El cerebro y la música


MÉXICO, D.F. (Proceso).- Hasta donde los gélidos pragmatismos de la antropología y la arqueología han podido determinarlo, no ha habido ninguna cultura que se haya desarrollado en el tiempo sin la presencia estelar de la música. Ha sido el vehículo de su exaltada cohesión y de su placentero aposentamiento territorial. Y esto podemos constatarlo por la obsesión que mantiene la familia humana en cuanto a hacerse acompañar de “sonidos ordenados” ‒de acuerdo a la famosa definición de Edgar Varese‒ en todas sus actividades. Desde los primigenios arrullos que las madres le han cantado a sus críos para inducirles el sueño, hasta el calculado uso que las industrias de la publicidad y la cinematografía hacen de ella para evocar emociones que atrapen a sus públicos, la música presta sus dones a raudales.

De ahí que debamos reflexionar sobre el porqué de su incesante compañía en la historia de la humanidad, sobre las causas que le otorgan su preeminencia e indiscriminado usufructo y, más importante aún, sobre la posibilidad de que sus funciones sean copartícipes dentro de la evolución y el desarrollo de la raza humana. Ciertamente, en la teoría evolutiva de Darwin yace un punto muy sutil del que podemos echar mano para iniciar la argumentación. Este nos dice que los organismos vivientes ‒ya sean plantas, insectos, bacterias o animales‒ co‒evolucionan a la par de su hábitat. Si una especie desarrolla un mecanismo para mantener alejado a un depredador, éste, a su vez, sufre una presión evolutiva, ya sea para crear los medios que dobleguen esa resistencia o bien para encontrar otra fuente de aprovisionamiento. La selección natural es, en suma, una constante carrera de cambiantes morfologías físicas que buscan adaptarse unas con otras; y en esto hemos de inquirir sobre el papel de la música como activador de las funciones cerebrales de los homos erectus y sapiens, pues ahí están las pruebas aportadas por las neuro ciencias para respondernos.

Por tanto, ¿nos ha servido la música, como la especie eminentemente racional que somos, mientras proseguimos con nuestra supuesta evolución y “ansiado” desarrollo? ¿Han evolucionado regiones particulares del cerebro para que recurramos a la música con tanta vehemencia?… Si hay algo de lo que podemos estar seguros es que la música creada por los primeros homínidos era tan primitiva como era el estadio evolutivo de su cerebro y que, conforme éste se fue desarrollando, lo hicieron también sus creaciones sonoras. No es fortuito entonces que al arribo del Siglo de las Luces, entendido como primer pináculo del intelecto humano que descifra y nombra al cosmos, se gestaran en paralelo algunas de las creaciones musicales de la mayor complejidad hasta hoy conocida, es decir, al momento donde el arte del contrapunto alcanzó sus principales cúspides. Pensemos, por ejemplo, en las fugas de Johann Sebastian Bach[1] y en las obras canónicas de Wolfgang Amadeus Mozart;[2] siendo poseedores ambos personajes, tampoco es fortuito, de dos de las mentes más brillantes que ha dado la humanidad.

Asimismo, incluyamos en la lista a Albert Einstein, a quien la música le proveyó, en su propio decir, de la necesaria conexión con el genio creativo de los grandes compositores que lo capacitó para entender la asombrosa armonía que subyace en las leyes que rigen al universo. Einstein comenzó a estudiar el violín a los cinco años haciéndolo compañero inseparable de su devenir y de su trabajo científico.[3] Para él, que no cesó de tocar ‒y enfatizamos el verbo‒ las obras de sus ídolos ‒Bach y Mozart en particular‒, la música fue una parte clave de su proceso de pensamiento. Bien lo aseveró su hijo Hans Albert: “Cuando mi padre sentía que había llegado al final de un camino o que se topaba con un reto muy complicado, buscaba refugio en la música y con eso resolvía todas sus dificultades.” ¿No es sintomático que fueran Bach y Mozart sus preferidos?…

Ahora bien, veamos qué nos revelan los últimos descubrimientos científicos sobre el funcionamiento del cerebro. Mediante pruebas de Resonancia Magnética Funcional y de escáneres PET (Tomografía por emisión de positrones) usados en tiempo real, se han sometido cientos de individuos a tareas de lectura y de resolución de problemas matemáticos. Se observó inicialmente que a cada una de esas tareas le corresponde un área específica del cerebro. Empero, cuando las pruebas incluyeron la audición de música, los resultados se magnifican. En este caso, áreas múltiples del cerebro se ponen a funcionar a la vez ‒muchas más que las requeridas para analizar, hablar y leer‒ para procesar las complejas características del sonido y para discernir los elementos básicos de la música como la melodía y el ritmo. Con ello se determinó que la actividad neuronal era proporcionalmente afín a los estímulos de la experiencia musical, ya que el cerebro procesa la gran carga de información abstracta en el micro segundo que va desde que se percibe la música hasta que aviene una reacción emocional y física en el cuerpo, con las consecuentes descargas de las glándulas endócrinas. Es de resaltar que una intensa respuesta ocurre en el cerebelo mientras se procesa la escucha de sonidos ordenados, y que no sucede así con el ruido.

Mas cuando los científicos sometieron a sujetos que sí hacían y entendían la música, la activación de las distintas partes del cerebro fue prácticamente total. Pareciera que al tocar un instrumento el cerebro hiciese un intrincado trabajo que requiriera de la participación de todo el organismo. Los cuatro lóbulos que dividen al cerebro ‒con la estimulación manifiesta del hipocampo, núcleo accumbens, la amígdala y el cerebelo‒ procesan de forma simultánea y a una enorme velocidad la información de las complejas secuencias que originan a la música. Particularmente visibles en su actividad de respuesta son las áreas de la corteza donde se procesa la visión, el movimiento, y la sensibilidad al tacto. A esto se aúna que tocar un instrumento aumenta notoriamente el volumen y la actividad del cuerpo calloso, que es el puente que une a los hemisferios, permitiendo que la información neuronal transite más rápido y por rutas cerebrales más intrincadas.

Con estos resultados los científicos aseguran que las personas que practican activamente el arte de los sonidos podrían están mejor capacitadas para resolver de forma más certera y creativa los problemas que se les presentan. (Aunque sea debatible, ahí está el caso de Einstein para corroborarlo y también el de Franklin, quien compuso música, tocó el violín y la flauta e inventó la armónica de cristal) Debido a que hacer música implica comprender su estructura y morfología, amén de requerir de una comprometida participación emocional, los buenos músicos tienden a sobresalir en actividades como la planificación y la atención escrupulosa a los detalles. Entre sus rasgos también descuella la memoria pues poseen, por tradición, sobresalientes capacidades mnemónicas, puesto que registran y recuperan millones de recuerdos asociados a las notas de la forma expedita que la profesión demanda. Pudo comprobarse que los músicos tienen conectado el cerebro a varias facetas de la memoria, una contextual, una emocional y otra conceptual.

Con esta profusión de datos surgió la hipótesis de que la primacía de la música en la evolución proto humana derivó en hacer de ella la herramienta más efectiva para el desarrollo cognitivo. Puede ser que la música haya sido la actividad que preparó a los ancestros pre-humanos para la comunicación hablada y para la maleabilidad cerebral necesaria para su evolución. Cantar y percutir los instrumentos primitivos puede haber pavimentado la senda que refinó las habilidades motoras que llevaron a la exquisita plasticidad muscular que hoy nos caracteriza.

De ser cierto que es en la parte más primitiva de nuestro cerebro, el llamado cerebelo o cerebro de reptil, donde se procesan los estímulos psico motores que desata el ritmo y que es ahí donde se generan las órdenes más básicas que se necesitan para tocar un instrumento, y si ya está comprobado que es en las regiones de la corteza frontal donde se producen las principales alteraciones que dan lugar a la motivación, a la excitación y a los sistemas de recompensa implícitos en el placer, ¿por qué seguimos dudando de la importancia de aprender la música y de practicarla? ¿Por qué las instituciones a las que les incumbe la educación no se empeñan en formar sociedades menos pasivas ‒en cuanto a ser meros escuchas‒ y se deciden a devolverle a la música el estatus curricular que le toca por derecho propio? En las respuestas yacen algunas claves de nuestra involución…

[1] Se recomienda la audición de su Fuga en sol menor BWV 885, perteneciente al segundo libro del Clave bien temperado. Pulse el audio 1 (Glenn Gould, piano. SONY CLASSICAL, 1993)

[2] Escúchese su Canon en La Mayor Kv. 73i. Pulse el audio 2 (Munich Radio Orchestra members. PHILIPS, 1991)

[3] Se aconseja también escuchar al genial científico tocando la Sonata Kv. 378 de Mozart. Accédase al vínculo de YOUTUBE: https://www.youtube.com/watch?v=MQFmSnG5Ets. Es la única grabación conocida de Einstein.