El momento de México en América Latina

García Márquez en un retrato de 1994.
Foto: Joaquín Cato

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Uno de los problemas más difíciles para ubicar a México en el mapa de la política internacional es su carácter dual. Pertenecemos geográficamente a América del Norte y somos vecinos de la primera potencia del mundo. El atractivo del país del norte es inmenso para las actividades económicas, los movimientos migratorios y el comportamiento en general de la sociedad mexicana; México no se entiende sin tomar en cuenta la vecindad con Estados Unidos. Sin embargo, en términos de identidad, los mexicanos miran hacia el sur y se sienten profundamente latinoamericanos. Según los resultados de la última encuesta elaborada por el CIDE, “México, las Américas y el Mundo”, uno de cada dos mexicanos dice sentirse latinoamericano; en contrapartida, solamente el 8% se percibe a sí mismo como norteamericano.

Ese gusto por América Latina no se ha traducido en políticas gubernamentales bien estructuradas para vincular al país con la región. Cierto que en los últimos meses se advierte una actividad más intensa de lo acostumbrado en la política hacia esa parte del mundo, pero es muy pronto para llegar a conclusiones. Hoy por hoy, los datos indican que las relaciones comerciales crecen pero son limitadas, las alianzas políticas son puramente coyunturales, los “socios estratégicos” no se materializan y el prestigio cultural de México desciende.

En efecto, en el ámbito de las relaciones culturales y educativas México ha perdido terreno. Atrás quedó la época en que gran parte de los médicos o ingenieros latinoamericanos se formaban en la UNAM, el Instituto Mexicano del Petróleo o los grandes hospitales, como el de Cardiología. Atrás quedaron también los años en que las pantallas del cine y la televisión latinoamericanas se veían inundadas por las producciones mexicanas. Las circunstancias han cambiado tanto para el mercado del entretenimiento como para el adelanto relativo de México en materia de educación superior, ciencia y tecnología.

Tales antecedentes son útiles para situar el significado de los momentos vividos durante el homenaje que, con motivo de la muerte del gran escritor Gabriel García Márquez, se celebró en Bellas Artes con la asistencia de los presidentes de México y Colombia.

Pocas veces se había palpado tan claramente el gusto de los mexicanos por la literatura latinoamericana; pocas veces se había expresado tan emotivamente la identificación de los jóvenes con el imaginario latinoamericano captado de manera tan magistral por el gran escritor de origen colombiano y residente en México; pocas veces un dirigente mexicano había proyectado una imagen tan latinoamericana como Enrique Peña Nieto al pronunciar su discurso; pocas veces se había tenido conciencia clara de la importancia de México para la cultura de América Latina: Cien años de soledad se escribió aquí.

Así, el homenaje a García Márquez creó un momento mexicano, un punto de partida para recordar el lugar de México como referente esencial de la cultura en América Latina. No sugiero que se recupera de esta manera el lugar que se tuvo en otras épocas. Se trata de insistir en las ventajas de incorporar en la política hacia América Latina una dimensión para la cual México cuenta con un buen capital. Transmitir la gran tradición, así como la creatividad reciente de pintores, músicos, escritores y cineastas mexicanos, es el mejor camino para conectarse con los pueblos latinoamericanos y fortalecer la imagen de un México vital, que tiene mucho que aportar a la vida cultural de la región.

Es frecuente tener información sobre los esfuerzos que se realizan para presentar un “año de México” en París o para deslumbrar a los visitantes del Museo Británico de Londres con una gran exposición de los olmecas. No se encuentran esfuerzos similares para deslumbrar a los habitantes de medianas y grandes ciudades de Latinoamérica. Evidentemente son retos y clientelas muy distintos. Hoy en América Latina lo que se requiere es un paquete cultural integral del que formen parte el cine, la música, la literatura, el teatro y las instalaciones de las nuevas voces del México del siglo XXI.

El primer y más importante requisito para construir ese paquete es el cambio en la mentalidad de la Secretaría de Hacienda para entender que la política exterior de México no sólo busca comercio e inversiones, sino también presencia, prestigio y respeto intelectual. Para ello se necesitan recursos y presupuestos, no excesivos pero sí realistas. Sin un sólido apoyo financiero, cualquier proyecto, como el paquete cultural al que me refiero, carece de viabilidad.

El segundo requisito es la participación, coordinada por la Secretaría de Relaciones, de diversas agencias gubernamentales: la Secretaría de Educación, Conaculta y el Conacyt son, entre otras, piezas esenciales de este paquete, acompañadas por las universidades públicas y privadas, los empresarios y, desde luego, por los creadores mismos. Estos últimos son quienes tienen la palabra para fijar contenidos y establecer diálogo con sus homólogos.

El momento mexicano se ha interpretado hasta ahora desde la perspectiva de los inversionistas extranjeros. Para ellos, si las reformas constitucionales aterrizan, si las leyes secundarias ofrecen buenas oportunidades de inversión, si la seguridad mejora, si la certeza jurídica existe, este es el buen momento de México. Ahora bien, para la imagen del país y su prestigio a largo plazo hay otros elementos a tomar en consideración. México no puede ser sólo un espacio para hacer negocios. Atrapado en múltiples problemas que llevará años resolver, el país debe contrarrestar sus aspectos negativos con el acento en los aspectos positivos: su papel como indudable referencia cultural en América Latina es uno de los más valiosos.