¿Verdad o Justicia?

Padres de normalistas cierran el año con protesta en la PGR.
Foto: Xinhua / Alejandro Ayala

En memoria de Julio Scherer

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Claudia Hilb es una académica argentina que el año pasado publicó una reflexión sobre el carácter político del perdón y la reconciliación, tomando como ejemplos paradigmáticos los juicios a los militares de la Junta en Argentina y el proceso de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación en Sudáfrica. Agradezco a Leticia Cufré que me enviara el ensayo ¿Cómo fundar una comunidad después del crimen?, de Hilb, pues su reflexión me parece más que oportuna en estos aciagos momentos.

Para Hilb son disímiles, aunque ejemplares, las dos maneras de abordar la salida de regímenes de terror y sentar cimientos de reconstrucción ética en ambas comunidades políticas. Ella señala que en Argentina se optó por la vía judicial, o sea, los juicios a las juntas militares, condenando en 1985 a los principales responsables de la dictadura (1976-1983), además de la promulgación de las leyes de “punto final” , de “obediencia debida” y de amnistía de 1990, para finalmente en 2004 dar la nulidad a esas tres leyes.
En Sudáfrica se eligió otro camino: una amnistía a los perpetradores de los crímenes basada en que expusieran públicamente la verdad de lo ocurrido. El grupo que desde 1995 se hizo cargo de ese proceso recibió el nombre de Comisión de la Verdad y la Reconciliación.

El interés de Hilb por contrastar los casos argentino y sudafricano se deriva de su inquietud ante una situación: ¿Por qué en Argentina ha sido casi imposible para los represores estatales, pero también para quienes formaron parte de las fuerzas insurreccionales, revisar su propia acción y su propia responsabilidad en la ejecución o el advenimiento del terror desatado por la dictadura de 1976? Esa interrogación la lleva a comparar lo ocurrido en Sudáfrica y a regresar al pensamiento de Hannah Arendt en relación con el carácter político del perdón, de la responsabilidad y de la reconciliación, especialmente en lo relativo a “la relación entre el pensar y el arrepentimiento, entre el mal y la ausencia de pensar”.

Hilb explora, desde las claves que ofrece Arendt, el dilema que implica comprender cómo pudo ocurrir aquello que sucedió y no debió haberse presentado. Ahí radica la tremenda “banalidad del mal”, que se produce cuando se sustituyen las reglas morales por una obediencia ciega a reglas criminales. De ahí la crucial importancia de “pensar y juzgar”. (¿Qué pensarán hoy los policías que obedecieron órdenes y “entregaron” a los normalistas?)

Hilb elabora sobre el pensamiento de Arendt respecto a la incapacidad de pensar moralmente acerca del mal que se ha hecho y de sufrir remordimientos. No todo mal es perdonable: no lo es el mal hecho a propósito, el de quien sí sabía lo que hacía y no se arrepiente de haberlo hecho. Son susceptibles de ser perdonados quienes no sabían lo que hacían “porque las consecuencias de sus actos exceden a su capacidad de dominarlos”. Lo imperdonable es no tener remordimiento ni arrepentimiento.

No es posible resumir en estas líneas la reflexión de Hilb, pero quiero llegar al dilema que le preocupa y que hoy es el nuestro: ¿Cómo fundar una comunidad después del crimen? En Argentina fue a partir de realizar cuidadosas investigaciones y claros juicios; en Sudáfrica fue mediante la escucha de la verdad en testimonios de víctimas y victimarios. Según Hilb, la solución inédita en Sudáfrica, la de que los perpetradores de crímenes que confesaran ante la Comisión serían amnistiados, redundó en que los propios criminales fueron los principales interesados en decir la verdad. Así, durante 1888 días, en 267 sitios diferentes, una población de víctimas y sus familiares presenció el acto de confesiones con relatos espantosos de lo que habían vivido. O sea, escucharon la verdad. Por el contario, en Argentina, donde el dispositivo judicial tuvo por objetivo meter a los responsables a la cárcel, el silencio fue casi unánime, pues ni los militares ni sus cómplices hablaron.

Mientras en Sudáfrica el proceso de relatar la verdad de lo ocurrido derivó en muchos casos a un real arrepentimiento de los perpetradores de violencias inconcebibles, con el consiguiente perdón de algunas víctimas, en Argentina los perpetradores han callado y no ha habido ni arrepentimiento ni perdón. Hilb concluye que, al optar por los juicios, tal vez Argentina pagó un precio en Verdad mientras que Sudáfrica, al elegir la Verdad, pagó un precio en Justicia. La disyuntiva ética de elegir la Verdad o la Justicia es durísima, y jamás es nítida ni fácil.

El texto de Hilb apunta al dilema que enfrentamos hoy en México: ¿Cómo construir un proceso de reconciliación nacional, donde se haga justicia, se diga la verdad y se renuncie a la venganza? No se trata de copiar una u otra vía, sino de encontrar la propia, con los probables defectos y limitaciones que toda solución conlleva. Pero, parecería que en nuestro país la búsqueda de Justicia oblitera la necesidad de Verdad. ¿Qué pasaría si se pusiera a los Abarca, Sidronio y los policías detenidos en Ayotzinapa frente a los familiares y la comunidad para que relataran su verdad de los hechos? ¿Sería esa rendición pública de cuentas un paso necesario para refundar nuestra comunidad?