“Pulse”: cuando la tecnología supera al arte

El espectáculo de artes visuales “Pulse” de Daito Manabe.
Foto: Especial

GUANAJUATO, Gto. (proceso.com.mx).- La tecnología al servicio del arte no siempre produce un resultado afortunado. En el brevísimo espectáculo de artes visuales “Pulse” de Daito Manabe y la compañía de danza Elevenplay de Mikiko, presentado por Japón en este primer fin de semana del Festival Internacional Cervantino, la conjugación resultó plana, casi aburrida.

El auditorio del estado fue escenario de las dos presentaciones (viernes 10 y sábado 11) de las agrupaciones Rhizmatiks y Elevenplay, tecnología y artes visuales que pretendió hacer sintonía con la danza, pero que a fin de cuentas no ofreció al espectador la posibilidad del asombro al que nos tienen acostumbrados los espectáculos experimentales y vanguardistas que en los últimos años han incursionado en el Festival, con los recursos tecnológicos y escénicos del más alto nivel.

En la conferencia de prensa previa a las presentaciones, el director Daito Manabe habló de la generosidad con que asume los riesgos de hacer pruebas con los recursos tecnológicos vinculados, en este caso, a la danza, en contraste con la cautela para emplear estos recursos que percibe en el Occidente.

Calificado como un genio creador de los recursos electrónicos interactivos por los expertos en programaciones multimedia del Japón, Manabe dirige Rhizomatiks, un colectivo de artistas electrónicos conformado por ingenieros, matemáticos, programadores y músicos, que construye imágenes mediante “una investigación que busca construir otras metáforas visuales”.

Manabe dijo a los reporteros que en el Occidente no ha visto intentos tan ambiciosos para utilizar la tecnología, en este caso específico, en la proyección de figuras geométricas e irregulares, luces y sombras, sobre los cuerpos de las bailarinas de Elevenplay, generando efectos llamativos.

No más, según lo apreciado en el auditorio del estado.

“Si fuéramos sólo nosotros –dijo Manabe al referirse a su ensamble– estaríamos quizás buscando el límite de la tecnología. Pero la ventaja de la colaboración con Mikiko es que no termina ahí: buscamos algo más interesante; elaboramos una propuesta, se la presentamos a Mikiko, ella la ve y la modifica. Entonces no es solo la tecnología, sino la opinión de la persona que crea sobre el escenario”.

A fin de cuentas, para el director, “arte e investigación tecnológica son muy parecidos”. Sin embargo, Manabe reconoce la incapacidad de reproducir la naturaleza humana. “Lograr un movimiento de un segundo en un robot nos lleva un día. Ahí es cuando nos damos cuenta de la maravilla del ser humano”.

Ante la posibilidad de que tecnología como la que emplea acabe “deshumanizando al arte”, Manabe aclaró que desde su punto de vista, el uso de las redes sociales y todo lo que se hace a través de un teléfono celular “sí pueden poner en peligro las relaciones humanas”. Pero, a fin de cuentas, “es muy difícil no utilizar estas plataformas hoy en día”.

En “Pulse”, cinco bailarinas y cuatro brazos robóticos danzan sobre el escenario. Las primeras imágenes, oscuridad sobre la que se proyectan rayas, líneas irregulares, colores y formas en los cuerpos en movimiento (animación gráfica) son inquietantes y despiertan el interés del público, que dura poco porque todo lo que le sigue es repetitivo.

Luego viene la intervención de los brazos biónicos, que provocan curiosidad y respeto por el trabajo de los genios creativos, cuando “danzan” en sincronía, en una pretendida interacción con las bailarinas que quiere establecer lo que los directores denominaron “una relación más profunda entre el bailarín y la tecnología”. Lamentablemente, sin conseguir su propósito.