Actualidades musicales: La Philharmonia Orchestra con Ashkenazy

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Fuera de lo común resultó el concierto que la Philharmonia Orchestra de Londres efectuó en el Auditorio Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes, bajo la dirección de una auténtica leyenda viva del siglo XX: el pianista y desde hace algunos años director, Vladimir Ashkenazy, nacido en Gorky, Rusia, pero nacionalizado islandés y… residente en Suiza.

Legendario como pianista, Ashkenazy ha prácticamente recorrido todo el globo obteniendo siempre las mejores calificaciones que, traducidas en reconocimientos oficiales y comerciales, pueden resumirse en la obtención de 5 Grammys, con grabaciones que van del inmenso Beethoven, al “incómodo” pero grande Shostakovich, a quien su país y la historia aún le deben una enorme disculpa y reconocimiento pleno.

Empero, talentosísimo también, el maestro no se circunscribió a sus glorias pianísticas, y desde hace unos 20 años se ha aplicado a la dirección orquestal en la que también ha recogido frondosos frutos, prueba de ello es que esta orquesta, la Philharmonia, reconocida como una de las 20 mejores del mundo, lo nombró su Director Emérito desde el año 2000 y continúa actuando bajo su batuta en cada temporada anual.

Esta conjunción de atrilistas y conductor produce, naturalmente, solamente productos de calidad como ocurrió la noche de referencia que a sus dos factores fundamentales aunó la presencia de otro gran pianista de reconocimiento mundial, el brasileño Nelson Freire, cuyo nombre es atractivo por sí solo y, a esto, una joven violinista de tan solo 20 años, y a quien habrá que seguir de ahora en adelante, la estadunidense Esther Yoo, quien se hizo ya acreedora de tal confianza en sus dotes, que alguien le proporcionó el Stradivarius Príncipe Obolensky de sonido prístino y brillante que es el que usa habitualmente.

Esta reunión fuera de serie, vale repetirlo, ofreció un programa que ya por sí mismo era atractivo, La ascensión de la alondra, del inglés Ralph Vaughan-Williams, obra muy poco tocada por nuestros conjuntos; el majestuoso 5o. Concierto para piano y orquesta del genial Beethoven, y la hermosa Primera sinfonía del justamente reconocido Johannes Brahms.

Un programa calculado no sólo para atraer al público, y musicalmente (esto es mucho más importante) para mostrar las diferentes facetas de la orquesta que con la misma calidad y calidez puede abordar una obra de carácter íntimo, llamémosle, como es La ascensión de la alondra, que destacar a sus jefes de sección y mostrar poderío y concordancia al acompañar a un solista en una pieza tan fuerte y tenaz como este concierto, y desplegar toda su magnitud en la exigente sinfonía de Brahms. Todo ello con una claridad y brillantez de sonido nada fáciles de alcanzar, al tiempo que ir produciendo las adecuaciones pertinentes en cada pasaje, las particularidades de cada movimiento en sus diferentes tempi y aplicaciones.

Claro, el director es el principal responsable de lograr esta amalgama, y aquí en toda su estatura artística que no física (porque Ashkenazy no rebasa el metro con 60 centímetros), ¡el Maestro! Maravilla realmente ver a ese hombrecito de pelo completamente blanco y 77 años de edad, moverse con tal energía, con tal brío y seguridad que nos contagia a todos, no sólo a sus músicos, y nos transmite todo esa corriente eléctrica que es el hacer música y, además, hacerla en forma sobresaliente. ¡Albricias!