Si no ahora, ¿cuándo?

Clausuran simbólicamente la sede de la PGR por caso Ayotzinapa.
Foto: Hugo Cruz

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Hace dos semanas, en este espacio, le pedía al lector, a la lectora, que nos formuláramos algunas preguntas sinceras. La primera: ¿Cuántas veces hemos cruzado la línea de lo insoportable en nuestro país? ¿Cuántas veces hemos visto alargarse el territorio de lo que consideramos inaceptable?

Preguntaba también si la medida de un sistema político que no progresa, que por el contrario se deteriora, no es otra: la cantidad de líneas inaceptables que nos hace cruzar a los ciudadanos.

Propongo ahora que nos preguntemos, en vista de los sucesos recientes, por qué Iguala ha adquirido un valor alegórico tan potente, que nos une trascendiendo ideologías y clases sociales. ¿Es que Iguala nos iguala en el horror de mirar en sus sucesos, como en una nuez, a todo México?

El alcalde que duerme textualmente con el crimen organizado. Que dispone de las policías como de sicarios mientras los sicarios disponen de él como de un operador. El gobernador de Guerrero que lo solapa, el jefe del partido político que solapa al alcalde y al gobernador, y un presidente que nos asombra con sus respuestas menores a las circunstancias. Sus respuestas para salvar el momento, no para salvar al país de su angustia.

Iguala, propongo ahora, es en efecto todo el país en un microcosmos. La ilusión de la excepcionalidad del crimen se disipa en Iguala: crimen y Estado se fundieron ahí en un área, la corrupción, que todos sabemos de sobra que existe en cada gobierno de cada población de México.

Vuelvo a preguntar al lector, a la lectora: ¿Qué nos sigue enseñando Iguala, como alegoría de todo el sistema?

Ahora que un día sí y al día siguiente también, hay marchas, mítines de protesta, ahora que una nueva generación ha salido a protestar a las calles, ahora que sólo los más cínicos suponen que esto es una mera repetición del ritual eterno del descontento mexicano, sobre todo ahora que han sido las protestas las que por fin han movilizado al Estado para dar con los autores intelectuales del crimen y proponer un pacto contra la violencia, ¿no nos enseña otra vez Iguala el camino?: ¿no nos enseña Iguala que es la energía social, el enojo social, la rabia de los ciudadanos, lo único que cambiará al país?

¿Y qué pensamos realmente de este pacto propuesto por los operadores del sistema corrupto contra el que protestamos? ¿Qué pensamos de un pacto pensado por esa clase, la política, cohesionada entre sí por el mutuo encubrimiento de actos de daño al Bien Común?

¿Qué podemos pensar al leer la agenda del pacto? ¿No nos fatiga el alma al sólo leer la secuencia de propuestas que el pacto dispone: reformular leyes, reformular agencias, crear ooooooootro consejo contra la corrupción, no sabemos en qué distinto al que hace ya ocho años se reunió en la Ciudad de México y al que el señor Martí les espetó, la voz quebrada por el llanto, “si no pueden, renuncien”?

¿No nos están pidiendo ahora los políticos lo de siempre: déjenos acá su rabia y acá ya jugaremos ajedrez con ella hasta que ustedes se aburran? ¿No nos están pidiendo en realidad lo de siempre: más tiempo para el sistema tal y como es? ¿Más tiempo: más papeleo, más debates, más votaciones, más bla bla bla?

¿No sería más sencillo pedir a los operadores del sistema que respeten las leyes y basta? ¿Que expulsen del quehacer público a quienes las transgreden? ¿A qué nuevas leyes si las de hoy no se cumplen?

Y si pedir eso es pedir lo imposible en lo inmediato (porque los policías inevitablemente se corrompen, porque los jueces son corrompibles, porque bla bla bla: la balada interminable de autojustificaciones de un sistema indispuesto a corregirse), ¿podemos nosotros al menos poner la agenda al pacto que propone la clase política?

Nosotros: los que no hemos robado, no hemos secuestrado, no hemos asesinado y no negociamos los delitos ajenos a cambio de privilegios.

Le propongo al lector, a la lectora, que nosotros podemos poner la agenda inmediata de un pacto nacional. Algo semejante propuse hace dos semanas en este espacio: una lista de 10 exigencias al presidente, de 10 exigencias realizables desde su poder por ser perfectamente legales, 10 exigencias que no resolverían todo el crimen ni toda la corrupción, pero al menos obligarían a la clase política a dar las espaldas al pasado, a traicionar los pactos inconfesables que sostienen, a inaugurar simbólicamente otro mejor momento mexicano.

Durante estas dos semanas recibí una cascada de tuits sugiriendo esta o esta otra exigencia. También en los comentarios al pie del artículo recibí sugerencias interesantes, amén de acusaciones de ser ingenua o agente secreta del PRI o anarquista o peores cosas. De cualquier forma, es una idea que interesó a unos cuantos y apunto las tres que más se repitieron y que me parecen impecables:

El hallazgo de los 43 normalistas, todos los responsables de su secuestro, todos los responsables de la fuga del alcalde criminal, su juicio y la aplicación de las sanciones que correspondan según la ley.

El juicio público del doctor Mireles, para que sepamos por fin de qué se le acusa para mantenerlo encarcelado, y el dictamen público de su condena o de su liberación.

El juicio público a Arturo Montiel, acusado por la opinión pública de desfalco, el juicio público a Humberto Moreira, acusado de ídem, el juicio a Mario Marín, acusado de pederastia por la opinión pública.

¿Podría ser? ¿Podríamos coincidir en un método para completar 10 exigencias que marquen como histórico este momento? ¿10 exigencias empujadas por la energía social que ha liberado Iguala? ¿10 exigencias que den cauce y dirección a la ardiente urgencia ciudadana de un país con sistema de Justicia y transiten fuera de las instituciones corruptas y sin embargo en paz?

¿Si no nosotros, quiénes? ¿Si no ahora, cuándo?