Colombia: “Los paramilitares nos quitaron todo”

Ledy Batista, una de las mujeres desplazadas por los paramilitares en Colombia.
Foto: Alejandro Saldívar

TURBACO, Colombia (apro).- En un rincón de su cuarto, Ledy Batista guarda una lista con diez nombres. “Me golpeaban en la cabeza, me agredían sexualmente, me hicieron daño, mucho daño”, cuenta. “Ahí tengo enumerado las veces que me usaban, los señores no me dejaban ir”.

Batista, de 42 años, se aguanta las lágrimas. Su historia de desplazamiento comenzó en 2004, en Isla del León, uno de los barrios marginales de Cartagena. “No teníamos una casa digna, vivíamos en casitas de plástico, de madera, con ventanas de tela. Las mujeres eran violadas, los encapuchados se las llevaban a media noche. Nunca los pudimos identificar”, cuenta.

Su relato es parecido a los testimonios de más de 5 millones de desplazados colombianos desde 1997, según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Hace cuatro años Ledy fue gerente de un proyecto agrícola en Aguaviva, Bolívar, donde sembraba frijol, yuca y maíz en 250 hectáreas de tierra.

“Trabajábamos en la UPI (Unidad de Producción Integral), hasta que mataron al esposo de una compañera, Tulio Miguel. Le cortaron la cabeza, amaneció en la banquetica, ahí, degollado y con la marca de un machete en la cintura. Nunca supimos quien fue”.

Batista habla más bajito, como si un sonido de botas se acercara. “Los paramilitares nos van a seguir atacando. Queríamos sembrar para permanecer, pero nos quitaron todo”, dice.

En su casa, el ventilador ahuyenta las moscas que la hacen manotear. “Algunas mujeres no sabían cuales eran sus derechos. Las mujeres no denunciaban cuando las agredían, y entonces venimos a Bonanza, pagamos 384 mil pesos (205 dólares) por casa”, cuenta la exlíder de la Liga de Mujeres Desplazadas, donde vive desde hace siete años.

Atrás de Ledy hay un tendedero con dibujos de sus 18 alumnos. Son trazos infantiles que apenas se entienden: un edificio con ventanas chuecas, una casa con techo de teja, un sol que sonríe. Ella instaló en 2012 una guardería improvisada en el patio de su casa, en Ciudadela Bonanza, Turbaco, donde más de 300 mujeres son el principal sostén de sus familias.

Los niños poco saben sobre el desplazamiento. Sin embargo, “ellos se dan cuenta. Les transmitimos tristeza. Se deprimen y algunos se vuelven agresivos, pueden convertirse en lo mismo”, teme.

El 22 de julio de 2011, Keyla Esther Berrío, de 31 años, hija de una de las fundadoras de la Liga, fue asesinada en ese pueblo. La asociación acusó del crimen a los grupos paramilitares “Águilas Negras” y al Ejército Revolucionario Popular Anticomunista (ERPAC).

En la carretera que conduce a Turbaco los policías andan en moto con sus M-16 apuntado al cielo. Van por parejas. Pasa uno. Broom. Y dos. Broom, broom. Y tres. Broom, broom, broom. Pero pocos llegan a Bonanza, donde las mujeres se establecieron sobre caminos escuálidos donde no caben los autos.

“El otro día (los encapuchados) se metieron con revólver. Cuando llegué encontré a las mujeres temblando. Las corretearon a todas; habían quemado el centro multifuncional donde nos reuníamos, todo se quemó”, narra Batista.

Pero su historial de horror se remonta a 1989, cuando mataron a su tío Pedro Batista. “Lo encendieron a tiros en la finca La Ceiba, en Bolívar, sólo por cuidarla. Le dispararon 25 veces delante de mi hermano”. Su hermano escapó a Venezuela y la violencia no lo abandonó. Enseguida desaparecieron sus primos Héctor y Rafael, cuyos cadáveres fueron hallados en una finca en 1998.

En la Ciudad de las Mujeres una vaca flaca pasta junto a un poste y un cerdo retoza en uno de los andadores de las casas. Un papalote está atorado en los cables de electricidad y un grupo de niños juega entre los árboles. A lo lejos, una malla rompe el camino de tierra: un conjunto residencial –de 200 millones de pesos (70 mil dólares), por casa– se construye encima de un cerro recortado.

–¿El Estado colombiano las ha apoyado?, se le pregunta.

–No hemos tenido apoyo psicosocial. Teníamos escoltas, pero hace poco se fueron. Creo que no sirvió de nada denunciar, pero uno tiene que seguir adelante y sacar a los niños.

Cuando Ledy busca algún documento se encuentra con el cuaderno donde anotó la lista de sus agresores. “Lo abro nomás y lo cierro. Pero un día voy a escribir todo lo que me pasó”, dice.