Paridad y conciliación

Mujeres embarazadas en la Ciudad de México.
Foto: Fernando Gutiérrez Juárez

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Hace unas semanas se realizó el Seminario A toda Madre! Una Mirada Multidisciplinaria a las Maternidades en México, convocado por la Dirección de Estudios Históricos del INAH, la Universidad de Guanajuato (Campus León) y la Universidad Radboud, de los Países Bajos. Dos días de reflexionar y compartir resultados de investigación acerca de los discursos y prácticas relacionados con las maternidades y el cuerpo materno en México. Una de las discusiones fue en torno a la postergación de la maternidad que un número creciente de mujeres en ciertos países de América Latina, al igual que en sociedades desarrolladas del Primer Mundo, mantiene hasta consolidar su desarrollo profesional. Estudios sociodemográficos muestran que las llamadas “madres tardías” son las mujeres que tienen más alta calificación profesional, en comparación con las trabajadoras no calificadas y las amas de casa. Se trata de un fenómeno que en México apenas se perfila dentro de parámetros muy restringidos, ya que en nuestro país la pauta de tener hijos al menos un año después de la unión no ha cambiado sustantivamente, como sí ocurrió en Chile, Argentina, Uruguay y en el sur de Brasil. Aquí más bien sucede lo contrario: las mexicanas abandonan su profesión cuando se casan o deciden tener hijos.

Lo que este aplazamiento pone en evidencia es un cambio cultural, una fuerte transición en los tiempos de las denominadas “etapas de la vida” y una gran medicalización de la decisión. Alrededor de los 35 años la presión que significa la duda entre ser o no madres se vuelve insostenible para muchas mujeres, tanto por sus propios deseos y temores como por las preguntas de familiares y amistades. Y como la medicina toma el dato fisiológico de la juventud del óvulo para definir un tiempo ideal de la procreación, la propia medicina resuelve el dilema de un grupo de mujeres con recursos económicos ofreciéndoles la congelación de sus óvulos jóvenes. Muchas anhelan la experiencia de la maternidad biológica, cueste lo que cueste, tanto en los riesgos y dolores que implica como en el alto costo de los procedimientos de reproducción asistida.

La tecnología médica ha rebasado positivamente el límite biológico de la condición humana, como con los trasplantes de órganos. Sin embargo, también hay un aspecto negativo con la excesiva medicalización y el sobredimensionamiento que los medios de comunicación masiva hacen de las técnicas de reproducción asistida, lo que alienta su demanda. Dado que el sentimiento de frustración o de angustia desencadenado por el conflicto actual ante la imposibilidad de combinar maternidad y desarrollo profesional no es un problema individual, sino que tiene que ver con este momento histórico, el fenómeno de la postergación materna es visto como una reactualización de lo que Freud llamó “el malestar en la cultura”. Algo fundamental que Freud subrayó es el vínculo que existe entre los síntomas individuales y el estado de la civilización. La dificultad que viven las mujeres para desarrollarse profesionalmente al mismo tiempo que crían y cuidan a sus hijos expresa el estado de nuestra sociedad. Únicamente quienes disponen de recursos económicos logran hacer compatibles trabajo y familia, pues contratan ayuda doméstica. Por ello, en México muchas universitarias renuncian a su profesión al tener hijos, mientras que en otros países renuncian o postergan la maternidad. Ante la ausencia de una solución social aceptan la solución médica que permite “postergar” la maternidad y se perfila como un dispositivo cultural para “normalizar” a las mujeres de acuerdo con el mandato cultural de la feminidad.

En el seminario se plantearon muchas otras cuestiones. Pero una posible conclusión compartida atañe a la importancia de desmitificar muchas creencias relativas a la maternidad –a lo que son y significan los hijos– y a las diferencias psíquicas entre hombres y mujeres, en especial aquellas referidas al ejercicio de la maternidad y la paternidad. Al revisar –y criticar– las creencias que consideran el conflicto maternidad/desarrollo profesional como un dilema individual y no como una responsabilidad social, queda en evidencia la gran dificultad en nuestra sociedad para admitir un reparto distinto de las obligaciones laborales y de cuidado.

Hay que insertar la reflexión sobre la maternidad, sus potencialidades y sus dificultades más allá del discurso medicalizado, viendo sus aristas culturales, psíquicas y políticas, como se hizo en el seminario, y subrayar la necesidad de diseñar buenas políticas de conciliación trabajo/familia. Ello requiere concebir el trabajo y la familia como un solo sistema integrado y ver a las personas –mujeres y hombres– como seres integrales que deben compartir las responsabilidades en los dos ámbitos. Hoy que se habla de paridad habría que entender que no se trata de alcanzarla sólo en el espacio público, sino también en las empresas y oficinas, para lo cual son indispensables amplias políticas de conciliación entre las responsabilidades laborales y las familiares, tanto para mujeres como para hombres.