“Estoy encabronado, siempre a la mera hora pierden”

México-Holanda. Los rostros de la desilusión en el Zócalo capitalino.
Foto: Eduardo Miranda

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Los aficionados no quieren entristecer: conversan, cada uno hablando con sensatez, como si supiesen más que los otros el acontecer del partido. Era uno de esos días en que todo sale bien. Dos Santos anota contra Holanda y México sigue en el Mundial. Desde la entrada del Sanborns en el Ángel se escuchan las clarinadas de victoria: “Ya calificamos”. Afuera, los policías ululan sus patrullas con el estribillo de la victoria: Tru, tru, trutrutru…

Héctor Fregoso, parado, grita y gesticula. Con un gorro futbolero maldice a la Selección. “Pinches verdes, resuciten”, les grita a los jugadores desde una radio portátil. Se le pega al oído. “No mames, que lo pare, que lo pare”, le grita a Ochoa.

“Chingue su madre, siempre es lo mismo”, expresa iracundo. Sabe que la desgracia está con él. El Tri ya tenía los días contados.

“Ya vámonos”, le dice Héctor a su familia. Pero no pueden. Las cámaras de televisión lo rodean. Le piden su opinión como si fuera director técnico. “Es muy triste, porque nos arrebataron el triunfo en los últimos minutos”, dice manoteando. “Estoy encabronado, más que nada, siempre a la mera hora pierden”.

Tal vez por la mala transmisión de su radio, Héctor sueña que México ganó. No lo puede creer. La espuma resplandece en el aire. Héctor es de esos aficionados que guardan con la derrota una particular relación de intimidad. No importa que México pierda o gane, siempre se puede festejar en el Ángel.

Los aficionados se apilan en la glorieta del Ángel como chícharos en un plato. Las maldiciones y las bendiciones se distribuyen de manera centrífuga. Rodean el monumento con la gramática incomprensible de los aficionados. Hombres, mujeres y niños sedados por la espuma. Los aficionados son canicas en la glorieta.

Héctor corre con una bandera como si fuera un íntimo deseo concedido. Paso tras paso, los aficionados elevan sus copas mundialistas. El marcador sigue intacto. Ellos pepenan una victoria y subliman la derrota. Rodean el centro de su descontento. Las banderas serpentean los escudos de los granaderos.

Los aficionados festejan en el Ángel, con la conciencia al nivel del piso, hundidos en su retórica: “Éramos los sicarios de la cancha, al chile, pero no hicimos jugo de naranja”. La espuma implora por un significado: a ratos sirve para amainar la derrota. Los trofeos de cartón sirven para crear un nuevo orden de sentimientos a partir del dos a uno en octavos de final.

El señor Islas es plomero, pero en su tiempo libre hace esculturas de papel. Llegó desde el medio tiempo al Ángel en su bicicleta acompañado de Charalón: una escultura del esqueleto de un pez moteado con círculos anaranjados. Islas también conoce la alquimia de la derrota: “La Selección estaba obligada a ganar, a responderle a su pueblo; pero también tiene su lado malo, los únicos que se benefician con esos goles son las empresas, qué bueno que perdieron”.

El señor Islas renuncia, aturdido, a su inasible elegancia. “No hay caso, sabía que perderían, me llevo a Charalón a darle más naranjas”, dice apurado mientras el esqueleto de charal roza la cabeza de algunos fanáticos.

Las voces suenan felices: “Ganamos, perdimos, la verga les metimos”. Los aficionados forman una hilera de playeras verdes. Si no fuera por el de la máscara de caballo parecerían una fila de lápices de colores. Se mueven con el lento ondular de las matracas. El grito de ¡Ehhh… Puuuto! se hace papilla en la boca. La glorieta drena pedazos de desgracia.