Un águila llamada Julio Scherer

Monsiváis y Scherer durante la entrega del premio de la FNPI en 2003.
Foto: Marco A. Cruz

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Julio Scherer hizo del periodismo una pasión y un pensamiento que transformaron el ejercicio de la profesión en el país y a la nación misma. Como el águila, el fundador de Proceso observó la realidad desde lo alto, identificó a su presa –la corrupción del poder– y acometió contra ella con intrepidez y contundencia para legarnos un ejemplo indeleble de periodismo honesto, profundo, independiente. La inquebrantable perseverancia crítica de ese periodista sin par nos permitió conocer la verdadera realidad nacional, no la tergiversada mediante la mentira y el soborno gubernamentales. A pesar de las constantes acechanzas del poder, Scherer nunca se doblegó ante él ni mucho menos se enriqueció a cambio del sometimiento informativo. La convicción ética de un periodismo que reflejara fielmente la realidad, para criticarla y mejorarla, fue norma inalterable de su obra.

Tuve la fortuna de haber sido su alumno en las aulas de la Universidad Iberoamericana. Recuerdo que en su primera cátedra sobre política editorial nos habló con brillantez acerca de la idea de la libertad en Hegel, de la posibilidad de conciliar armónicamente la autonomía del individuo con los intereses de la comunidad y del Estado mediante una eticidad comunitaria y el surgimiento de un Estado moderno racional. En la Filosofía del derecho, el filósofo alemán sintetizó esa posibilidad de la siguiente manera: “El Estado es por sí y para sí la totalidad ética, la realización de la libertad, y es una meta absoluta de la razón que la libertad sea realizada”. Esa concepción hegeliana de armonizar la libertad individual con la instauración de un Estado racional impactó el pensamiento político de Julio Scherer, no para abrazar el totalitarismo, sino para rechazarlo mediante el ejercicio irrestricto de la libertad. Como Tucídides, Scherer no plasmó su pensamiento político en una teoría, sino que decidió historiar el presente. La práctica de su escritura apasionada y lúcida estuvo acompañada siempre por la voluntad de perturbar la arbitrariedad del poder y la complacencia social.

Esa memorable clase fue la única que pudo impartirnos Julio Scherer debido a que en agosto de 1972 tuvo lugar el boicot publicitario auspiciado por el entonces presidente Luis Echeverría para obligar a los principales empresarios del país a dejar de anunciarse en el Excélsior dirigido por el paradigma de la libertad de expresión en México. La sucia maniobra puso al descubierto el sometimiento del empresariado ante la fuerza de la mano autoritaria echeverrista, pero no logró doblegar la congruencia y responsabilidad de Scherer con la libertad de prensa y con sus lectores. Fue entonces cuando Echeverría y sus secuaces orquestaron el golpe definitivo. En junio de 1976 el gobierno armó una supuesta protesta de campesinos que alegaban haber sido despojados de los terrenos de Paseos de Taxqueña, propiedad de los trabajadores de la Cooperativa Excélsior. La abyecta estrategia echeverrista culminó el 8 de julio de 1976 con la salida de Scherer y su equipo de colaboradores de las oficinas de Paseo de la Reforma 18. En Los periodistas, Vicente Leñero narra con maestría el más oprobioso acto de gobierno contra un medio de comunicación en la historia del país.

Desapareció así una inigualada página editorial integrada por Daniel Cosío Villegas, Jorge Ibargüengoita, José Alvarado, Francisco Carmona Nenclares, Arturo Arnaiz y Freg, Enrique Maza, Abel Quezada, por mencionar sólo algunas de las mentes brillantes que colaboraron en aquel Excélsior. Asimismo, en solidaridad con su amigo Julio Scherer, Octavio Paz abandonó la dirección de la revista Plural. Echeverría acabó con ese Excélsior que llegó a ser uno de los mejores cinco periódicos del mundo, pero no logró domeñar la voluntad inquebrantable de Julio Scherer. Con la fundación de Proceso continuó su determinación de crear el mejor periodismo que ha ha­bido en México, al menos desde el siglo pasa­do hasta el presente. En esa empresa lo han acompañado Miguel Ángel Granados Chapa, José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Vicente Leñero, Raquel Tibol, Heberto Castillo, Javier Sicilia, Denise Dresser y desde luego Rafael Rodríguez Castañeda, actual director del semanario, entre muchas otras destacadas personalidades, además de un sólido equipo editorial, de reporteros, corresponsales, redactores, editores, caricaturistas y diseñadores que sería muy largo mencionar. Amén de sus admirables cualidades como reportero, entrevistador, investigador y escritor, Scherer fue un creador de proyectos periodísticos.

La excepcionalidad de Julio Scherer es resultado de una personalidad luminosa dotada de una inteligencia clara y recta, una mirada zahorí y una voluntad de hierro alimentadas con una pasión por la realidad y una curiosidad sin límite. Todo ello le permitió tener un conocimiento profundo del ser humano en su dimensión individual, social y política. Sus ojos de águila penetraban en la naturaleza de su interlocutor; era un psicoanalista nato que gozaba al descubrir o hacer que la persona revelara aspectos encubiertos de su mente y sus emociones. Provocador y seductor indómito, tenía otra arma imbatible para encantar a quien eligiera: su afilado sentido del humor. Por eso fue un entrevistador, un conversador, un polemista y un amigo sin igual.

Julio Scherer también compartía con el águila la simbología que ha acompañado a lo largo de los siglos a la reina de las aves: poderío, victoria, fortaleza, valentía. El águila ha sido asociada al Sol, al cielo y a los dioses, así como a las dimensiones superiores del conocimiento y la espiritualidad. Pero no nos confundamos: La espiritualidad de Julio estuvo indisolublemente ligada a una carnalidad iluminada por la energía de Eros. A nuestro periodista-pensador no lo cegaron los falsos soles de la riqueza, la fama o el poder. A todos los desdeñó y los trascendió mediante su incansable trabajo intelectual imbuido de una pasión irrefrenable por conocer y develar la realidad humana y política de su país y de su tiempo. Se ha ido el águila llamada Julio Scherer, pero su legado perdurará en la memoria de sus contemporáneos y de las generaciones por venir, sobre todo en quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, leerlo, admirarlo y quererlo.