A manera de cuento navideño


A doña María Cristina Macouzet viuda de Bernal Jiménez, con cariñosa admiración.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Era la primera Navidad que la numerosa familia iba a transcurrir sin el patriarca de la casa quien, por los inescrutables designios del Señor, había sido arrancado de la vida terrenal apenas cinco meses atrás y todo parecía indicar que la tristeza habría de asentarse inmisericorde en los ánimos de los diez huérfanos ‒había un onceavo que estaba en camino‒ y de la joven viuda. Sin embargo, la fe en Cristo decía que no se trataba de una desaparición trágica sino del gozoso encuentro de un alma pura con su creador. Era esa la creencia y no había por qué dudarlo, es más, desde las alturas divinas habrían de decretarse las acciones para dotar de lo necesario a esta familia que, ahora sí, tenía que salir adelante por cuenta propia. El problema, si es que podía considerarse como tal, es que no había dinero para celebrar el nacimiento del niño Jesús como había sido la costumbre. Y siendo honestos, también escaseaban los recursos materiales para la manutención de tanta criatura. En fin, Dios seguiría proveyendo como había venido haciéndolo desde que la muerte irrumpió en el ámbito familiar.

Así como pintaban las cosas en ese mes de diciembre de 1956, la idea de satisfacer los deseos de los niños se antojaba imposible. Habían de comprarse muñecas, carritos, patines y demás juguetes para colmar los sueños de los infantes. Al mayorcito, aún adolescente, podía convencérsele de que su regalo consistía en pertenecer a un hogar pletórico de amor, mas ese argumento se caía con los más pequeños quienes, sin decirlo abiertamente, entendían que a su papá lo había requerido el Señor y que, estando ahí junto a Él, disponía de las facilidades para que los regalos se materializaran.

El árbol y el nacimiento naturalmente se pondrían con el esmero y la algarabía que imponía la festividad. Se elevarían los cantos que entonaba el coro familiar con más entusiasmo que precisión, aunque eso no importaba mucho, ya que en esas músicas natalicias iba impregnado el recuerdo del padre ausente. 1 Para el adorno de las paredes desnudas de la casa había varios ángeles de petate que podían reutilizarse. También se dispondrían las habituales flores de Nochebuena y las bateas con frutas a las que se les intercalaban esferas verde y oro. Cántaros de barro servirían para acomodar las velas a manera de rudimentarios candelabros. Era imprescindible llenar de luz el enorme hueco que había dejado la desaparición física del patrón de la casa. El oloroso pino que debía presidir la sala del hogar volvería a engalanarse con unas originales ramas de níspero engarzadas con más Nochebuenas, amén de las esferas coloradas que sobraban de las navidades pasadas. Lo mismo sucedería con la confección del nacimiento. El diminuto pesebre se acomodaría sobre el lecho de heno y musgo que los niños, cuales topógrafos en ciernes, desplegarían con su profusión de crestas y valles entre el árbol y la chimenea. Era la disposición del nacimiento la actividad que mayor expectación causaba. Había puentes que se situarían sobre las corrientes de agua realizadas con papel de estaño. Para simular un hipotético lago se contaba con un espejo, cuyos bordes se cubrían con el musgo. Sobre su inmaculada superficie irían algunos patos y cisnes. Pastorcillos, vacas y ovejas en miniatura eran parte del arsenal que se ponía primero, antes de emplazar a las figuras de mayor relieve de la composición. Los Reyes Magos se colocaban en las cercanías del pesebre que, como era la norma, había de ocuparse por San José y la Virgen María y, un burro echado a sus pies. La figurita del niño Dios habría de aguardar su colocación hasta el día exacto de su alumbramiento.

En cuanto a la cena, la joven viuda imaginaba que habría de cocinar varios guajolotes rellenos, sendas ensaladas y el pastel de navidad de rigor, mas la pregunta se trillaba: ¿Con qué dinero, Señor?… Costaba mucho trabajo pedir ayuda a los amigos que se habían ofrecido a brindarla, pues ya muchos la habían dado espontáneamente. Sólo así se habían resuelto las premuras de muchos días en que no había un centavo para alimentar a la extensa prole. La viuda se había puesto a elaborar arreglos florales y sí, de vez en cuando lograba venderlos, pero lo recabado a duras penas alcanzaba para pagar la renta de la casa. En momentos de verdadera angustia había pensado en mudarse a una morada con menos cuartos, aunque hubieran de apiñarse más los niños, pero la renta que se pagaba por ella era, de suyo, bastante módica. El casero era una persona decente que se había condolido de la desgracia, consintiendo que las rentas no se incrementaran y que a menudo se retrasaran. Y en Pátzcuaro, ya se había indagado, no era tan fácil conseguir un alojamiento con las características que se requería.

¡Qué amargo era recordar los días donde no había habido privaciones y dónde se había vivido en pos de criar con total dedicación a los hijos que aparejaron tantas bondades con sus natalicios! Era cierto que cada uno de ellos traía su pan bajo el brazo puesto que, conforme se fueron sumando, las posibilidades de trabajo para el marido se habían acrecentado. Empero, llegó el tiempo en dónde él hubo de buscar mejores medios de subsistencia optando por emigrar a los Estados Unidos. El trabajo que obtuvo fue como catedrático de música en una universidad de Nueva Orleans, desde donde alcanzó a mandar dólares para la creciente descendencia. Lamentablemente las presiones del nuevo empleo en la Loyola University ‒además de la carga académica había de encargarse de la preparación de los coros universitarios, de la titularidad de organista de la Catedral de Saint Louis y de la dirección de la facultad de música como decano‒, se interpusieron en la senda emprendida y en un viaje relámpago a México, un infarto masivo se lo llevó en un santiamén. Lo único que se halló entre su ropa fueron seiscientos pesos. Nadie había previsto la necesidad de adquirir un seguro de vida ni de ir haciendo un ahorro para eventualidades.

Por otro lado, el oficio de músico y sobre todo el de compositor, dependía de muchos factores que no siempre tenían que ver con el talento y la capacidad; destacaban entre ellos las relaciones sociales en sus nexos con la burguesía. Y para ser francos, el señor músico había preferido dedicarse a trabajar con ahínco en su misión, dejando de lado el cultivo de los vínculos con los poderosos, máxime cuando en la cúpula del poder se denostaba a los individuos que profesaban la fe católica, tan incorruptible como había sido la suya. No era casual que para el bebé póstumo que habría de ver la luz en los primeros días del año nuevo, se hubiera escogido el nombre de Cristián.

Una fría mañana en plenos albores del advenimiento santo, después de una noche mal dormida donde la joven viuda no dejó de quebrarse la cabeza pensando cómo resolvería las carencias inmediatas, entraron en jubiloso tropel los niños menores. Con sus caras de pingos y en el culmen del entusiasmo infantil le recitaron en coro: “¿Sabes mamá?… estamos pensando que como papá ya está en el cielo vamos a tener esta Navidad unos regalos pero bien bonitos.” Con un nudo en la garganta no atinó a decirles que no estaba segura de que los dones celestiales pudieran llegar a tiempo. Era complicado para su papá interceder con Dios cuando había tantos asuntos importantes de los que había de ocuparse. Para sus adentros musitó con cierta desesperanza: “Miguel, ellos esperan regalos, ayúdame por favor.”

Unas horas después se apareció al improviso una hermana de la viuda que llegaba de Morelia para darle un sobre que le había confiado, en circunstancias extrañas, el Padre Manuel Ponce, homónimo y primo del compositor. El Padre Ponce aceptaba haberse aprovechado del viaje a Pátzcuaro de la involuntaria mensajera, puesto que él no podía hacerlo antes de Enero y era vital que el sobre se entregara a tiempo. La hermana refirió que el Padre Ponce acababa de regresar de un viaje a Roma, donde había coincidido con el obispo de San Salvador quien, por una milagrosa coincidencia, había sido amigo del difunto cuando éste había estudiado música sacra en la Ciudad Pontificia. Al abrir la carta, las palabras del obispo se magnificaron ante los ojos, incrédulos y rebosantes de lágrimas, de la viuda. Se leía, literalmente: “Esta mañana, por encargo de Miguel, envío a usted cien dólares para los regalos de Navidad de sus hijos”.

[1] Se recomienda la audición de un villancico que fue compuesto por el marido difunto, así como del Aleluya de otra de sus obras navideñas. Audio 1: Miguel Bernal Jiménez – Mañanita (Niños cantores de Morelia. Miguel Torres, director. FESTIVALMORELIA, 2010) Audio 2: Miguel Bernal Jiménez – Aleluya de la pastorela ballet Navidad en tierra azteca. (Orquesta Sinfónica del Festival. Luis Berber, director. FESTIVALMORELIA, 2010)