Francisco Araiza o la gloria del canto


MÉXICO, D.F. (Proceso).- No existe melómano que se precie de serlo que no esté enterado de la trayectoria del inigualable tenor mexicano, al punto que la simple mención de su nombre no deja de suscitar admiración y agradecimientos. Asimismo, los amantes del bel canto saben que el eximio artista le abrió las puertas del reconocimiento internacional a las siguientes generaciones de tenores nacionales a quienes se considera, con sobrada razón, como herederos de su labor pionera. Podría decirse que la relevancia de su figura es comparable, dentro de su propio tiempo y su propia tesitura, a la de la legendaria soprano Ángela Peralta durante la segunda mitad del siglo XIX.

En aras de conversar con el eminente compatriota, PROCESO solicitó una entrevista y ésta fue concedida con la magnanimidad que caracteriza a los hombres de verdadera valía. Baste decir que se aprovechó de una de sus frecuentes visitas a nuestro país ‒reside en Alemania desde hace cuarenta años‒ y que se obviaron los impedimentos de tiempo para que la charla fluyera sin cortapisas y en las circunstancias más propicias.

Estro armónico: Maestro Araiza, usted es forjador de una gran proeza, como la de haber conmovido a los sajones cantándoles Mozart, Beethoven y Schubert, a los italianos Monteverdi, Rossini y Puccini y a los franceses Gounod y Massenet, ¿hay alguna fórmula existencial que avale semejante hazaña?

Francisco Araiza: Ya viéndolo a posteriori llego a la conclusión de que la vida es como un rompecabezas y que las piezas no necesariamente se presentan en el orden deseado; hay que desarrollar un cierto olfato, una cierta intuición, para poder distinguir cuáles de ellas son las que embonan en el momento preciso y cuándo hay que saber esperar para encontrarles su ubicación correcta. Siempre regí mi vida por el consejo que me dio en la preparatoria un inolvidable maestro de filosofía; de hecho, era un sabio que despertaba en todos sus alumnos la pasión por el conocimiento. Imposible cuantificar el impacto de sus enseñanzas y el imán que ejercía en su alumnado. Me dijo: “Mira Francisco, todo llega a su debido tiempo. Lo que debes hacer es mantener perennemente abiertas las ventanas y las puertas de tu percepción, para que al paso de las oportunidades sepas reconocerlas, valorarlas y, si es el caso, sacarles partido.”

Habría de anotarse que en la actual currícula educativa se eliminó a la filosofía por considerarla prescindible… y que hoy a la música se le arrincona en las aulas como a una materia optativa, es decir, se le otorga el estatus de un saber menor.

Es un error colosal que todavía no se capta en toda su magnitud. Aunque quizá si lo estamos ya percibiendo por la acelerada descomposición de muchos de los atributos de la civilidad. Pareciera que la ética y las bellas artes le cedieron el paso a la vacuidad institucionalizada.

Usted fue hijo de un tenor y organista y tuvo maestros en México de la talla de Erika Kubacsek e Irma González, ahí está la circunstancia de la que habló Unamuno, mas, ¿en qué grado su disciplina y voluntad hicieron el resto? ¿Cuál es el porcentaje entre haber nacido con facultades y haber sabido cultivarlas?

El hecho de haber tenido un padre que se desvivió para sacarnos adelante influyó mucho ‒fuimos siete hermanos‒, al igual que la suerte de que la música fuera la materia que nos dio de comer, de tal manera que hubo un destino implícito que poco a poco fue aclarándose, no obstante la negativa materna para que continuáramos por la misma senda. Debo decir que mi padre fue uno de los últimos alumnos de Miguel Bernal Jiménez y que me dio las primeras clases de piano cuando contaba con cuatro años de edad. En su visión de la vida, los niños y los jóvenes no debían disponer de mucho tiempo libre ya que ese es el mejor momento para aferrar conocimientos, visión que suscribo íntegramente. Ya en la primera adolescencia comenzó a llevarme a los trabajos en las iglesias donde él tocaba para que yo lo ayudara cantando. Eso era lo natural, aunque el desempeño como cantante debía ser una actividad de relleno mientras enfilaba mis estudios hacia la obtención de un título universitario. Soy licenciado en administración de empresas. El asunto es que en 1966 ingresé a la Escuela Nacional de Música y ahí participé en el coro del maestro Ávila, quien fue uno de los primeros en decirme que debía considerar seriamente la posibilidad de convertirme en un cantante profesional. Poco después, tuve la fortuna de participar en una audición para Eduardo Mata de la que derivaría mi debut en el Fidelio de Beethoven, además de haberme dado a conocer con la maestra Kubacsek, quien me adoptaría musicalmente hablando. Fue ella la mentora que me acogió en su casa para trabajar los fines de semana en el repertorio del lied, del que era una gran especialista.[1] Al cabo de un tiempo, no dudó en hacerme patente su sentir, diciéndome que mi voz tenía la calidad suficiente para permitirme hacer una carrera internacional. A todo esto se agregan las clases de inglés, francés y alemán y el resto de las asignaturas musicales entre las que descollaron las lecciones con Irma González en el Conservatorio. Una vez habiéndome recibido como administrador de empresas comencé a trabajar en un bufete y sucedió otra circunstancia propicia para mi futuro: mi jefe me ofreció la dirección de una sucursal en Monterrey al tiempo que tenía programado un concierto con la ópera Manón de Massenet. Hube de sopesar mucho la decisión y para eso invité a mi jefe al concierto para que a su término conversáramos. Asistió y su respuesta fue decisiva: “no entendí lo que cantaste pero me tuviste con escalofríos en la piel todo el tiempo. Creo que debes dedicarte al canto. Vete fuera de México y hazte un plan de trabajo. Si ves que en unos tres años no has logrado lo que quieres entonces regresa, que el puesto te estará esperando.” Después de eso ya no tuve nada que discernir y ya no volví sobre mis pasos. En cuanto al porcentaje del que me habla creo que la balanza debe inclinarse más por la solidez del trabajo personal, que por la confianza en el propio talento.

En diversas entrevistas ha mencionado que sufrió momentos difíciles. ¿Podría abundar en ellos?

Sí, ya instalado en Alemania, aún con trabajo y perspectivas estimulantes de desarrollo artístico, caí en una severa depresión que me tuvo postrado. Me costaba trabajo levantarme y más aún querer afrontar los compromisos. También había perdido el apetito. Fue mi hermano mayor quien se obstinó, ya que él había vivido antes en Alemania, para que sacara fuerzas y me sobrepusiera a ese momento álgido. A parte de eso han sido más las cimas que las simas, y cuando éstas hacen su aparición las enfrento sabiendo que son tan pasajeras como inevitables.

En su repertorio destacan las obras maestras del melodrama europeo pero hay una ausencia notoria de óperas mexicanas, ¿cómo lo explica?

Simplemente no se ha presentado la oportunidad. Siempre he estado disponible y ávido de hacerlas. Una vez estuvo a punto de concretarse mi participación en la ópera Tata Vasco de Bernal Jiménez, pero por desgracia no se logró. Hasta donde he podido, el repertorio de canción mexicana y latinoamericana no lo he descuidado nunca.[2]

Usted es el tenor mexicano más influyente en el mundo, y su ejemplo sirve de estímulo para las nuevas generaciones, ¿la responsabilidad de tal gloria le pesa o le sirve de acicate para levantarse todas las mañanas con el brío de un vencedor?

Después de haber recibido la invitación para grabar la Flauta Mágica de Mozart con la Filarmónica de Berlín y Herbert von Karajan sentí que mi vida había alcanzado su punto culminante, todo lo que ha venido después es un regalo que no dejo de aquilatar, todos los días, y en su más amplia expresión.

Para concluir es obligado preguntarle, ¿qué opina de la crisis que se ha desatado en nuestro país por la desaparición de los 43 normalistas?

Sólo atino a sumar mi voz, en mi calidad de tenor experimentado, a la del gran coro que inunda las calles: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”…

[1] Se recomienda la visión del video donde Francisco Araiza aborda magistralmente el “Viaje de Invierno” de Franz Schubert. Accédase al sitio https://www.youtube.com/watch?v=bV-2v6jTsGU

[2] Se sugiere la escucha de un villancico de Bernal Jiménez. Disponible en la audioteca del semanario. (proceso.com.mx) Miguel Bernal Jiménez: Por el valle de rosas. (Francisco Araiza, tenor. Jean-Marie Lemaire, piano. Live recording. Marienkirche, Wattens. 2000)