Menores migrantes: El viaje del “Meny”

Un migrante centroamericano en la estación de trenes en Arriaga, Chiapas.
Foto: AP / Rebecca Blackwell

CIUDAD JUÁREZ, (apro).- Meny dice que huyó de Comayagua, Honduras, por la violencia, por las pandillas y sus intentos por reclutarlo. Pero irónicamente terminó en las garras de una, lejos de casa: el Barrio Azteca, una pandilla binacional aliada al Cártel de Juárez, en Ciudad Juárez.

El viaje inició al salir de Comayagua, un pintoresco pueblo al centro de Honduras que en los últimos diez años ha sido asediado por pandillas, como la Mara Salvatrucha. Desde Comayagua, Meny viajó al norte para cruzar la frontera hacia Guatemala. De allí viajó al oeste hasta la costa de Puerto Ocos donde tomó una balsa hasta Chiapas. El menor pasó por el Distrito Federal, Saltillo, Torreón, y Chihuahua, hasta Puerto Palomas, en el extremo oeste del estado.

El hondureño –un adolescente de 16 años de edad– recuerda que llegó a estos lares un día del pasado mes de enero.

Su meta era cruzar la frontera. Un pollero lo guió hasta Puerto Palomas, en Chihuahua, colindante con el desierto de Columbus, Nuevo México. Sin embargo, tras una semana de intentos, el pollero le dijo que el cruce era muy riesgoso por la presencia de la Patrulla Fronteriza estadunidense y del Grupo Beta, del Instituto Nacional de Migración (INM). Lo llevó de regreso a Anapra, en las afueras de Ciudad Juárez, a una casa de seguridad. En los hechos, Meny quedó secuestrado.

Los otros refugios

Cuando Meny cuenta su historia se ve borrosa: sabe que fue forzado a permanecer en ese lugar, pero al mismo tiempo aceptó “voluntariamente” colaborar con “los carnales” del Barrio Azteca. Trabaja para ellos como halcón. Se dedica a dar aviso sobre la presencia de policías o de personas externas y sospechosas para la pandilla, así como de individuos que el Cártel de Juárez quiere secuestrar u asesinar.

Para Meny –nombre que él mismo ha inventado para proteger su identidad– el trabajo que hace “no es difícil”.
“De tanto que estuve esperando para cruzar me ofrecieron jale, y es lo que hay. Allá (en Honduras) no hay ni eso, nomás las pandillas que te quieren matar o robar”, relata el adolescente con una voz baja, sin altibajos.

Meny vive en los otros refugios para menores: los de los cárteles de la droga. Muchos de los menores migrantes sin compañía son engañados por sus polleros quienes les hacen creer durante varios meses que es imposible cruzar, para hacerlos trabajar como halcones o mulas con el propósito de cruzar droga a Estados Unidos.

En la colonia Anapra, cerca de una de las principales tratadoras de agua potable de Ciudad Juárez, está una casa de un piso. El jardín se encuentra descuidado y la calle que cruza por enfrente no ha sido pavimentada. Es allí donde los cárteles resguardan a decenas de indocumentados de México y Centroamérica, quienes esperan cruzar la frontera a Estados Unidos.

Adentro hay un hombre que dice no estar armado. Sin embargo, los indocumentados a quienes resguarda afirman que siempre trae un arma larga. Este hombre es el encargado de cuidarlos, como a una mercancía valiosa, sobre todo a los menores. Sabe que por cada menor que llegue de Centroamérica y que cruce la frontera el cártel puede cobrar al menos 5 mil dólares.

En las tres habitaciones hay colchones tirados en el piso, cobijas raídas y un par de abanicos pequeños para el calor. Huele a ropa vieja y a personas que no han tomado un baño en varias semanas.

Ahí vive el Meny junto con otros menores que dicen querer cruzar la frontera en cuanto les sea posible.

Rumores

La administración de Barack Obama ha tildado el incremento en el tráfico de menores migrantes no acompañados como “una situación humanitaria urgente”.

Explica que están huyendo del trepidante índice de criminalidad en sus países, aunque muchos realizan el viaje porque creen que podrán eventualmente quedarse de manera legal en Estados Unidos.

“Hemos escuchado rumores y reportes que dicen que el incremento de menores migrantes es en respuesta a la percepción de que éstos podrán quedarse o que la reforma migratoria los beneficiará de alguna manera. Pero parece estar muy claro lo que los motiva: lo que está sucediendo en sus países de origen”, dijo la directora del Concilio de Políticas Públicas de la Casa Blanca, Cecilia Muñoz, en una videoconferencia el mayo pasado.

La funcionaria explicó que los menores recién llegados a Estados Unidos no se verán beneficiados por la reforma aprobada en 2013 por el Senado, la llamada Acción Diferida, un programa que permite a los menores que cumplan con ciertas características –como haber terminado la universidad en Estados Unidos– quedarse en el país legalmente.

Meny afirma que no ha escuchado sobre esa posibilidad; él sólo sabe una cosa: ha salido de Honduras buscando el “sueño americano” y ha terminado en las garras del crimen organizado en la frontera. Dice que algún día intentará cruzar de nuevo, pero que por lo pronto debe juntar dinero.

Para ciudades fronterizas como El Paso y Ciudad Juárez la situación en la que se encuentra Meny ha creado una especie de urbes refugio. Tan sólo en los cuatro centros de detención para menores en El Paso, actualmente hay más de 300 niños y niñas retenidos, mientras que unos 800 fueron repatriados o liberados después de quedar sujetos a un proceso de deportación en 2013.

Además durante el último mes han aterrizado en El Paso, Texas, dos vuelos con unos 500 indocumentados, entre ellos alrededor de 200 menores.

Ante la contingencia, la Oficina de Migración (ICE, por sus siglas en inglés) pidió el apoyo de refugios auspiciados por organizaciones no gubernamentales para dar asilo a los recién llegados mientras se decide su situación migratoria.

Pero del lado mexicano de la frontera, en Ciudad Juárez, la situación no es más alentadora. Fernando Loera, director del programa de Atención a Menores Migrantes del albergue México Mi Hogar, controlado por el DIF, asegura que esta ciudad sufre de una “inmensa mayoría de deportaciones de menores”.

Hasta la semana pasada el albergue alojaba a unos 40 menores indocumentados, en su mayoría de Honduras, Guatemala, Ecuador y México, que fueron deportados en semanas anteriores. En lo que va del año el albergue ha recibido un promedio mensual de 40 menores de entre 11 y 17 años. En un año típico llegan 450 menores. Para 2014 espera que la cifra por lo menos se duplique.