Deep Purple sigue siendo la banda más ruidosa del mundo

Deep Purple ayer en la Arena Ciudad de México.
Foto: Miguel Dimayuga

MÉXICO, D.F., (proceso.com.mx).- En la década de los setenta, el libro de récords Guinness catalogó a Deep Purple como “la banda más ruidosa del planeta”. Hoy, 40 años después y con sus integrantes instalados en la llamada tercera edad, el grupo no defrauda su reputación.

Ayer su potentísimo sonido eléctrico martilló los oídos de sus incondicionales seguidores que acudieron a la Arena Ciudad de México. Deep Purple no decepcionó a quienes querían ver a una de las bandas más pesadas en la historia, pionera en el hard rock y el heavy metal.

Solos de guitarra chillantes, tan veloces que la mirada no alcanza a codificarlos; gritos que harían que tu vecino tocara la puerta de tu casa exigiéndote bajar el volumen del estéreo; una batería tan ruidosa como el tiroteo más largo de una película de acción hollywoodense. Una verdadera banda de rock, de las de antes, de las legendarias.

Muchos van solos al concierto. Es el caso de Humberto, contador jubilado de 62 años de edad. Se enteró dos días antes de la presentación de Deep Purple, sus amigos, que también son fieles roqueros, no pudieron acompañarlo por trabajo. Tampoco su hija, ahora dedicada a su vida de casada. Pero él no quería pagar el precio de perderse a un grupo que escucha desde finales de los sesenta. “Cada año vienen menos”, lamenta en referencia a que sus bandas favoritas poco a poco comienzan a desvanecerse.

Las mujeres escasean entre los asistentes, las poquitas que se ven acompañan a sus parejas, como Flor, bailadora de música tropical que no quiso dejar solo a su esposo, Óscar, un chofer que ahorró durante dos meses para poder pagar los boletos. Los padres de Óscar le prohibieron el rock: “Me decían que me iba a volver rebelde por escuchar esa música”.

— ¿Y sí?
— Sí, un poco –reconoce con orgullo-.
— ¿El rock lo cambió?
— Sí, forma parte de mi vida.
— ¿Le gustan los grupos de ahora?
— No, yo pienso que para todo hay un tiempo, el mío fue aquél.

La mayoría de los 8 mil 45 asistentes –cifra oficial brindada por los organizadores- ronda los cuarenta, cincuenta, sesenta e incluso setenta años de edad. Pero también hay algunos adolescentes, ataviados como el clásico roquero: melena, chamarra de piel, playera negra de alguna banda clásica y mirada de renegado.

Entre estos nuevos seguidores de Deep Purple está Luis, estudiante de Ciencias de la Informática del Instituto Politécnico Nacional. A sus padres no les gusta que escuche rock, menos que tenga la greña larga. “Mi papá me dijo: ‘pareces niña’”. El rock aún tiene significado en algunos adolescentes: El puente para rebelarse a las leyes de casa.

Deep Purple hizo lo que sólo una banda de rock legendaria puede: Exhibir su virtuosismo. El escenario fue sobrio. No hubo diablos inflables, ni pirotécnica ni muchos menos sus integrantes se desnudaron al estilo de la estrella de pop de moda. Tampoco pasaron la bandera de México por sus nalgas.

No, lo suyo es demostrar que son verdaderos músicos. Ian Paice, el baterista y único integrante que ha estado desde el nacimiento del grupo, en 1968, zarandeó su batería hasta poner de pie a los asistentes. Steve Morse mostró por qué se ha impuesto en los registros como uno de los guitarristas más completos en la historia del rock. Pero si alguien asombró es Don Airey, el tecladista que reemplazó a Jon Lord, uno de los pilares del grupo, muerto de cáncer hace dos años.

En su solo, Airey pasó por Chopin, el Jarabe Tapatío, el Himno Nacional Mexicano, bluses y psicodelia.

Deep Purple, una de las bandas más productivas en la historia del rock, interpretó temas de su más reciente disco, Now What?, de 2013, entre ellas Après vous y Vincent Price. Las canciones nuevas, repletas de rock duro y velocidad, fueron bien acogidas entre sus seguidores; sin embargo, lo que realmente los llevó a niveles de euforia fueron las piezas viejitas.

En Smoke on the Water el vocalista Ian Gillan tuvo que dejarle a los seguidores los coros, ante lo ensordecedor de su participación. No fue menor la embriaguez de los fans con los clásicos Mule, Space Truckin, Hush, Strange Kind of Woman y Black Night. El único himno que faltó fue Highway Star, que los asistentes pidieron con insistencia.

En una entrevista concedida semanas antes, Ian Gillan se quejaba de que en sus conciertos muchos se quedaban sentados. Un hombre de 69 años de edad que pasa más de la mitad del año de gira por todo el mundo bien puede reprocharle eso a sus fans. No obstante, el concierto de ayer no fue reflejo de esa pasividad. La mayoría pasó la noche parada sobre sus asientos, bailando como sólo los roqueros saben: con desparpajada torpeza arrítmica.

El grupo tocó una hora con cuarenta y cinco minutos. A las 23:15 horas las luces artificiales de la Arena Ciudad de México se prendieron para enceguecer temporalmente a los asistentes. Los anuncios de Elektra, Banco Azteca y las empresas del Grupo Salinas se proyectaban por doquier.

Afuera del recinto muchos usuarios se peleaban con taxistas que querían cobrar 350 pesos por un trayecto a la delegación Benito Juárez. La mayoría optó por el Metro. Los vagones semivacíos fueron ocupados por sesenteros que iban con jóvenes que parecían ser sus sobrinos, familias completas que no paraban de hablar del virtuosismo de Deep Purple.

En una esquina un hombre canoso con traje se aflojó las cuerdas de sus zapatos y se durmió. En sus manos cargaba tazas, fotografías y recuerdos del grupo inglés. Junto a él, un señor de bigote entrecano y rostro arrugado les cuenta a dos jovencitos de coleta que compraba sus discos en una tiendita y los cuidaba con celo. Les habla de cómo oía por horas a Grand Funk y a los Doors, de cómo el gobierno inventó la tenencia para financiar los Juegos Olímpicos del 68 (aunque en realidad el impuesto fue incluido por primera vez en La Ley de Ingresos de la Federación de 1962). Los chavos lo escuchan sin interrupciones, con la inocente curiosidad del discípulo.