El ébola y la psicosis texana

Un médico ocupa un traje especial para el ébola como parte de una rutina de entrenamiento en San Antonio, Texas.
Foto: AP

DALLAS, Tx. (apro).- Uno de los tres helicópteros de la Policía de Dallas que sobrevolaban el lujoso complejo de apartamentos donde vive Juan Rojas, de 27 años, miembro del ejército estadunidense, lo siguió esa mañana hasta la clínica donde tenía programada una revisión de rutina ordenada por sus superiores con meses de anticipación .

Pero hasta ese momento, incluso cuando regresó a casa todavía con el helicóptero arriba de él, Juan no tenía idea de que el virus del ébola había tocado a las puertas de su vecina de al lado, una enfermera afroamericana de nombre Amber Joy Vinson.

De hecho, Juan se enteró esa misma mañana del 5 de octubre de que Amber fue confirmada por las autoridades de salud como la segunda víctima infectada del ébola luego de haber tenido contacto directo con el hombre que trajo el virus de África a América, Thomas Eric Duncan, a finales de septiembre y quien falleció días después.

Fue hasta ver el noticiero que Juan supo que el objetivo del helicóptero que lo siguió a la clínica y de regreso, era él.

Al entrar a la zona residencial de The Village, Juan alcanzó a ver a cerca de una decena de patrullas, varios vehículos del Departamento de Bomberos, ambulancias y luego a los hombres vestidos con trajes de protección biológica. Puso un pie sobre el asfalto y enseguida escuchó la voz de un oficial que le pedía que regresara al vehículo. El agente anotó sus placas, identificación y lo cuestionó por su visita a la clínica. “¿Tiene fiebre? ¿Se siente mal?”.

Juan respondió que no a ambas preguntas y luego él mismo lanzó una:

–¿Sucede algo malo?

–Es sólo una revisión de rutina, no se preocupe, dijo el oficial antes de retirarse.

“No es una situación de un apocalipsis zombi, pero sí hay miedo y paranoia, y sobretodo muchas preguntas”, dice Juan en referencia a la situación en Dallas, donde se presentó el primer caso de ébola en el continente americano.

Juan, quien es militar-paramédico y tiene a su cargo a 54 hombres dentro del ejército, comenta: “No nos han dado instrucciones de qué hacer, de cómo actuar. Mis hombres me preguntan y aún no puedo responderles porque no estamos preparados. También está la posibilidad de que nos envíen a África a lidiar con el ébola y eso nos tiene también temerosos, pero alguien tiene que hacer el trabajo”, dice a Apro.

El Ejército de los Estados Unidos anunció el envío de mil 500 soldados al oeste de África “a apoyar con las tareas de contención y tratamiento del ébola”, 500 de estos militares saldrán el próximo noviembre de uno de los fuertes más grandes del país, el de Fort Bliss, en El Paso, Texas. El otro restante saldrá de Fort Worth, Texas, ubicado a las afueras de Dallas.

El sábado 18 Juan recibió una decena de vacunas contra la gripe de temporada, la rabia y la tifoidea, entre otras. Le pidieron estar preparado para una contingencia bacteriológica pero no recibió instrucciones precisas.

Dentro del mismo Ejército la mayoría de los soldados se ha resignado a su trabajo contra un virus del que tienen poca información. Tras una presentación sobre la historia del ébola y las medidas de precaución general, hubo quienes decidieron rehusarse a combatir algo que desconocen.

Desde la última semana de septiembre, cuando el afroamericano Duncan fue internado en el Hospital Presbiteriano de Dallas, Texas, esta ciudad ha confirmado otras dos personas contagiadas, lo que ha puesto a las autoridades de salud, enfermeros, militares y gente de a pie en alerta por una propagación masiva del virus.

De Liberia a Texas

El 20 de septiembre pasado en un avión de Liberia a Dallas, Texas, arribó un hombre con la intención de ponerle un final a una historia de separación amorosa. Thomas Duncan se había decidido a visitar a su exesposa Louise Troh, una mujer que lo dejó en Liberia para irse a Estados Unidos en 1998.

Ese día Duncan y Troh se reunieron, prepararon comida en el pequeño apartamento de ella dentro de la Comunidad Liberiana de Dallas, y la tarde terminó en besos y abrazos. Así la cuenta el pastor George Mason, de la iglesia a la que asiste Troh.

Pero a los pocos días del alegre encuentro, su historia se convirtió en una película de terror. Duncan había visitado ya el hospital casi a su llegada tras sentirse enfermo. Sin embargo fue dado de alta a las pocas horas confiando en que eran síntomas de una gripe común. Pero cuando presentó una fuerte fiebre, vómito y diarrea, regresó al Hospital Presbiteriano de Dallas sólo para recibir la noticia: “está usted contagiado del virus del ébola, ¿Con quién más ha tenido contacto desde su llegada a Estados Unidos?”.

Troh fue puesta bajo cuarentena en su departamento. Los hombres vestidos con trajes de protección biológica rodearon su cuadra, nada ni nadie podía entrar o salir. Lo mismo fue para una decena de niños de una primaria con la que Duncan tuvo contacto. La noticia de que el virus del ébola había llegado a América encendió los focos rojos en todo el país.

Cuando Troh fue liberada de la cuarentena tras ser declarada como no contagiada, la salud de Duncan había empeorado. Desde luego nadie más que los especialistas de salud del Hospital Presbiteriano pudieron estar en contacto directo con Duncan. La reunión que ponía fin a 16 años de separación había terminado mal.

Desde 1978 cuando se detectó la enfermedad por primera vez en África, nunca llegó a pisar el continente americano. Por eso la noticia de que un ciudadano liberiano había traído consigo en un largo y poblado vuelo la enfermedad llegó como balde de agua fría para Texas, para Troh y sobre todo para Duncan.

La Organización Mundial de la Salud ha calificado la epidemia de ébola de 2014 como el mayor brote epidémico de la enfermedad por el mismo virus de la historia. Para el 10 de octubre, según la OMS, al menos 8 mil 400 personas habían sido infectadas y 4 mil 33 de ellas murieron, en su mayoría residentes de África Occidental, y uno más en Estados Unidos: Thomas Duncan en Dallas, Texas, de 42 años, declarado muerto el 8 de octubre de 2014.

The Village

Después de Houston y San Antonio, la ciudad de Dallas es la tercera más grande en Texas. Actualmente tiene una población que ronda los 1.2 millones de habitantes y su aeropuerto es el tercero más grande del mundo. Como una de las metrópolis más importantes de Estados Unidos la convivencia del día a día no es muy distinta a la de otras metrópolis: el sistema de transporte público se abarrota cada mañana, por las tardes los parques públicos están tomados por cientos de personas y sus mascotas, y los aeropuertos son un río de gente apresurada.

Pero desde la muerte de Duncan, Dallas ha cambiado su rutina diaria y el lujoso complejo departamental The Village es quizás el mejor ejemplo de la situación actual en la ciudad.

Desde que la enfermera Vinson fue extraída de su apartamento por hombres vestidos con trajes de protección biológica y los vecinos supieron por la televisión que la simpática afroamericana que se llevaron estaba infectada del virus del ébola, el Club Campestre al centro del complejo departamental quedó vacío. Igual esta la alberca, las áreas verdes y el gimnasio.

“Ahorita lo primero, antes que la cortesía, es tomar precauciones. Hay mucha desconfianza y los vecinos hemos optado por saludarnos de lejos y no hacer uso de las áreas públicas”, relata Arturo Domínguez, residente de The Village.

Juan, el militar, también ha tomado precauciones: al entrar a su hogar se desinfecta las manos, desinfecta las perillas y las mesas. Los baños se lavan a diario y antes de volver a dejar el departamento usa un cubrebocas.

Él y su esposa no han dejado el contacto físico. Sin embargo, cuando llegan de sus empleos –ella es maestra en una primaria que estuvo en focos rojos cuando se dio la noticia sobre Duncan-, ambos se desinfectan primero.

“Estas son las medidas que hemos tomado provisionalmente, como hasta ahora no nos han dado otras medidas posibles, y es lo que se está haciendo en toda la ciudad”, dice Juan.

Tras el incidente de Vinson, The Village envió un correo a todos los inquilinos: “Siéntase enterado que una trabajadora de salud que vive en su área ha dado positivo al virus del ébola. Esta persona se encuentra aislada y hospitalizada. Las precauciones pertinentes ya están en proceso para limpiar todas las áreas que representen un riesgo potencial a la salud pública”.

Enseguida la carta enumera una serie de medidas para prevenir un contagio como desinfectarse las manos continuamente, cubrirse la boca al toser o estornudar y termina por decir que hasta ahora no existe una vacuna contra el ébola.

No es que las áreas públicas, gimnasios y albercas de Dallas estén vacías por completo, pero si alguien ha visto los parques de la ciudad en cualquier otro sábado antes de la muerte de Duncan se daría cuenta de una drástica disminución en la concurrencia. Lo mismo ocurre en el transporte público. En las oficinas los trabajadores han optado por chocar el puño cerrado como saludo y evitar a toda costa a quienes se les ve agripados, incluso si es un resfriado común.

Una semana después de que se confirmó el segundo caso de contagio dentro de Estados Unidos, el de Vinson, la policía seguía frente a The Village, anotando las matrículas de los vehículos que entran y salen. Los vecinos se echaban vistazos detallados buscando alguna señal de enfermedad para dar pronto aviso a las autoridades de salud. Un helicóptero sobrevolaba el área de vez en cuando.

Cielos más claros

Esta semana los cielos lucen más claros para miles de residentes de Dallas. Las autoridades del Centro de Control de Enfermedades (CDC por sus siglas en inglés) informaron que Troh, la pareja de Duncan, resultó negativo en el examen del virus y que 43 de las 48 personas que estuvieron en cuarentena bajo sospecha de haber sido contagiadas -entre ellos varios menores en edad de primaria-, se encuentran ya descartados.

Las dos enfermeras que se infectaron tras tener contacto directo durante el cuidado de Duncan, Amber Vinson y Nina Pham aún se encuentran bajo un tratamiento experimental, sin aún avances reportados.

El alcalde de Dallas, Mike Rawlings dijo en conferencia de prensa que en total suman 120 personas las que están siendo monitoreadas en la ciudad con riesgo de estar contagiadas, pero que será el próximo 7 de noviembre cuando los resultados ofrecerán un diagnóstico certero.

Por lo pronto el director de CDC, Tom Frieden, ha pedido a cada hospital del país estar en condiciones de diagnosticar el ébola y de aislar a cualquier caso sospechoso.

“Tenemos que volver a estudiar la manera como enfrentamos el control de la infección del ébola porque un solo contagio ya es inaceptable”, dijo Frieden.

A inicios de este mes CDC anunció la existencia de 20 centros de cuarentena contra el ébola instalados a lo largo de todo Estados Unidos, incluyendo uno en Dallas, uno en Atlanta y uno en El Paso.

El Departamento de Salud Pública de El Paso resaltó que trabaja de manera permanente con CDC, con oficiales de salud del estado de Nuevo México así como de México desde que el primer caso del virus fue reportado.

La CDC explicó que se toman las medidas necesarias de precaución en El Paso especialmente por ser una ciudad que está localizada en una región fronteriza con residentes cruzando continuamente del lado mexicano.

Fue por esta razón que El Paso fue incluido “como parte de un comprensivo sistema diseñado para prevenir la propagación de la enfermedad a través de la provisión de oficiales médicos y de Salud Pública de CDC, quienes tienen la facultad de decidir si una persona enferma puede entrar al país y tomar las medidas de control necesarias”, dice la información entregada por CDC.

Como parte de la designación se incluye el aumento de los controles en los aeropuertos, especialmente con los vuelos con escalas internacionales.