El Evangelio y lo inadmisible

Veladoras en el Zócalo capitalino en memoria de los normalistas de Ayotzinapa.
Foto: Octavio Gómez

Para Hipólito Mora, mi hermano en el mismo dolor.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En un poema inclasificable, Fuga de la muerte, Paul Celan dedica uno de sus versos a condensar la atrocidad de los hornos crematorios de Auschwitz. Utilizo la versión de José María Pérez Gay:

“Cavamos una tumba en el aire /
donde no estamos encogidos /
Grita /
caven más hondo.”

El poema está fechado en 1948. Más de medio siglo después, en Cocula, Guerrero, con una tecnología inferior –diesel y llantas–, el verso se reedita en 43 estudiantes y en decenas de miles de los que el Estado no quiere hablar.

Independientemente de la inquietante estetización que Celan hace, lo aterrador del hecho –en sí mismo aterrador– no es el asesinato, sino la paciente tarea –inédita en los milenios de historia humana– de desaparecer los cuerpos, de borrar la huella de su paso en el mundo, de hacerles cavar, a fuerza de someterlos a la cremación y a la pulverización, una tumba en el aire, en el vacío, en la nada, haciéndolos decir así que nunca existieron entre nosotros, que nunca tuvieron presencia, que ni siquiera eran desechos dignos de figurar en un basurero.

Ese suceso coincide ahora con la próxima celebración de la Navidad. Todo mundo ha detenido sus labores, celebra, come, se embriaga, consume, se abraza, se desea felicidad. Sin embargo, entre esa celebración y los acontecimientos que la envuelven hay una contradicción que hace todavía más aterrador el crimen de los normalistas de Ayotzinapa.

La Navidad no es una simple fiesta que nos detiene en la precipitación de nuestras vidas diarias. Es el misterio de la encarnación. El misterio de la antítesis de los sucesos de Auschwitz y de Cocula. No sólo el misterio por el que Dios, abstracto, inasible e inabarcable, se vuelve carne, presencia, uno como nosotros, sino el misterio que a partir de entonces sacraliza toda carne, toda presencia humana: Dios, de alguna forma y a partir de entonces, es el ser humano. Sin ese misterio, que ha acompañado a Occidente durante más de 2 mil años, serían incomprensibles los derechos humanos, el escándalo frente a la violentación de alguien y, por lo mismo, sería impensable la desaparición de su cuerpo, el desvanecimiento de los vestigios de su carne, su difuminación en un humo que se lleva el aire.

Ese hecho, sin embargo, a pesar de más de casi 500 años de evangelización en México, está ocurriendo. En este momento, mientras celebramos la 490 Navidad (los 12 franciscanos llegaron a nuestro territorio en 1524), está sucediendo en algún rincón con la imbecilidad, la complicidad y la inutilidad de nuestros “gobernantes” y de un cristianismo cuya Iglesia jerárquica lo ha degenerado. No conozco una sola carta pastoral –no la hubo tampoco en la Alemania nazi–, un solo llamamiento de esa paralítica jerarquía mexicana que esté a la altura del misterio de la encarnación que hoy, con la masacre de Iguala, se ha vuelto hacia ellos también para acusarlos.

La desaparición de los normalistas –tal y como consta en el parte dado por el procurador Murillo Karam– es inadmisible para el Evangelio y para lo humano a partir de él. De allí que los padres de los muchachos se nieguen a aceptar el hecho. Yo también, como los ciudadanos que estamos movilizados, me niego. Admitirlo es consentir un mal inédito. Es darle carta de naturalización a lo demoniaco, es aceptar, con un carpetazo, que eso es posible y seguirá siendo posible. Es, en síntesis, hacer entrar la desencarnación en la encarnación y, en consecuencia, vaciar de sentido y hacer desaparecer, como los cuerpos de los muchachos de Ayotzinapa y de cientos de miles como ellos, su revelación fundamental, el gozne en el que gira la buena nueva: las huellas de Dios en lo que fue la carne, la presencia sensible de un ser humano entre nosotros.

A veces, frente a esta reflexión, pienso en Murillo Karam –no en Peña Nieto, no en Osorio Chong, no en Videgaray, no en Aguirre ni en Navarrete; esos han demostrado hasta el momento que carecen, ya no digamos de corazón, sino de imaginación para el dolor de los otros y de dignidad–, y me pregunto: ¿Por qué Murillo Karam, sabiendo lo que nos ha dicho, no renuncia? Habernos revelado lo que nos reveló y permanecer en la Procuraduría es naturalizar el mal, es afirmar que la justicia puede aceptar no sólo lo que debió evitar, sino lo inaceptable. Su renuncia, en cambio, sería el gesto de su no aceptación, de su no solidaridad con el mal, un gesto que caminaría del lado de los padres, de nosotros, de los desaparecidos. Su aparente derrota sería entonces el triunfo de los que en la moral nos resistimos a aceptar lo inaceptable.

Hoy, frente a los acontecimientos de Iguala, la Navidad no puede ser la misma. No debe celebrarse como si no hubiese ocurrido nada, como si la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa, en la que están condensadas más de 30 mil desapariciones –no nos faltan 43, nos faltan 30 mil 43–, no pusiera en crisis la encarnación y 490 años de evangelización. Debe, en este sentido, celebrarse en el recogimiento, en la reflexión profunda y el llamamiento perentorio de los clérigos a restablecerla en el centro de la vida del país, porque ahora está negada. Hoy, en el pesebre de Belén, no está Cristo, está el hueco, su ausencia, su inmensa e inadmisible humillación, la tumba que le hemos cavado en el aire.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas, a Nestora Salgado, a Mario Luna y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, y boicotear las elecciones.