¿Qué hacer con la corrupción?

El titular del Ejecutivo, Enrique Peña Nieto.
Foto: Germán Canseco

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Quizás sólo por hoy me permitirá el lector un acto de candor. Hablar en este espacio de la corrupción sin usar el lenguaje de la indignación ni el de la picardía.

Cuando este lunes recién pasado el presidente Enrique Peña Nieto agradeció al Congreso su aprobación de la reforma energética, no mencionó ni una sola vez la palabra corrupción. Habló en contraste de los cuantiosos beneficios que la reforma traerá al Bien Común y a continuación los medios se saturaron de las mismas promesas de bonanza.

Y sin embargo entre el resto de los mexicanos no hubo festejos, la glorieta del Ángel de la Independencia no fue inundada por miles de mexicanos entusiastas y optimistas, nadie que no fuera político tuiteó ¡Lo hemos logrado!, y la palabra corrupción en cambio apareció en las conversaciones de sobremesa, de forma inevitable.

Es comprensible que el presidente no se haya detenido en este mal: la corrupción. El acto de tomar del bien de los muchos para sí solo. No podría haberlo hecho el presidente, no por cierto porque la corrupción en el proceso de venta de nuestro petróleo sea impensable, sino por lo contrario.

En las encuestas de opinión, la corrupción es la objeción más a menudo citada por los mexicanos contra la reforma. Del 70% que se ha declarado contra la reforma, más de la mitad, un 45%, ha citado a la corrupción como la condición que probablemente la vuelva nociva.

Nociva: el espíritu popular prevé que en actos de corrupción se malbaratará un tesoro nacional, amén que los funcionarios aprobarán reglamentos que favorezcan a los compradores y sólo a un minúsculo número de mexicanos.

¿Qué hacer pues ante la corrupción, precisamente ahora que decidirá nuestro futuro inmediato?

La cuestión es urgente y a la vez y por desgracia imposible. La verdad es que los ciudadanos no podemos hacer nada. Una Comisión contra la Corrupción, la primera promesa de gobierno del presidente Peña Nieto, de instalarse sería inútil, si es corrupta. La publicación de los números de las transacciones, si son falsos, serían inútiles. De cierto ese es el mal mayor de la corrupción: pudre cuanto toca, es una lepra que desfigura toda intención, todo mecanismo, todo proyecto.

Hoy México vive en un estado de corrupción universal. Lo que durante el siglo 20 fue el privilegio de los funcionarios de un solo partido, se ha vuelto el privilegio de cualquier funcionario de cualquier nivel y de cualquier ideología. De los liberales, de los izquierdistas, de los surgidos de la derecha religiosa.

Las páginas de nuestros periódicos son un diario del triunfo absoluto del mal en esta generación de políticos. De cierto las noticias diarias de corrupción son la evidencia de su impunidad y del mecanismo de esa impunidad. Ningún político hoy puede señalar con un dedo a otro político sin que un tercero lo señale a él, y hoy ningún ciudadano puede encontrar al funcionario que efectivamente sancione un acto de corrupción.

De querer hoy condenar la corrupción como conducta, tendríamos que condenar a todo el sistema político. Hoy el sistema político es la corrupción. Una corrupción que cumple con rituales democráticos mofándose de ellos. Una corrupción que nos deja a los ciudadanos comunes ante un dilema de vida grave.

O nos rendimos a la corrupción, nos declaramos sus víctimas y participamos en el sistema tan corrupto como es, o nos rebelamos, nos oponemos al sistema, lo rechazamos en bloque, lo que implica un inicio de revolución.

Una y otra solución la están tomando cada día miles de connacionales mientras otros tantos se ven forzados a una u otra. Quiero decir que en las zonas del país donde se vive todavía en relativa calma un ciudadano puede elegir participar, en calidad de víctima, en el sistema corrupto, o resistirse. Pero en las zonas del país donde la corrupción del gobierno se alía al crimen organizado, una mayoría de los mexicanos está identificando su sobrevivencia con el rechazo al gobierno y está tomando las armas.

En más de la mitad del territorio nacional tal es el caso: las cuadrillas de defensas ciudadanas son la manifestación de un dilema terrible: revolución o extinción.

¿Hay una tercera vía entre participar de la corrupción o rechazarla con un rifle en la diestra?

Me sincero: no lo sé.

Pero sé que es de suma importancia que hoy los mexicanos apalabremos en voz alta nuestras opciones. Apalabrarlas no traerá la extinción del mal, apalabrarlas no creará un nuevo conocimiento, esos no son los frutos del lenguaje. Pero apalabrar creará un espacio moral: un espacio donde salvemos al lenguaje de su corrupción y donde aún podamos distinguir el bien del mal.

No es mucho, tampoco es poco. Y podría ser el inicio de una tercera vía.