Una nueva pieza del calendario melódico


MÉXICO, D.F. (Proceso).- En el primer ejemplar de 2015 de este semanario (Proceso 1992), esta columna se acercó a las músicas que fueron escritas para ilustrar con sonidos las particularidades del fluir del tiempo, estableciendo la existencia “única” de 7 composiciones: una inglesa (las estaciones de Simpson), 1 italiana (las de Vivaldi), 1 austriaca (las de Haydn), 2 rusas (las de Tchaikovsky y Glazunov), 1 norteamericana (las de Cage) y 1 argentina (las de Piazzolla), sin embargo, hemos de reconsiderar el número para incluir una octava que desconocíamos. Apelemos, sin falsos rubores, a lo estipulado por Cicerón: Nec me pudet fateri nescire quod nesciam, es decir, “no me avergüenzo de confesar lo que ignoro”.

Tras lo cual, debemos afirmar que “hasta donde nos es dado saber”, son las únicas que conocemos, sin excluir que el número siga expandiéndose. Quizá algún compositor de Alaska ha colegido otra serie de conciertos donde el invierno dura el doble que el verano o, algún poblador del valle de Cuauhnáhuac ha compuesto una suite intitulada “La eterna primavera” y simplemente no sabemos de ellas porque no existe, hasta ahora, registro que las acredite. Mientras eso no acontezca, digamos que con la octava se cierra el ciclo[1] que abarca los cuatro siglos que nos preceden con lo que va del XXI (las estaciones de Simpson datan de 1640 ca. y las de Piazzolla fueron concluidas en 1970)

Se trata, pues, de la suite de Canciones folklóricas de las cuatro estaciones (Folk Songs of the Four Seasons en su título original) del compositor inglés Ralph Vaughan Williams (1872-1958). Con esta inclusión tornase necesario hacer algunas consideraciones que nos ayuden a contextualizarlas, amén de volverse imprescindible hablar del compositor y su poco conocido ‒al menos en México‒ corpus musical. Para comenzar, de las ocho obras citadas, sólo dos llevan un texto explícito (las estaciones de Haydn y aquellas que ahora nos ocupan), siendo las demás de carácter meramente instrumental y/o coreográfico (1 suite ‒Simpson‒, 8 obras para violín y orquesta ‒Vivaldi y Piazzolla‒, 12 piezas para piano ‒Tchaikovsky‒, y 2 ballets ‒Glazunov y Cage‒), aunque es de anotar que las estaciones vivaldianas tuvieron como fuente de creación a 4 sonetos anónimos ‒se presume la autoría del cura veneciano‒.

Ahora bien, con la “aparición” de estas “nuevas” estaciones británicas se establece el primado que el Reino Unido ostenta en cuanto a la manera de “encapsular” al tiempo. De los gentilicios enlistados, son los ingleses quienes cuentan con las mayores aportaciones, no sólo porque Simpson inauguró la senda que volvería a recorrer Vaughan Williams entre 1949 y 1952, sino porque el origen de las estaciones de Haydn y G. van Swieten ‒el autor del texto‒ tuvieron como punto de partida el poemario que el escoses James Thomson (1700-1748) nominó The Seasons. De éste puede derivarse, como idea filosófica central, que el hombre y los ciclos de la naturaleza son regidos por un orden preestablecido: aquel donde Dios ‒o lo que sea que originó la vida‒ se manifiesta, dentro de tiempo y espacio, como unidad orgánica. ¿Por qué, entonces, esa pertinacia para hacer patente el decurso estacional? Difícil de responder, salvo por el pragmatismo británico que se evidencia en asignarle un valor tangible al discurrir de las horas. No es fortuito que uno de los símbolos más visibles de su cultura sea la torre del Big Ben con su reloj de cuatro caras ‒el más grande del mundo‒ y que hayan sido ellos quienes acuñaron la lapidaria frase de “Time is Money”.

Como quiera que sea, así se hable de la música como de la ficción más bella del tiempo sin espacio, o de las estaciones como del ordenamiento de los ciclos regidos por el Sol que renuevan la vida, la propuesta de Vaughan Williams colma un vacío hasta entonces impensable. Mas veamos en detalle quién es el compositor y cuáles son las características de su monumental obra.

Ralph Vaughan Williams nació en Gloucestershire, oeste de Inglaterra, dentro de un hogar acaudalado y de abolengo. Su padre, un pastor anglicano, lo dejó huérfano a los dos años de edad y, de ahí, el futuro músico pasó a ser educado por la familia materna. De ésta, es de destacar el nexo con Darwin, su tío abuelo. Ralph aprendió a tocar el violín y el piano a una edad temprana y también tempranos fueron sus esfuerzos compositivos ‒a los seis años firmó su primera pieza y a los nueve le regalaron un teatro miniatura que lo motivó para inventarles músicas a sus juegos dramatúrgicos‒. Recibió asimismo lecciones de órgano, instrumento que le permitiría obtener su primer empleo profesional. Cuando llegó el momento de pensar en una carrera optó por cursar historia y música en Cambridge. Habiéndose laureado en ambas, cayó en la cuenta que en la creación musical estaba su vocación más sólida. Merced a los recursos familiares pudo darse el lujo de estudiar una temporada en Berlín con Max Bruch y otra en París con Maurice Ravel. De esa época ‒albores del siglo XX‒ data su encuentro con la música popular inglesa, de la que se volvería un defensor a ultranza. En las canciones que escuchó en los rincones más apartados de su tierra hallaría inagotables fuentes de inspiración.

Al poco tiempo de haber regresado a su patria se desató la Primera Guerra Mundial y Ralph no dudó en alistarse en el ejército. Aunque ya no estaba obligado a hacerlo ‒estaba por cumplir 32 años‒, asumió su deber cívico uniéndose al servicio de ambulancias. De ese periodo aciago sobresale una detención que vale la pena que consignemos. Se hallaba en la costa sur de Inglaterra presenciando algunos desembarcos de tropas y en algún momento la inspiración lo asaltó obligándolo a escribir sobre las rodillas las notas de la obra en proceso (era aquella donde describió los vuelos de una Alondra ‒The Lark ascending‒ (Proceso 1667)). Para su mala suerte, un soldado lo vio concentrado en la escritura sobre los pentagramas creyendo que se trataba de mensajes cifrados que habrían de parar en manos enemigas. Ralph fue acusado de espionaje hasta que encontró en la jefatura de policía a alguien que pudo testificar que sus grafías musicales no contenían código secreto alguno.

Concluida la guerra, inició sus labores como maestro de la Royal Academy of Music de Londres y se plegó sin descanso a los impulsos de su imaginación sonora. No hubo género musical que no abordara y donde no dejara huella. Su estilo, reconocido como la quintaesencia de lo británico, conjuga sobriedad con lirismo, elegancia con mesura y hondura con misticismo. 9 sinfonías, 5 óperas, 4 conciertos, diversas composiciones camerísticas y una gran mole de obras corales dan prueba de ello.

Con respecto a sus Canciones folklóricas para las cuatro estaciones la génesis es interesante. Fueron producto de un encargo que le hiciera la Federación Nacional de Institutos Femeninos en pos de una celebración de sus actividades y el estreno, apoteósico como pocos, tuvo lugar en el Royal Albert Hall de Londres en junio de 1950. La London Symphony Orchestra dirigida por Sir Adrian Boult acompañó a una inusitada masa coral conformada por 3 mil integrantes. Como recordara la viuda de Ralph[2]: “Daba la impresión que eran más ejecutantes que oyentes, pero la ovación lo contradijo”.

Después del estreno Vaughan Williams convirtió la obra en una suite y pulió las orquestaciones. Tocante a los textos, le dio voz a la sabiduría popular ‒virtud incuestionable dentro del género que abordamos‒ y no tuvo reticencias para incorporar los cánticos del vulgo en alabanza al Cristo redentor, cosa que transparentó su respeto por las creencias, además de su fe en las bondades que estas pueden aportarle a quien las profese, sobre todo, una vez que las magnificó a través de sus envoltorios musicales. Téngase presente que Ralph fue anticlerical y que al final de su vida se declaró agnóstico.

En concordancia con nuestro tiempo, traemos a cuento la última canción del invierno[3] donde la solidez compositiva de Vaughan Williams se presta para un augurio bienvenido:

 Que Dios bendiga vuestra casa, y también a vuestros hijos,

 Vuestro ganado, vuestras cosechas y vuestras tiendas.

 Que el Señor os fortalezca día con día

 Y que os dé más y más.[4]      

[1] Es de aclarar que no están contempladas las innumerables composiciones dedicadas a alguna estación en específico ‒recuérdense, por ejemplo, la sonata Primavera de Beethoven y el Concierto del estío de Rodrigo‒ sino sólo aquellas que sí completan el ciclo estacional.

[2] Vaughan Williams casó primero con una chelista y, ya viudo, sostuvo un affaire con la poetisa Ursula Wood que acabó en matrimonio.

[3] Se aconseja la audición de dos de las canciones invernales. Ralph Vaughan Williams: Folk Songs of the Four Seasons. Audio 1: Wassail song y Audio 2: God bless the Master. (Bournemouth Symphony Orchestra y City of London Choir. Hilary Davan Wetton, director. NAXOS, 2009)

[4] Traducción casera.