Scherer y su enorme melomanía

Julio Scherer, fundador del semanario Proceso.
Foto: Octavio Gómez

MÉXICO, D.F. (Proceso).- “Al cobijo de la música se desliza el fragor de la existencia” solía decirme Julio Scherer García. Y ahora, con los oídos de la memoria anegados por su ausencia, sólo atino a evocar un caracol lleno de auroras. Necesito acercarlo hasta mi oreja para poder escuchar los giros del tiempo que se transforman en luz. Después he de cerrar los ojos para lograr percibir en sus círculos las mareas donde nació la vida, el sonido y las palabras. Éstas, “hijas del hombre”, como él ya había dilucidado son, tal vez, el asidero para tratar de arrancarme alguna evocación. Desfilan la voluta y el símbolo. Braman los rumores y el silencio. Amaga el tiempo que nos vive y nos supera. Y al final, la memoria, terca como él la definió y para mí la añoranza, como el último de los bienes terrenales.

Heme pues, demediado con las invocaciones sin tregua, tratando de darle coherencia a los recuerdos. Mi vida íntegra estuvo imbricada con la suya e, invariablemente, la música fue el puente que abría la comunicación y que nos llevaba, sin tapujos ni inhibiciones, hacia los temas más íntimos de nuestras propias vidas. Surge así, espontánea, la primera remembranza compartida:

Cursaba yo el quinto grado de primaria cuando fui requerido para hacer una tarea de historia. La recuerdo con claridad, era sobre la cultura madre de Mesoamérica. ¿Cómo podría haberla olvidarlo si hubo de convertirse, así se lo confesé, en una fuente de laceraciones? Leí lo pertinente en la biblioteca paterna redactando después una síntesis. No escatimé esfuerzo. La frase de apertura había fluido con relativa facilidad y para mi inexperiencia sonaba bien, es más, me sentía orgulloso de ella: “Dentro del ancho mundo de los florecimientos culturales los Olmecas ocupan un lugar destacado…” Cuando mi padre regresó a casa fui asaltado por aquella impaciencia infantil que ardorosamente buscaba su aprobación. Concluida la lectura, mi progenitor, médico de cabecera de la familia Scherer Ibarra, frunció el seño y profirió cortante:

— ¿De dónde lo copiaste?

— De ningún lado, papá, yo lo escribí, afirmé con voz quebradiza.

—Esto jamás pudiste haberlo escrito tú…

En luminosa contraposición, el siguiente recuerdo que me habita contiene al gran periodista como a una figura paterna, indubitablemente más benévola, pero asimismo descomunal:

Por una lectura fortuita me había enterado, en la misma época de la invasión a Irak orquestada desde Washington por el execrable Bush Jr., que Mozart había concluido su ópera Mitridate, musicalizando unos versos que decían: No cedamos al Capitolio, /resistamos a aquel orgullo /que no ha sabido contenerse aún. /Siempre guerra y jamás paz. /Hay entre nosotros un altanero energúmeno /que pretende al mundo entero /privar de su libertad. Me parecía que el paralelismo se perfilaba nítido y que era aconsejable convertirlo en una nota informativa. Corrí exaltado con un esbozo escrito a su morada, él era el único que podía darme un parecer objetivo. Leyó con detenimiento y al término de la primera cuartilla, con una sonrisa en el semblante, sentenció: “Me gusta mucho, Samuelacho, veré que se publique en Proceso.”

En desordenado tropel aparece otra intempestiva visita a su torre para contarle de un nuevo hallazgo que supuse lo emocionaría. No me equivoqué. Como ya era la norma, le hacía escuchar primero, a través de los audífonos de mi discman, la música y después versaría sobre su génesis. Se trataba del poema sinfónico Finlandia despierta que Jean Sibelius había compuesto para solidarizarse con los periodistas de su patria que se habían quedado sin empleo por haberse atrevido a denunciar los atropellos de la dictadura rusa. Su comentario acomunó a su enorme melomanía su conocido repudio por los abusos del poder: “!Hijos, Samuelacho, hijos! ¡Qué dato me estás revelando! Escucho ahora a Sibelius con nuevas orejas. Dame los pormenores por escrito porque me gustaría iniciar una conferencia con ellos.”

Y aparejado con Sibelius, o con Tchaikovsky o Dukas para el caso, estaban los músicos alemanes que, en su decir, lideraba Beethoven. Siempre el sordo de Bonn como puerto de arribo de sus apetitos sensoriales. ‒De acuerdo, Beethoven a veces roza lo sublime pero su deuda con Mozart, decía yo, era incuantificable. “Nunca”, rebatía con el ánimo encrespado. “Beethoven es la cima de la música y de la civilización occidental.” ‒Así lo sitúa tu predilección mas, en realidad, es uno de los muchos que forjó la gran tradición germana que se perfila primero con la familia Bach, me atrevía yo a discrepar.

Y en debates apasionantes me instaba para que le hiciera conocer nuevas obras que, de inmediato, volvía suyas desentrañando su esencia. Una de las más remotas de nuestro haber mancomunado fue la Serenata para cuerdas de Dvořák.[1] ¡Qué gozoso delirio el suyo! Natural fluyó su comentario al cabo de la primera audición: “Dime que a ti también te vuelve loco. Hazme escuchar de nuevo ese primer tema, es como sí a través de sus notas respiraran los bosques de Bohemía…”

Ya fuera en su casa o en la mía, vibraron las charlas donde, gallardo, sostenía que la única adicción a la que se sometía por voluntad propia era la de la música, como forma artística suprema. Gracias a ella, repetía, la existencia amainaba sus grilletes. Yo terciaba diciendo que me bastaba con escuchar una modulación bien lograda para que mi interior se iluminara por dentro[2]; y que, también como él, con la simple resolución de una disonancia atravesaba umbrales de mundos recónditos sin necesidad de enervantes.

Supe por sus pláticas del gusto de Luis Donaldo Colosio por Vivaldi y de las desdichas de los millonarios que presumían de su amistad. Jamás la confidencia desleal. Escuché relatos alucinantes de su cercanía con tiranos y recibí reprimendas por quejarme de los rigores de la profesión de músico. En la dedicatoria de uno de sus libros me escribió: “El periodismo es rudo como el violín, como la alta e inaccesible literatura, como los días que vamos viviendo, uno a uno… pero sólo en la rudeza se halla el amor.”

Traía a colación a Flaubert al sostener que la vida es tan espantosa que el único medio para poder soportarla es evitándola y que se la evita viviendo en el arte, en la búsqueda incesante de lo verdadero que proporciona lo bello. Se busca, insistía, la piedra filosofal en los ritos que hoy proclaman los medios sin caer en la cuenta que sus oficiantes son marionetas de esa perversa cofradía de poder que impone sus valores con lujo de infamias. Ya no se espera que el estiércol se transmute en metal precioso, entendemos que son los falsos alquimistas aquellos que controlan el destino de una humanidad harapienta en beneficio de su inconmensurable avidez. Para ellos, remataba, la ética es un simple caracol carcomido por la impudicia…

En otro de los recodos más álgidos de mi tránsito vital, le pedí ayuda ‒siempre lo hice cuando hube de enfrentar decisiones cruciales‒ para resolver un problema acuciante. Intuí que en el cedazo de su sensibilidad encontraría la respuesta. Tampoco me equivoqué. Armaba yo la reelaboración de la ópera compuesta por Vivaldi alrededor de la deformada figura de Moctezuma II, y en el afán de transformar la anodina farsa original en la verdadera tragedia que significó la Conquista para el emperador mexica, pensaba que debía incorporar el movimiento lento del Invierno. A mi entender, su melodía ‒quizá la más hermosa del barroco italiano‒ clamaba por algún sitio especial de índole luminosa y en mi trabajo la pesadumbre invadía todos los rincones. Las cavilaciones no me conducían a ningún lado hasta que lo interpelé al cabo de otra cena memorable. Mis palabras introductorias fueron directamente al punto:

‒Dime, ¿qué efecto te produce esta música o en qué condiciones te gustaría escucharla?..

Mientras la degustaba fue palpable cómo su respiración se hacía más honda y cómo, echando la cabeza para atrás distendía los músculos del rostro. Apretado el botón de stop del lector de discos compactos se hizo un silencio que ninguno de los dos atinamos a mancillar, necesitado nuestro ánimo de unos segundos de asimilación. En su conmovedora respuesta residía la clave que sólo él podía vislumbrar. Entendida así, la claridad era evidente. Aunque no llevara letra, ahí debían cantarse las palabras postreras del incomprendido tlahtoani.[3] Consigno aquí su propia versión de los hechos y engarzo mi espíritu, con palpitante agradecimiento, en la certeza de su partida hacia ese remanso acuático pletórico de sonidos y de colores donde se mitiga la soledad del cuerpo y se restañan las llagas del espíritu, las caracolas marinas precediendo el cortejo:

“Samuelacho, aquella noche cesó la reflexión sobre mi cuerpo y advertí que desaparecía mi ego. Sin peso me dejaba llevar por un plano inclinado. Desconocía el lugar de destino, pero adivinaba que se trataba de un lago azul. Escuchaba esa música inefable compuesta por el sacerdote de Venecia. Así, sin cuerpo, querría morir…”

[1] Se sugiere la audición del movimiento Moderato de la obra del compositor checo. Pulse el Audio 1. Antonin Dvořák: Moderato de la Serenata para cuerdas en Mi Mayor op. 22. (Philharmonia Orchestra. Christopher Warren-Green, director. CHANDOS, 2004)

[2] El arte de modular es aquel donde se pasa de una tonalidad a otra, es decir, donde cambian los colores auditivos.

[3] Se recomienda la escucha del producto resultante, empezando por el original. Pulse el Audio 2 Largo del concierto para violín op. VIII n° 4 en fa menor L¨Inverno (Mariana Sirbu, violinista. I Musici. PHILIPS . 1999) Pulse el Audio 3. Aria Nipa otli in otlatoco del dramma per musica Motecuhzoma II de Samuel Máynez sobre músicas de Antonio Vivaldi. (Guillermo Ruiz, barítono. Sonatori .de la Gioiosa Marca y Alauda Ensemble. Francesco Fanna, director. Live Recording. Teatro Hidalgo de la Cd. de México. 19/XII/2009)