Reformar y reformarse

Enrique Peña Nieto y Luis Videgaray.
Foto: Eduardo Miranda.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Los primeros 18 meses de la presente administración se han caracterizado por un alud de reformas constitucionales que no se consolidan, no convencen o pueden revertirse. Acostumbrados a la debilidad de un estado de derecho que tampoco acaba de afianzarse, los ciudadanos ven crecer su escepticismo sobre la efectividad de las nuevas leyes y de su eventual cumplimiento en beneficio de la sociedad. Si a ello sumamos la falta de un avance certero en el combate a la inseguridad, se explica que el nivel de popularidad del presidente sea inferior al de sus antecesores, a pesar del gasto multimillonario en publicidad gubernamental personalizada. Además de reformar, es necesario reformarse.

Caso paradigmático es el de la reforma fiscal, que al parecer reclama ser reformada a fondo. En lugar de ser sustento de la energética, la hacendaria se malogró desde antes de nacer con una transformación radical al verse que el IVA a alimentos y medicinas no transitaría en el Congreso, lo cual ponía en riesgo la aprobación de la energética. Del apresuramiento, la presión y la improvisación surgió un engendro que no satisfizo a nadie y tampoco ha promovido la inversión ni el consumo ni la productividad; lo cual ha provocado que las expectativas de crecimiento para este año se hayan reducido más de un punto porcentual. Después de un prolongado optimismo forzado, el secretario de Hacienda tuvo que reconocer que su expectativa de crecimiento del producto interno bruto (PIB) en 2014 no será de 3.9, sino de 2.7%.

Días más tarde, el presidente Peña Nieto anunció seis medidas emergentes para acelerar el mejoramiento de la economía: 1. Reducir el impacto negativo que ha tenido la restricción del uso de dólares en efectivo en la frontera. 2. Facilitar el comercio y eliminar las barreras a la exportación. 3. Mayor financiamiento a las micro, pequeñas y medianas empresas. 4. Modernizar las reglas de operación de los Gabinetes de México Próspero y México Influyente, con el fin (presunto) de fomentar la productividad. 5. Acelerar el desarrollo de la infraestrucutra. 6. Asegurar que la reforma energética beneficie la inversión y el crecimiento de la industria nacional en dicho sector. Finalmente, en jerga futbolera, el mandatario expresó: “Con la camiseta bien puesta, juguemos en equipo y ganemos como nación”.

El exhorto presidencial fue agradecido por el recién reelegido presidente del Consejo Coordinador Empresarial (CCE) mediante un severo condicionamiento, del cual destaco tres puntos medulares:

En primer lugar, la abierta oposición de los empresarios a la reforma fiscal emprendida por el actual gobierno. Sin ambages, el dirigente empresarial expresó el desacuerdo con el marco fiscal vigente, debido a que no promueve un mayor dinamismo en el mercado interno. Y, por si no hubiera quedado claro, enfatizó la necesidad de “impulsar una reforma hacendaria integral en el futuro, que nos permita tener un régimen tributario y de gasto público más eficiente, equitativo y justo, que promueva unas finanzas públicas realmente sólidas y sustentables, y que al mismo tiempo sea un potente promotor de la inversión, el crecimiento, el empleo y la formalización económica”. Aunque en primera instancia se pudiera estar de acuerdo con la proposición del sector privado, no olvidemos que los empresarios no tienen ideas, sino intereses (Octavio Paz dixit).

En segundo término, el tono crítico y demandante del discurso del presidente del CCE: “Reformar las leyes es indispensable pero insuficiente. Hay que reformar la voluntad y la capacidad para cumplirlas”. Se ha renovado la Constitución, pero para transformar al país es necesario cumplir con una agenda formada por cinco ejes rectores: estado de derecho, seguridad, justicia, combate a la corrupción y gobernabilidad democrática. (El presidente de los empresarios fijándole la dirección del gobierno al presidente de la República. O exigiéndole que cumpla lo ofrecido.)

En tercer lugar, el énfasis del líder empresarial en el combate a la corrupción, fenómeno del cual miembros de su sector son parte activa. No obstante, coincido con su diagnóstico: “El combate a la corrupción tiene que ser la bandera del México nuevo, (es) el gran tema pendiente, prioridad estratégica de la sociedad, de las empresas y del gobierno. La corrupción debe abordarse como un asunto de seguridad nacional”. Asimismo, exigió al Ejecutivo no olvidar ni “congelar” la iniciativa de crear una comisión anticorrupción ciudadana y autónoma. Bravo, siempre y cuando la corrupción se combata también en los bueyes propios, no sólo en los del compadre.

Vuelvo a las medidas que impulsará el gobierno del presidente Peña. Me detengo en la cuarta, mediante la cual se pretende estimular la productividad. De acuerdo con la revista The Economist, la principal razón del mediocre desem­peño económico del país es la baja productividad, y el gobierno mexicano no está haciendo lo necesario para fomentarla. Por el contrario, señala con razón el semanario británico, la promesa de crear un nuevo Sistema de Seguridad Social Universal se ha esfumado de la agenda presidencial, con lo cual se promueve el peor enemigo de la productividad: la economía informal.

En ella trabajan tres de cada cinco mexicanos, lo que equivale a 28 millones de trabajadores. El gobierno se ha propuesto incorporar a la formalidad a 200 mil por semestre. Ello significa que en 70 años se acabaría con la informalidad laboral. Si, en cambio, fuera creado el mencionado sistema de seguridad social que diseñó Santiago Levy, creador de Oportunidades y actualmente funcionario del Banco Interamericano de Desarrollo, sería financiado por fondos públicos recaudados de los trabajadores formales, y ello propiciaría un aumento de dos puntos porcentuales en el crecimiento anual del PIB. (Un motivo de atraso, Proceso 1918, 6/8/13.)

¿Por qué desechó el presidente Peña ese proyecto que apoyó inicialmente?, se pregunta The Economist. Acaso porque el incremento de la productividad y su impacto en el crecimiento económico del país está íntimamente vinculado a la sucesión presidencial. La revista inglesa advirtió: Si el presidente Peña no logra un crecimiento de 5 o 6%, lo perseguirá “el fracaso”. Y agregó: No sólo a él, sino al principal de sus posibles sucesores. Reformar y reformarse.