EU: La oleada de los niños migrantes

Un niño migrante durante una protesta en la Ciudad de México.
Foto: Octavio Gómez

EL PASO, Texas (apro).-Juan Carlos sabe que apenas es un cipote, como se le conoce a un niño en el pueblo hondureño donde nació. Tiene 12 años y ha recorrido tres países utilizando distintos medios de transporte: balsa, tren, autobús y un difícil trayecto a pie.

Juan Carlos es uno de los miles de menores migrantes que tienen en jaque a los estados fronterizos entre México y Estados Unidos desde inicios de este año.

El pequeño puede hablar con Apro porque hace una semana fue liberado de uno de los cuatro centros de detención para menores migrantes que opera la Oficina de Reasentamiento de Refugiados (ORR).  Se trata de un inmueble rodeado por barrotes y malla ciclónica que Juan Carlos llama “una cárcel para niños”.

Pero que se encuentre fuera de ese lugar no significa que se vaya a quedar en Estados Unidos. El Departamento de Seguridad Interna (DHS, por sus siglas en inglés) inició un proceso de deportación en su contra. Ahora el menor debe conseguir un representante que exija su asilo, le tramite una visa para menores que han sufrido abusos o que han sido abandonados, o alguna otra medida  legal que le permita residir legalmente en este país.

Desde una casa de ladrillo en el Segundo Barrio, en el centro de El Paso, Texas, el menor cuenta su historia: sus padres están en Nueva York desde hace más de cinco años y él quedó a cargo de su abuela paterna en Honduras. Sin embargo, desde hace dos años han planeado su traslado a Estados Unidos. Debido a que sus padres también son indocumentados les es imposible tramitar una visa para Juan Carlos, así que esperaron a que su único hijo terminara la primaria para contratar a unos polleros que pudieran trasladarlo a Nueva York.

El viaje

El trayecto que siguió Juan Carlos está detallado en el reporte Migrantes en su paso por México: nuevas problemáticas, rutas, estrategias y redes, que expone las nuevas rutas de indocumentados que evitan hacer el trayecto completo a bordo del tren llamado La Bestia.

El chico inició su viaje en Honduras abordando una camioneta Van con la que cruzó hacia Guatemala.  De allí se trasladó a la costa de Puerto Ocos para tomar una balsa que lo llevó a Chiapas, México. Luego tomó un autobús que lo transportó hacia el norte del país, pasando por el Distrito Federal, Saltillo, Torreón, Chihuahua y finalmente Ciudad Juárez.  Un hombre que apenas conoció el pasado 20 de febrero lo acompañó durante todo el camino. Ese hombre cobró a sus padres cinco mil dólares por cruzarlo.

El traficante que acompañó a Juan Carlos lo mantuvo por una semana en una casa de seguridad ubicada en Anapra, en Ciudad Juárez, según se infiere de las señales que da el menor. De ahí lo internó por el Cerro de la Cruz, una de las montañas más altas que divide a Ciudad Juárez con Sunland Park, Nuevo México. Cuando el niño pisó tierra estadunidense, el traficante le dijo que siguiera hasta el patio de una iglesia que se alcanza a ver desde la línea divisoria. Luego éste regresó sin decir más.

Juan Carlos caminó hasta la iglesia, sin embargo, cuando se aventuró a transitar la avenida que cruza por enfrente, fue detenido por un agente de la Patrulla Fronteriza que lo “cazó por la espalda”.

Juan Carlos dice que valió la pena intentar huir de lo que sucede en su país.

“En Honduras no hay nada que hacer. Sí tengo a mis amigos, pero no hay escuelas buenas ni trabajo”, afirma. “Además están los pandilleros que matan a la raza ahí por donde vivía. Me tocó ver a unos”, agrega.

Lo que cuenta Juan Carlos podría estar detrás del éxodo masivo de menores mexicanos y centroamericanos que buscan llegar a Estados Unidos.

Según la directora del Concilio de Políticas Públicas de la Casa Blanca, Cecilia Muñoz, en una videoconferencia que ofreció el pasado lunes 9, los menores como Juan Carlos estarían huyendo de la violencia en sus países y no intentando beneficiarse del Dram  Act, una política instituida en 2013 por el presidente estadunidense Barack Obama que beneficiará a los menores que cumplan con ciertos requisitos, como haber llegado al país antes de cumplir 15 años de edad y haber residido aquí durante más de cinco años.

“Hemos escuchado rumores y reportes que dicen que el incremento (de menores migrantes) es en respuesta a la percepción de que los menores podrán quedarse o que la reforma migratoria los beneficiará de alguna manera. Pero parece estar muy claro lo que los motiva: lo que sucede en sus países de origen”, explicó.

Para Juan Carlos, como para los miles de menores que han cruzado la frontera, hay malas noticias: Muñoz explicó que la reforma no beneficiará a los niños recién llegados a Estados Unidos.

Fernando García, director de Casa Anunciación, un albergue para indocumentados en El Paso, Texas, considera que el responsable de la llegada masiva de menores indocumentados es la propia administración del presidente Obama.

“Si hubiera un mecanismo legal para que las familias se pudieran reunir no se pondrían en riesgo niños o menores de esa edad”, comenta.

Este caso, añade, “refleja la realidad de los migrantes” que cruzan por esta frontera. “Las autoridades migratorias siguen diciendo que los indocumentados se arriesgan porque están haciendo algo ilegal, pero eso no cambia el hecho de que estos niños estén tomando un riesgo que no es aceptable”, expresa García.

Midiendo el éxodo

El presidente Barack Obama ha descrito la oleada de menores migrantes como “una situación humanitaria urgente”.

Y es que el aumento en el número de menores migrantes no acompañados en los últimos tres años ha sido impresionante: en 2011 el DHS registró unos 8 mil ingresos ilegales, pero en lo que va de 2014 ese número se ha incrementado hasta los 47 mil, y se espera que el año termine con más de 60 mil menores indocumentados en Estados Unidos.

Lo anterior ha orillado a la administración de Obama a crear refugios provisionales en dos bases militares en desuso en Texas, California y Oklahoma. La primera alberga a unos mil 200 menores, y las otras dos a aproximadamente 600 cada una, según dijo Mark Greenberg, secretario del Servicio Administrativo para Menores y Familias del Departamento de Salud de Estados Unidos.

Para ciudades fronterizas como El Paso y Ciudad Juárez esto ha creado una especie de urbes refugio. Tan solo en los cuatro centros de detención para menores en El Paso hay más de 300 niños y niñas retenidos, mientras que unos 800 fueron repatriados o liberados después de ser sujetos a un proceso de deportación en 2013.

Además, el pasado sábado 7 un avión con 270 familias de indocumentados detenidos en distintas partes del país, incluyendo a más de 100 menores, arribaron a El Paso. Ante la contingencia, la Oficina de Migración (ICE) pidió el apoyo de refugios auspiciados por organizaciones no gubernamentales para dar asilo a los recién llegados mientras se decide su situación migratoria.

Del lado mexicano de la frontera, en Ciudad Juárez, la situación no es más alentadora. Fernando Loera, director del programa de Atención a Menores Migrantes del albergue México Mi Hogar, controlado por el DIF en Ciudad Juárez, asegura que esta ciudad sufre de una “inmensa mayoría de deportaciones de menores”.

Hasta la semana pasada el albergue daba hogar a unos 40 menores indocumentados, en su mayoría de Honduras, Guatemala, Ecuador y México, que fueron deportados en semanas anteriores.  En 2014 el albergue ha recibido un promedio mensual de 40 menores de entre 11 y 17 años. En un año típico se registran 450. Sin embargo, para este 2014 se espera que la cifra sea de por lo menos el doble.

Lo anterior representa las cantidades de apenas uno de los tres albergues para menores que existen en la ciudad fronteriza.

Negocio en las fronteras

Una de las razones por las que en años anteriores decreció el flujo de indocumentados que intentan ingresar de manera ilegal a Estados Unidos por esta frontera, fue por la monopolización de los cárteles de la droga sobre el negocio del tráfico de migrantes. Sin embargo, el reciente repunte de menores indocumentados se ha convertido en un negocio millonario.

Según revelaron a Apro distintos polleros entrevistados en Ciudad Juárez, el Cártel de Juárez, apoyado por La Línea y por la pandilla binacional Barrio Azteca, ha mantenido un monopolio en la actividad ilegal de cruzar indocumentados a Estados Unidos.

“Ese bisne (negocio) no lo dejaron ni cuando empezó la guerra contra los de Sinaloa (Cártel de Sinaloa). Aquellos se apoderaron del tráfico de droga pero acordaron que el Cártel de Juárez se iba a quedar con el bisne de los indocumentados”, dice Chuy, un traficante de migrantes que opera desde la central de autobuses.

“La Línea, con los locos de (la pandilla) Barrio Azteca, tienen controlado todo este bisne. Por aquí ya uno no puede trabajar si no les paga 100 dólares por cabeza”, revela el pollero, quien afirma ser “independiente”, es decir que no trabaja para el Cártel de Juárez.

Ricky, otro traficante de indocumentados que también se define como independiente, afirma que por llevar a un menor desde Centroamérica hasta Estados Unidos, los polleros cobran a las familias hasta 6 mil dólares.

El pollero dice tener los contactos en El Salvador y en Honduras, y asegura que ambos son mujeres. Ellas guían a los menores por todo el territorio mexicano mediante celulares hasta llegar a su casa, una pocilga de ladrillos sobre una montaña pavimentada desde donde se ve el Río Bravo, el muro fronterizo y el centro de El Paso, Texas.

“Ella se queda con 5 mil dólares y los guía por celular,  para no arriesgarse. Les dice a dónde lleguen a comer, dónde duerman, todo, cada detalle, y luego ya llegan conmigo y yo me quedo con unos mil, pero tengo que pagarle a aquellos locos”, se queja.

Sin embargo, los menores como Juan Carlos se enfrentan al incumplimiento en lo prometido por los traficantes y a ser arrestados casi al momento de pisar suelo estadunidense.

“El problema con aquellos (los traficantes del Cártel de Juárez) es que no cumplen; nomás los dejan ahí en la mera frontera y para no meterse en problemas se regresan, les dicen: ‘yo ya te traje hasta aquí, ahí tu síguele’”, denuncia Ricky.

Sin embargo, el puro hecho de cruzar la frontera da esperanzas a los menores migrantes. Juan Carlos estuvo detenido cerca de 50 días por las autoridades migratorias estadunidenses. Ahora está a la espera de que se resuelva su situación migratoria: recibir algún tipo de asilo o ser deportado a su natal Honduras.

“Mientras estoy bien aquí, con mis primos. Ya si me dejan que bueno, me voy con mis papás, pero si no, ni modo, no me pienso aventar otra vez a cruzar la frontera”, dice.