Vicente Leñero, mi amigo

Sicilia y Leñero durante una marcha por la paz en mayo de 2011.
Foto: Germán Canseco
El siguiente texto del poeta y colaborador de Proceso Javier Sicilia ahonda en una relación tan entrañable como enriquecedora: la que mantuvieron él y Vicente Leñero, con quien compartía la vida en letras y en misticismo. Católicos ambos pero muy críticos de la institución clerical dogmática, autoritaria y corrupta, transitaron ante todo por el camino de una amistad sincera y fraterna, justo ahí donde se ponen a prueba virtudes humanas cruciales como la congruencia y el verdadero amor al prójimo.

Para las dos Estelas, Eugenia, Isabel y Mariana, por todo lo que lo amamos.

MÉXICO, D.F. (Proceso).– La madrugada del lunes 1, uno de esos sueños vívidos como la realidad me tomó: Llegaba a la casa familiar de Vicente Leñero. Desde mayo, en que un grupo de amigos católicos nos reunimos en ella por última vez –lo hicimos cada dos meses durante más de 15 años– no volví a verlo. La lucha con la enfermedad que se lo llevaría había comenzado. La casa estaba repleta de gente. De entre la multitud salió para verme. Estaba disminuido físicamente como la última vez que lo vi. Sacó una hoja de libreta doblada y me la extendió: “Esta es mi despedida para ti”. La multitud volvió a sitiarlo. Con la hoja en el bolsillo interior de mi chamarra me dirigí hacia la puerta. Volví el rostro. Leñero estaba cercado por un nutrido grupo de periodistas que lo interrogaba. Me miró por última vez. Su mirada, al igual que la mía, era triste y a la vez llena de una profunda intimidad. Salí. Cuando metí mi mano en la chamarra para tomar la carta desperté. En la mañana, con la tristeza y el dolor que no ha dejado de poseerme en los últimos cuatro años busqué en los noticieros el anuncio de su fallecimiento. No quería importunar a su familia con una llamada. No llegó. Me llegaría dos días después, el miércoles 3, por voz de Rafael Rodríguez Castañeda.

No sé qué dirían los psicoanalistas y los psicólogos. Algún día lo conversaré con Estela Franco y Mariana Leñero que saben de esas cosas. Pero yo tengo para mí que Leñero, misteriosamente, haciéndose paso entre los laberintos de la agonía con la fe que compartimos y nos unió, me visitó esa madrugada en sueños para darme el adiós que nos debíamos. No leí la carta. La vigilia me aguardaba. Pero sé qué decía. Lo revelaré al final.

Lo conocí personalmente a inicios de los ochenta. Yo tenía 24 años, él, que ya era Vicente Leñero, 47. Admiraba Los albañiles, Pueblo rechazado y El garabato que había leído en la adolescencia; sus reportajes y entrevistas; su amistad con Sergio Méndez Arceo, Iván Illich y Gregorio Lemercier, en cuyo monasterio terminó de escribir Los albañiles; su lucha al lado de Julio Scherer para mantener vivo el periodismo libre y su catolicismo, que defendió con un valor y una dignidad poco comunes frente al desprecio de las elites intelectuales y los católicos vergonzantes. Pero me desagradaba profundamente su Evangelio de Lucas Gavilán. Mi misticismo no me había preparado entonces para gustarlo.

(Fragmento del texto que se publica en la revista Proceso 1988, ya en circulación)