Menores migrantes: Cuando las camas ya no alcanzan

Niños migrantes en un centro de detención en Brownsville, Texas.
Foto: AP / Eric Guy

EL PASO, Texas (apro).- Al inicio, hace unos tres años, cada niño tenía su propia cama. Los Centros de Procesamiento para Menores eran básicamente dormitorios de tipo militar: camillas individuales alineadas en dos hileras, una frente a otra, con una manta y una almohada cada una. En el suelo de estos centros, unos 80 en todo el país, no había suciedad ni ropa ni alguien durmiendo.

Pero una situación que comenzó a gestarse a finales de 2011 y que estalló en 2014 ha cambiado las reglas. La cifra de menores migrantes no acompañados detenidos a lo largo de la frontera entre Estados Unidos y México saltó de 8 mil a unos 47 mil en lo que va de este, ya no hay camas individuales. Para ser realistas: ya no hay camas.

A principios de este año se llegó a un punto en que los 80 centros de procesamiento en Estados Unidos fueron rebasados. Por más que los oficiales despacharan rápidamente a los menores con familiares o de regreso a sus países de origen pasando por México, las instalaciones se hicieron cada vez más chicas. Al lado de cada camilla dormía un menor en el suelo, en colchonetas de plástico. Y luego, como un juego de Tetris, eso tampoco fue suficiente.

La administración de Barack Obama decidió abrir temporalmente tres bases militares en desuso para refugiar a los menores: una en Texas, otra en California y la más reciente en Oklahoma. En las tres se acomodan a unos 2 mil 400 menores.

Pero en estos refugios temporales las cosas han cambiado desde aquellos centros impecables con camas tendidas. Aquí, según el testimonio de un agente de la Patrulla Fronteriza quien da detalles a Apro de la situación que se vive en el refugio de Bexar, Texas, no hay orden: “Los niños corren libres, por eso hubo que poner reja en todo el perímetro interior”, explica.

Lo que antes eran camillas militares con resortes, se han convertido en miles de colchonetas de plástico verde esparcidas en el suelo de lo que solía ser una bodega para almacenar equipo militar. A los menores se les ha proveído con mantas térmicas, una especie de capa con el brillante color del aluminio y se les ha advertido que deben cuidarlas, porque allí no existen repuestos.

Durante el día y una parte de la noche, la bodega mantiene las lámparas industriales encendidas. La descripción que da el agente es útil: “es como vivir dentro de un Wal-Mart completamente vació, sin estanterías ni artículos ni pasillos; el puro cascarón del Wal-Mart con miles de colchonetas regadas por todo el lugar”.

Los refugiados reciben tres comidas diarias: típicamente huevo o hot pockets para el desayuno, pollo con dos complementos para la comida y algún postre como gelatina para cenar.

Por las noches sólo unas pequeñas lámparas pálidas están encendidas para mantener vigilados a los refugiados y se escucha el sonido de los aires industriales que no dan abasto en temperaturas que alcanzan los 38 grados centígrados.

Los menores que se encuentran detenidos allí van desde los que usan aún pañales hasta quienes han entrado en la última fase de la adolescencia. Hay niños corriendo a la par de adolescentes peleando o intentando conseguir una pareja. Algunos de los mayores se hacen cargo de los más pequeños.

Dentro del refugio los olores son casi palpables: pies, gases y orines mezclados con los químicos utilizados para la limpieza del piso de concreto y los aromatizantes de los baños: unos cubículos morados que no siempre están en las mejores condiciones, pero que a decir del agente fronterizo, “se puede oler”.