Todos tenemos algo que agradecerle a Julio Scherer

Julio Scherer, periodista.
Foto: Marco A. Cruz

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- El continuo desborde de agradecimientos, lágrimas, lamentos, esquelas y escritos alrededor de la muerte de Julio Scherer García no dejan lugar a dudas: Fue un hombre que donde caminó sembró luz. Un columnista escribió que todo aquél que lo conoció seguramente tendría algo que agradecerle. No se equivoca. A continuación expongo mis motivos para hacerlo.

El 24 de julio de 2012 Don Julio Scherer García sufrió una caída que daría inicio al deterioro de su salud. Comenzó a asistir cada vez menos a las instalaciones de la revista Proceso. Cuando lo hacía, se empeñaba en mostrar la amorosa fuerza que le profesaba a la vida, a la humanidad, a sus compañeros. A pesar de que era evidente que su cuerpo le provocaba intensos dolores, nunca dejó de tener una palabra de aliento o una cortesía para con quien se encontrara. Fue una de esas ocasiones que me preguntó si ya había concluido el libro que desde hacía casi dos años estaba trabajando: la biografía de José Cruz Camargo Zurita, fundador del grupo de blues Real de Catorce.

Le respondí a Don Julio que ya, que estaba afinando los últimos detalles. Me pidió una copia y subió a la oficina del director de la revista, Rafael Rodríguez Castañeda. Una nerviosa ansiedad se apoderó de mi pecho. Imprimí el libro en ese instante y corrí a la papelería más cercana para encuadernarlo. Regresé a la revista. Tal vez una hora después Don Julio bajó a la redacción; le entregué el texto. Meses antes le había pedido que escribiera el prólogo, y en ese momento le recordé mi petición. Él me respondió que si no le gustaba mi trabajo no lo haría.

Una mañana de diciembre de 2012 Don Julio entró a la revista con una hoja impresa a máquina. Se sentó en medio de la redacción; los compañeros presentes lo imitaron. Dijo que estaba muy contento conmigo. Echaba carcajadas que indicaban júbilo, pero mantenía el misterio. Le entregó la hoja a Alejandro Caballero, responsable de la página web de Proceso y mi jefe directo. Él la leyó en silencio y una vez que concluyó Don Julio preguntó insistentemente: “¿Qué le parece, Don Alejandro?”. Caballero lo felicitó. Don Julio después subió a la dirección, anunció que le mostraría el prólogo a Rafael Rodríguez Castañeda y a Salvador Corro, subdirector de información de Proceso. Prolongó mi paralizante incertidumbre.

No recuerdo cuánto tiempo tardó Don Julio en regresar, pero mi corazón parecía detenido. Después de lo que me pareció una eternidad, Don Julio bajó las escaleras y me entregó la hoja. Eran cinco párrafos escritos con su prosa, entrañable y exacta, repletos de halagos hacia mi trabajo. Ese día le llamé a mi madre, a mis hermanos, le pasé copia a amigos, colegas y corrí a enmarcar el prólogo. Fue el día más feliz de mi vida.

Esa breve estampa esboza la amorosa generosidad de Don Julio: Escribió ese prólogo a máquina, en tiempos que la enfermedad lo consumía y el dolor lo nublaba de pesadillas. Yo sólo era un trabajador más de Proceso, él la más grande leyenda del periodismo mexicano.

Entrado en los ochenta años, Don Julio llegaba a la redacción de Proceso después de estacionar su Jetta azul. Invariablemente alguien se percataba de su presencia antes que los demás y corría la noticia: “Ya llegó Don Julio”.

La redacción de Proceso se ponía de pie para recibirlo, en un gesto de alegría y respeto. Para cada uno tenía una palabra cariñosa, una palmada, un abrazo, un guiño, un piropo, un chiste, una tierna provocación.

Cuando tenía 26 años de edad (hoy estoy por cumplir 32) por primera vez conocí el dolor que es dejar de vivir con una pareja. La tristeza nublaba toda mi mirada. Don Julio se enteró de lo que me pasaba; me subió a su coche y dimos una vuelta. Me pidió dejar de sufrir, me dijo que estaba muy chico aún, que me dedicara a escribir y se esmeró en dedicarme elogios y buenos augurios respecto a mi futuro profesional.

Cada que Don Julio publicaba un libro nos dejaba a cada uno de los miembros de la redacción de Proceso una copia con una dedicatoria.

En septiembre de 2008, a pocos días de que firmé mi contrato para sumarme a la planta laboral de Proceso, me dejó La reina del Pacífico con la dedicatoria: “Para Juan Pablo Proal: bajo los mejores auspicios: Julio”. En agosto de 2009 me entregó una copia de Secuestrados con el mensaje: “Juntos, ya”. En marzo de 2011 un ejemplar de Historias de muerte y corrupción que decía: “Para Juan Pablo, de largo, promisorio futuro… el más fuerte abrazo, la confianza depositada en ti, sin riesgo. Julio”. Y en febrero de 2012, en la primera hoja de Calderón de cuerpo entero escribió: “Juan Pablo: Llegarás muy lejos. Julio”.

Así las cortesías y generosidades de Don Julio.

Desde la muerte de Scherer sus discípulos, colegas, familiares y amigos han comenzado a escribir anécdotas, reflexiones y agradecimientos en torno al fundador de Proceso. No hay quien escape de describir un asombroso acto de generosidad de Scherer, recuerdos imborrables, favores incuantificables. En todas las líneas se enlistan cualidades de un gigante: congruente, valiente, insumiso, padre, confidente, talentoso, seductor, rebelde, melómano, honesto, maestro, amigo.

La genialidad del periodista Julio Scherer García es incuestionable, está consignada en sus reportajes, libros y legado; la grandeza del hombre había permanecido reservada para quienes convivieron con él.

Es bien sabido que Don Julio no concedía entrevistas y hacía lo imposible para que no se publicaran líneas sobre su vida. Hoy, contrario a su voluntad, todos los que fuimos inspirados por él comenzamos a publicar episodios que reflejan por qué Scherer es el más grande: Lejos de opacar con su gigante figura, nos incluyó a todos en su inmensa planta de luz. Y, en gran medida, evitó que el país se quedara en penumbras.

Twitter: @juanpabloproal

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