En pos de un calendario melódico


MÉXICO, D.F. (Proceso).- Los actos de repensar y de revalorar vienen aparejados, desde siempre, con la apertura de un nuevo ciclo; y máxime si es de índole calendárica. De tal suerte que con la defunción del año viejo y la llegada del nuevo vuelven a abrirse los telones de nuestro teatro existencial para replantear la actuación que tenemos asignada en la gran comedia humana. ¿Vivimos con toda la plenitud posible el año extinto? ¿Deberíamos hacer ajustes en nuestra forma de vida para que el año naciente nos brinde menos frustraciones? ¿Afrontamos las adversidades con la debida entereza? ¿Estamos satisfechos con lo que somos, con lo que hacemos y, anatema si no lo preguntáramos, con lo que tenemos? ¿La certeza de nuestra valía personal se basa en una observación objetiva o es, más bien, resultado de una complacencia irracional?

Lo único claro es que el listado de cuestionamientos podría alargarse ad infinitum y que la mejor opción para no sucumbir en el intento sería escudriñar en el pasado. Ahí, en el repaso de la experiencia yacen algunas respuestas que podrían ayudarnos a salir mejor librados en nuestras luchas cotidianas. Bien lo dijo Julio César: Rerum omnium magister usus, es decir, “La experiencia es la maestra de todas las cosas”. Y mejor lo asentó en los edictos públicos la sabiduría romana de entonces: Indocti discant, et ament meminisse periti, o sea, “Que los ignorantes aprendan y que los doctos gusten de recordar.”

Por ende, ahora que nos proyectamos en el flamante 2015 ‒también año 3 Ácatl o tres caña de los antiguos mexicanos y año 5775 de los judíos‒ sería aconsejable hurgar en las tradiciones calendáricas que nos rigen y sería el momento ideal para hablar de las músicas que fueron compuestas para ilustrar con sonidos las particularidades del fluir del tiempo en sus segmentos mensuales y estacionales. Algo bueno encontraremos…

¿Conocemos, para empezar, el origen de la palabra mes? La etimología indica que la raíz griega men, de luna, se transformó, al parecer, en el mensis latino. La procedencia lingüística se aclara por el hecho de que los primeros meses del arcaico calendario romano eran ciclos lunares de 28 días. La leyenda cuenta que fue Rómulo quien dividió el año en 10 meses que arrancaban en el equinoccio de primavera. Es interesante anotar que su primer mes, Martius, estaba dedicado a la honra del dios que bendecía las campañas militares. Después vinieron Aprilis y Maius cuya etimología versa sobre el despertar de la naturaleza. El primero tenía que ver con el verbo “abrir” y el segundo como homenaje a Maia, diosa de la floración. Para el cuarto mes, Iunius, se eligió a Juno por ser la esposa de Júpiter y la patrona del matrimonio. Los restantes, Quintilis, Sextilis, September, October, November y December, como su nombre indica, representaron la mera secuencia numérica.

Tocó al rey Numa Pompilio –el sucesor de Rómulo‒ incorporar, en el siglo VI a. c., los meses faltantes que antes no se habían considerado por acaecer en un tiempo carente de actividades agrícolas y de fiestas. Los nombró Ianuarius y Februa. En homenaje al dios Jano, de quien aplazaremos la descripción de sus atributos, el primero y en resonancia con las festividades aptas para la depuración, el segundo. Ya para el siglo II a. c., sin embargo, se había movido el inicio del año civil al mes de Jano con la idea de facilitar los asuntos internos de la administración pública y los cargos políticos.

¿Y qué hay del reemplazo del los meses Quintilis y Sextilis? Pues, simplemente, fueron eliminados por cuestiones de egolatría. El citado Julio César, en el 46 a. c. instauró la reforma ‒el así llamado calendario juliano que estaría vigente hasta el Siglo XVI, donde se alargaron los días del mes y se incorporó el año bisiesto‒ que reduciría sensiblemente el desfasamiento temporal con los años solares de 365 días, 5 horas, 48 minutos y 46 segundos. Hecho esto, el senado lo recompensó dándole su nombre al mes que lo vio nacer. Con respecto al sexto, la historia relata que una vez asesinado Julio César, Augustus subió al poder pretendiendo, de inmediato, equipararse con su antecesor quien, incidentalmente, lo había apadrinado. Si se honraba al César durante 31 días, a él correspondería otro tanto, así tuviera que sustraerle un día a Febrero para transformar al periodo juliano de 30 que tenía originalmente el mes de su natalicio.

Como ya adelantamos, en 1582 tuvo lugar la última reforma calendárica que implantó el Papa Gregorio XIII en aras de regular definitivamente la simetría con el año solar. Para lograrlo decretó que después del 4 de octubre de ese año viniera el 15 del mismo mes, de forma tal que al llegar la siguiente primavera coincidiera con el 21 de Marzo equinoccial. No sobra apuntar que los protestantes no se apegaron a la reforma papal y que no fue sino hasta el 1752 cuando aceptaron plegarse al calendario gregoriano. Tampoco sobra enfatizar que los calendarios mesoamericanos tenían una precisión que no desmerecía en un ápice con la que se vivía en Europa mucho antes de la Conquista; sobre todo, considerando que fue una creación propia, ajena de influencias.

Ahora sí, es momento de acercarnos al florilegio de obras musicales que anunciamos. Para nuestra sorpresa, su cantidad es inusualmente limitada.

Las pioneras Four Seasons. Hasta donde sabemos, las obras que inauguran el filón estacional fueron concebidas entre 1640 y 1650 por el británico Chistopher Simpson. Poco se sabe de su vida, salvo que trabajó en el condado de Yorkshire y que tuvo una educación jesuítica. Su producción se centra en las violas de gamba. Con respecto a sus Estaciones se ignora el impacto que causaron en el público de su época.[1]

Las celebérrimas Quattro Stagioni. Correspondió a Vivaldi el mérito de concebir los conciertos más socorridos del barroco. Más de mil grabaciones comerciales lo atestiguan. Es oscura su génesis, pero sí sabemos que se publicaron en 1725, en Ámsterdam, y que pertenecen al ciclo intitulado Il Cimento dell´Armonia e dell´Invenzione. Debemos agregar que Vivaldi hizo gala de su estro creativo al musicalizar los sonetos ‒de su probable autoría‒ que glosan sobre cada Estación. En el Invierno abundan las referencias a los vientos, la nieve, el frío y a las reacciones de quienes los padecen.[2]

Las subsecuentes Jahreszeiten. En torno al 1798, Gottfried van Swieten leyó unos poemas de James Thompson sobre las Estaciones y se le ocurrió convencer a Franz Joseph Haydn de que le pusiera música a su propia reelaboración poética. El resultado fue un oratorio para voces solistas, coro y orquesta que se estrenó en 1801, en Viena. Como valor añadido, la obra hace una metáfora de las edades del hombre comparándolas con el discurrir estacional. El segmento invernal acusa una atmósfera neblinosa, mas en el coro final, con la muerte en ciernes, se infiere la dicha de conocer el cielo.[3]

Las primeras Saisons rusas. En 1875 el editor de la Revista Nouvellist de San Petersburgo contrató a Pyotr Illich Tchaikovsky para que escribiera una pieza alusiva a cada mes del año. Serían publicadas en los 12 ejemplares de 1876. Tchaikovsky aceptó la encomienda ‒se hayan agrupadas en su op. 37b‒ y también los títulos que le impuso el editor. La del mes de enero se llama: “Junto a la chimenea”.

El ballet primigenio Времена года. Con el estreno definido para el arranque del siglo XX, Alexander Glazunov se abocó a escribir la música que habría de coreografiar el eminente Marius Petipa en el teatro Mariinski de San Petersburgo. Concebido en 4 cuadros y una apoteosis final, el ballet tuvo una acogida formidable desde su inicio. Tocante al paisaje de L´Hiver, que se divide en una escena con 4 variaciones, las inclemencias climáticas son la constante. Personajes mitológicos inciden en la trama.

Un segundo ballet The Seasons irrumpe en América. En plena posguerra, la Ballet Society de Nueva York le encargó al compositor John Cage que le diera vida a una obra que simbolizara el ciclo natural de las Estaciones. La coreógrafa Merce Cunningham haría el estreno en 1947 apegándose a la estructura del compositor: un acto dividido en 9 secciones. La correspondiente al Invierno asocia la quietud que precede siempre a la renovación.

Las Estaciones porteñas cambian de hemisferio. Asimiladas a la tradición del tango argentino, las cuatro piezas que escribió Astor Piazzola entre 1965 y 1970 son la refutación perfecta del calendario que impuso Roma. En el Cono Sur el año inicia en pleno Verano y sus campos se cubren de nieve cuando la gente del Norte se descubre.

Todo muda de ropajes y no tenemos manera de impedir que las corrientes del tiempo vueltas música nos arrastren sin concedernos tregua. Acaso sea necesario que las dos caras del dios Jano, una que mira al pasado y otra que otea hacia el porvenir, nos sitúen en un presente donde la escarcha de la experiencia nos ayude a vivir mejor. Feliz 2015.

[1] Se recomienda la audición del Winter. Acceda a la liga: www.youtube.com/watch?v=q26fZRGog3Y

[2] Se sugiere la escucha del primer tiempo del Inverno vivaldiano. Pulse el audio 1 Antonio Vivaldi – L´Inverno op. VIII n° 4 (Giuliano Carmignola, violinista. I Sonatori de la Gioiosa Marca. DIVOX ANTIQUA, 1992)

[3] Asimismo, esta obra como las de Tchaikovsky, Glazunov y Piazzola pueden escucharse en la audioteca del semanario. Audio 2: Franz Joseph Haydn – Der Winter aus Die Jahreszeiten hob. XXI:3. (Academy and Chorus of Saint Martin in the Fields. Sir Neville Marriner, director. PHILIPS, 1993) Audio 3: Pyotr Illych Tchaikovsky January op. 37b. (Ilona Prunyi, piano. NAXOS, 1989.) Audio 4: Alexander Glazunov – Variation II La Glace de L´Hiver. Op. 67. (Scottish National Orchestra. Neeme Järvi, director) Para la obra de John Cage diríjase a la liga: www.youtube.com/watch?v=IXQWFkpUMm4 Audio 5: Astor Piazzolla – Invierno porteño. (Lara Saint John, violinista. Orquesta Juvenil Simón Bolívar de Venezuela. Eduardo Maturet, director. ANCALAGON, 2009)