Por un boicot electoral

La escena de un asesinato en Ciudad Juárez.
Foto: Ricardo Ruíz

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En los inicios de las elecciones de 2012 insistí, contra varios miembros del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD) que se aferraban como muchos a la ilusión de las urnas, en darles la espalda y votar en blanco. La campaña no sólo hacía eco de otras que la antecedieron. Era la consecuencia del horror que la masacre de mi hijo Juan Francisco y de seis de sus amigos, el 28 de marzo de 2011, en Morelos, había develado. Era también la afirmación de las palabras que dirigimos el 8 de mayo en el Zócalo de la Ciudad de México a la nación entera, y de aquellas otras que expresamos a cada uno de los cuatro candidatos en el Alcázar del Castillo de Chapultepec el 29 de mayo de 2012. Cito parte de las últimas porque en el desprecio por ellas se encuentra lo que hoy continuamos viviendo:

“(…) Hace más de un año (…) el 8 de mayo, en la Plaza de la Constitución, leímos un discurso y propusimos seis puntos como el mínimo suelo que necesita la nación para salvar su dignidad (…) En ese discurso, les dijimos (…) ‘que no (aceptaríamos) más una elección si antes los partidos políticos no (limpiaban) sus filas de esos que, enmascarados en la legalidad, están coludidos con el crimen y tienen al Estado cooptado e impotente (…) Les pedimos también una agenda de unidad que nos permitiera salvar la emergencia nacional (…) y les advertimos que de empeñarse en su ceguera, las instituciones no sólo se (convertirían) en lo que ya empiezan a ser, instituciones vacías de sentido (…), sino que las elecciones de 2012 (serían) las de la ignominia, que (haría) más profundas las fosas en donde, como en Tamaulipas, están enterrando la vida del país’.

“No (lo hicieron) y nos han llevado a estas elecciones ignominiosas que han hecho salir a miles de jóvenes a las calles para encontrar el camino que ustedes cancelaron. Lejos de construir la unidad nacional, sus campañas electorales parecen la continuación de la violencia por otros medios. Aquí, señora Vázquez Mota, señores Peña Nieto, López Obrador, Quadri, hay víctimas que son el engendro del pudrimiento de las instituciones, de la represión de sus partidos y del crimen organizado. Mientras ellas no han recibido un gramo de justicia, mientras la marcha macabra de los señores de la muerte avanza en los territorios gobernados por sus partidos, y los desaparecidos y los descabezados aumentan; mientras la ciudadanía vive en la indefensión, ustedes y sus partidos gastan en campañas millonarias –la suya, señor Peña Nieto, es verdaderamente desvergonzada– y en demagogia. Ni para ustedes ni para sus partidos existen los casi 60 mil muertos, los más de 20 mil desaparecidos, los cientos de miles de desplazados, heridos, perseguidos, viudas y huérfanos que esta imbécil guerra nos está costando y cuyo número aumenta día con día; no existen (…) los asesinatos de migrantes (…), la emergencia nacional, las zonas tomadas por el crimen organizado, los funcionarios de sus partidos coludidos con él ni el problema de la guerra (…)

“Ustedes, como el presidente Calderón (…) parecen tener sólo imaginación para la violencia y la disputa. Continúan negándose a escuchar el corazón herido de la patria (…) La democracia en su sentido real no es el voto ni las elecciones libres (…), no es una cuestión de administraciones institucionales ni de arreglos entre ellas y los partidos, ni del libre mercado, es la dignidad de una nación que sólo aparece allí donde se generan relaciones de confianza y de apoyo mutuo más allá de cualquier interés de poder o de dinero (…) Estamos, como lo dijimos hace más de un año, no sólo en la misma ‘encrucijada sin salidas fáciles’, sino ante un proceso electoral atrapado en un callejón sin salidas. Ustedes saben que gane quien gane estas elecciones tendrá que enfrentarse a un tejido social destrozado que ustedes con sus divisiones están ayudando a desgarrar más. Hoy parece que las urnas electorales no alcanzarán para responder a los sueños rotos de la patria (…).”

Por desgracia así sucedió. Lo que en este momento vivimos, y que los sucesos de Iguala han vuelto a evidenciar, es la presencia atroz de un anuncio que nadie quiso atender. La reacción de los muchachos que ante el develamiento otra vez del horror llaman a paros de la vida universitaria es una protesta dura, pero incompleta. Las universidades hoy más que nunca son el sitio desde donde unidos podríamos lanzar un verdadero boicot electoral: un llamado absoluto y perentorio a darle, ahora sí, la espalda a las próximas elecciones intermedias del país y desde allí plantear las condiciones para rehacer a la nación. Convalidar de nuevo el proceso electoral es convalidar definitivamente el crimen en el suelo de la nación. Si, en cambio, las detenemos y congelamos el proceso político de representación, generando y obligando a un replanteamiento de la vida del Estado, podríamos crear un verdadero proceso de cambio. Un boicot electoral es, me parece, el único camino que tenemos para generar la unidad y reorientar la lucha por la paz y la justicia dentro de los caminos de la resistencia no-violenta. Si no lo hacemos y vamos a las urnas, habremos dado carta de naturalización al crimen y al estallido social.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas, a Nestora Salgado, a Mario Luna y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia y juzgar a gobernadores y funcionarios criminales.