongado proceso de comicios legislativos que amenaza con la derrota del partido en el poder.

De manera inesperada e inusual, el jefe del budismo lamaísta había concedido una audiencia específicamente dirigida a “indios y extranjeros”. Aunque no había mencionado nombres, el contenido de su discurso de 33 minutos, dado en su templo de Dharamsala, en los Montes Himalaya, el 26 de abril, era entendido en clave electoral.

Casi para concluir, cuando dio cuenta del contexto con la frase “India está metida en elecciones”, la expectación de que iba a pedir el voto en contra de Narendra Modi creció tanto que él mismo se carcajeó: “Ahora todo el mundo está esperando ‘qué nos va a decir’”.

Al frente de su Partido Bharatiya Janata (partido del pueblo indio, BJP), el ministro jefe (gobernador) del Estado de Gujarat, Narendra Modi, es visto como el candidato con mayores probabilidades de convertirse en primer ministro de India, superando a Rahul Gandhi, abanderado del gobernante Congreso Nacional Indio (conocido simplemente como “Congreso”), y a Aarvind Kejriwal, del nuevo Partido Aam Aadmi (Partido del Hombre Común, AAP).

Los postulados del BJP y los antecedentes de Modi, que pretenden centrar a este país extraordinariamente diverso en su raíz hinduista, en perjuicio de otras religiones, han creado una sensación de alarma. Sus políticos y activistas, incluido Modi, han estado involucrados en numerosos incidentes que han conducido a enfrentamientos, motines y muertes contadas en miles.

El foco de los ataques del BJP ha estado, especialmente, sobre los musulmanes y los inmigrantes de Bangladesh y Myanmar, y no sobre otras minorías como los budistas y los tibetanos del Dalái Lama.         La preocupación se refleja en numerosos sectores, sin embargo, incluidos los laicos, por el peligro de que un gobierno de Modi altere la paz del país al romper los precarios equilibrios que la mantienen.

En el parto de India como nación independiente en 1947, el conflicto interreligioso condujo a la partición que produjo un país islámico: Pakistán (y eventualmente de Bangladesh); así como 14 millones de personas desplazadas y forzadas a cruzar la frontera en ambas direcciones y entre 200 mil y un millón de muertos.

Los problemas pendientes derivaron en tres guerras entre estos dos estados nucleares y en numerosos enfrentamientos. Además, en el norte, existe un resistente movimiento separatista entre la población mayoritariamente musulmana de Cachemira.

Los atentados de grupos terroristas musulmanes asentados en Pakistán, con bombazos y tomas de hoteles de lujo, han conmocionado a la sociedad india; y a nivel local, cotidianamente tienen lugar roces por una variedad de causas.

“La idea de Modi en el poder nos llena de miedo”, aseguraron el 23 de abril en una carta abierta, prominentes intelectuales como el escultor Anish Kapoor, el director de cine Deepa Mehta y el novelista Salman Rushdie. Explicaron que “significará mayor vigilancia moral, especialmente sobre las mujeres, mayor censura y más tensiones con los vecinos de India”.

En este país, el hinduismo ha mostrado rasgos de intolerancia. Por ejemplo, en enero pasado impidió que el libro Los hindúes: una historia alternativa, de Wendy Doniger –trabajo académico reconocido en el extranjero— pudiera venderse al público.

Ante este tipo de acciones, diversas personalidades –como la actriz y activista social Nandita Das– recuerdan que el BJP modificó los libros de texto para acomodarlos a su visión. Lo hizo en la única ocasión en que gobernó la India: De 1998 a 2004, con el primer ministro Atal Vaijpayee.

“Una vez que Modi se vuelva primer ministro, sus políticas basadas en el odio serán legitimadas y ni siquiera llegaremos a enterarnos de ellas”, declaró Das.

Escenario complejo

Narendra Modi es el candidato visto con mayores probabilidades de formar el próximo gobierno. Pero que éstas se vean materializadas es una tarea extremadamente compleja.

Con una población que iguala a las de Europa y Norteamérica juntas, los comicios que iniciaron el 7 de abril se desarrollan en etapas a lo largo de cinco semanas, para tratar de movilizar a 814 millones de electores que hablan 447 lenguas, incluidos 29 idiomas con al menos un millón de hablantes.

Tradicionalmente, a Congreso, el histórico partido de los Gandhi, sólo le ha hecho competencia otra organización de nivel nacional, el BJP. El AAP de Kejriwal es el tercero en discordia que aspira a dar una sorpresa. La clave del gobierno, sin embargo, está en las alianzas con una nube de partidos regionales tan variada como la sociedad india.

Para enfrentar el reto en mejores condiciones, Congreso y BJP han formado coaliciones (el primero, la Alianza Progresista Unida, con 11 partidos; el segundo, la Alianza Nacional Democrática, con 29). Aunque la de Modi parece tener ventaja, no se espera que ninguna pueda ganar una mayoría clara y tendrán que negociar con otros grupos para formar gobierno.

Rahul Gandhi, bisnieto, nieto e hijo de exprimeros ministros, recibe el menosprecio de la prensa pero no se descarta que pueda atraer una cantidad suficiente de socios, además de que no faltan los líderes regionales que han anunciado su intención de convertirse en el eje de cualquier gran pacto y ascender ellos mismos al poder central.

En buena medida, se considera que las posibilidades de Modi dependen de que su apuesta en Uttar Pradesh (el Estado más grande del país, que con 200 millones de habitantes es un bastión del BJP) tenga éxito y arrase en el distrito de Varanasi, la capital regional, en la última fase electoral, el lunes 12.

Las leyes permiten que una persona se presente como candidata al parlamento en dos sitios diferentes, aunque no viva allí: Modi va por Vadodara, en Gujarat, y también por Varanasi, en un intento de consolidar su fuerza en Uttar Pradesh. En una jugada con riesgo, Kejriwal ha decidido retarlo directamente postulándose también por esta última ciudad.

La decisión de contender por Varanasi tiene otras razones. Consciente de que, en contiendas pasadas, el temor a la agenda derechista hindú del BJP le ha restado apoyos, Modi ha hecho campaña enfocándose en crear un aura de éxito económico en su gestión al frente del estado de Gujarat y en hacer sentir que él puede cumplir la promesa de crecimiento veloz y prosperidad general que generó grandes esperanzas en India hace una década y que no pudo cumplir Congreso en su doble periodo de gobierno, con Manmohan Singh como primer ministro.

Los indios soñaban con que, a estas alturas, ya serían un país líder en la escena mundial con una mayoría de clase media bien estructurada.

En la realidad, el crecimiento de casi 10% anual que se registraba en 2005 se ha reducido a 5%, insuficiente para darles trabajo a decenas de millones de jóvenes que se incorporan al mercado cada año.

Los apagones son comunes, las carreteras nunca se terminan de construir, la carencia de un sistema de salud universal se sigue notando en la cantidad de personas con malformaciones que mendigan en las calles, y distintos funcionarios han recibido en estos diez años entre 4 mil y 10 mil millones de dólares, según la revista The Economist (5 de abril).

En cambio, como explica Maya Chaurasia, analista del Samajwadi (un importante partido regional de Uttar Pradesh), colocarse como “la voz más potente del nacionalismo hindú” en todo el país sólo es una de las tres puntas de lanza que ha utilizado Modi para promoverse.

Otra es que ha gobernado Gujarat durante una etapa de fuerte crecimiento en la que desarrolló una reputación de ser un político pro-empresas, eficiente, con capacidad de decisión y de hacer que los servidores públicos hagan lo que les ordena, lo que le ha ganado el apoyo, incluso, de una pequeña cantidad de musulmanes adinerados.

Y una más es que ha conseguido “proyectar mercadotécnicamente a su estado, y a sí mismo”, con la ayuda de una agencia de relaciones públicas que lo presenta como un campeón de la energía verde. Cada dos años patrocina la cumbre para inversionistas “Vibrante Gujarat”, con la que “gana muchísima atención y elogios”, dice Chaurasia.

Hacer campaña en Varanasi, la ciudad más sagrada del hinduismo, le permite pulir su prestigio ante sus correligionarios sin necesidad de hacer las polémicas declaraciones que solían ser su marca.

Modi no ha conseguido acallar las acusaciones de que en 2002, cuando ya era gobernador, no hizo lo suficiente para detener los motines en los que, a lo largo de semanas de febrero y marzo, bandadas de hindúes recorrieron calles y barriadas de Gujarat en persecución de la población musulmana, lo que dejó como saldo a entre mil y 2 mil muertos, 18 mil casas destruidas y 200 mil musulmanes desplazados. La organización Human Rights Watch (HRW) acusó a la policía de “apoyar activamente” a los asesinos.

Los críticos aseguran que Modi pudo haber prohibido la convocatoria a la protesta hindú que dio origen a los ataques, impuesto el estado de sitio, haberle exigido a la policía estatal que actuara y haber pedido la intervención de la policía nacional. Pero las cortes no han hallado o no han querido aceptar evidencias de una responsabilidad directa del hoy candidato.

Para obtener una mayoría parlamentaria Modi se dedica a ganar el apoyo de un sector de la población musulmana, que representa a 14% de los habitantes y que, con 176 millones de personas, es la segunda en importancia del mundo, después de la de Indonesia.

La clave está en la promesa de bienestar: “Lo que me importa es que mejore la economía”, afirma Abdul Ahad, un joven musulmán de la ciudad punjabi de Amritsar, “porque así como las cosas están, no me puedo casar. Si en tres años, cuando cumpla 25, Modi ha mejorado todo, podré hacerlo”.

Sin embargo, Modi se ha negado a apoyar la reconstrucción de las mezquitas destruidas en los motines de 2002. El programa de su partido, el BJP, promueve la “recuperación” para el hinduismo de sitios de culto islámico y sus compañeros de partido han hecho declaraciones antimusulmanas.

El nerviosismo por los conflictos que un gobierno del BJP pudiera desatar es tal que llegó a Dharamsala y provocó que el sábado 26 de abril el Dalái Lama, siempre distante de la política hindú, saliera a hacer declaraciones sorprendentes para el patriarca de una institución religiosa.

Explicó que el laicismo consagrado en la Constitución india hace del país “un ejemplo vivo de armonía religiosa”. Pidió defender la enseñanza secular pues “la religión no educa para traer una convicción plena en la ética moral”. Advirtió que la supuesta devoción de una persona no es garantía de nada porque “entre los creyentes religiosos hay muchas personas religiosas miserables, incluidos líderes religiosos muy corrompidos”. Y sin tratar de orientar explícitamente el sentido del voto, concluyó: “Ustedes indios deberían liderar la promoción de una ética laica”.

Así, India tiene que escoger entre distintos candidatos. Pero con Modi, no sabe si vota sólo por el neoliberal pro-empresas o también por el fanático religioso con un pasado de sangre.