Alemania: Sin derecho al olvido

El memorial del Holocausto a 70 años de Auschwitz.
Foto: AP

BERLÍN (apro).- Es el 20 de enero de 1943. En el frío y gris mediodía de invierno la joven Margot Friedländer camina sobre la calle Skalitzerstr, en el berlinés barrio de Kreuzberg. Va sumida en sus pensamientos y apenas percibe la presencia del hombre que camina metros adelante de ella. Esa noche, junto con su madre y hermano menor, la joven judía intentará huir de Berlín. Desde el ascenso al poder de Adolfo Hitler, Margot ha sido testigo de la deportación de familiares y amigos. Al igual que su familia, tiene la esperanza que, fuera de la capital, todo irá mejor.

A punto de llegar a su casa, en el número 32 de la Skalitzerstr, algo la perturba. El hombre que camina frente a ella llama su atención y despierta, de súbito, su miedo. Ataviado con un abrigo oscuro, el individuo entra a uno de los edificios de la calle. El número 32, justo donde Margot vive. Temerosa, la joven duda en subir al departamento que habita junto con su familia. No hacerlo, sin embargo, frustraría el plan de huida largamente estudiado.

Decide controlar los nervios y subir a su casa que se ubica en el segundo piso. La adrenalina alcanza su clímax cuando la joven se da cuenta que el extraño de traje oscuro permanece parado frente a la puerta de su casa a la espera de algo. Con nervios de acero, Margot coloca su mano derecha –en la que sostiene su bolso– sobre el pecho para ocultar la estrella amarilla que forzosamente debe portar y pasa de largo sin mirar a la cara al hombre. Llega al piso de arriba y toca la puerta de los vecinos, a los que apenas conoce y con los que nunca ha intercambiado un par de palabras, pues no son judíos.

La mujer de la casa, sin embargo, abre la puerta y en silencio la deja entrar. Entonces Margot se entera que horas antes la Gestapo estuvo en su casa y se llevó arrestado a su hermano Ralph. Tras esperar a que el desconocido del traje –también de la policía alemana– abandone el edificio, Margot corre a la casa vecina de unos conocidos judíos en donde cree encontrará a su madre. Pero ahí sólo la recibe un mensaje frío y breve escrito por ésta: “Voy a la policía e iré a donde sea que Ralph sea llevado. Intenta hacer tu vida”.

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La de Margot Friedländer y su familia es sólo una de las millones de historias de judíos, gitanos, discapacitados, homosexuales, disidentes políticos y demás víctimas que padecieron la política de exterminio racial de la Alemania nazi de Adolfo Hitler. Durante los 12 años que duró el autodenominado Tercer Reich de los nazis más de 6 millones de seres humanos perdieron la vida.

Fue el campo de exterminio de Auschwitz, ubicado en el sur de Polonia en la población que lleva el mismo nombre, el que quedó ligado para siempre a la barbarie y brutalidad de la ideología concebida por Hitler, convirtiéndose en un símbolo. Hasta este célebre lugar fueron deportadas alrededor de un millón 300 mil víctimas del nazismo y se estima que cuando menos un millón 100 mil de éstas murieron asesinadas en las cámaras de gas, ejecutadas, o murieron de hambre y agotamiento debido a los trabajos forzados a los que fueron sometidas por los nazis.

A 70 años de que el ejército ruso liberó el mayor campo de exterminio de la historia –cuya conmemoración tuvo lugar el pasado 27 de enero– Alemania insiste en no borrar de la memoria colectiva aquel horrendo suceso.

Y hoy menos que nunca cuando un movimiento anti-islámico como PEGIDA (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) ha convocado a la calle a miles y miles de simpatizantes alemanes que enardecidos se quejan de la “amenaza” que, según ellos, representa para su bienestar la “islamización” de occidente y la presencia de tantos refugiados extranjeros en este país.

El tufo xenofóbico de este movimiento junto con el antisemitismo que persiste en Alemania y gran parte de Europa, especialmente en Francia, han dado pauta para que en este 70 aniversario de la liberación de Auschwitz el gobierno alemán –encabezados por su canciller Angela Merkel y su presidente Joachim Gauck– reafirme que Auschwitz ni se olvida ni se supera y debe permanecer como parte de la identidad alemana.

Y es que, justo un par de días antes de la conmemoración de la liberación de Auschwitz el diario alemán Bild dio a conocer una encuesta elaborada por la Fundación Bertelsmann según la cual 81% de los alemanes quiere dejar atrás el pasado vinculado con la persecución judía y el holocausto y en cambio centrarse en los problemas actuales.

“No tenemos derecho a olvidar. Es algo que les debemos a los muchos millones de víctimas. Lo que ocurrió nos llena de vergüenza porque fueron alemanes los responsables de ese dolor y los que cometieron los crímenes que representan un quiebre para la civilización”, dejó en claro Merkel durante la ceremonia oficial que presidió el pasado 26 de enero.

Un día después, ante el pleno del Parlamento alemán, el presidente federal Joachim Gauck refrendó: “No existe la identidad alemana sin Auschwitz. El recuerdo del holocausto concierne a todos aquellos que viven en Alemania, pertenece a la historia de este país”, señaló y advirtió que todo intento de dar por “superado” ese capítulo de la historia equivaldría a un nuevo crimen.

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“Intenta hacer tu vida”. Fue el último mensaje de su madre. Además de eso, una pequeña bolsa, dentro de la cual sólo había un collar y una agenda con direcciones. Serían y son los únicos recuerdos que a lo largo de su vida –y hasta la fecha– Margot Friedländer atesora.

Ella misma lo narra en primera persona en el relato de su vida plasmado en el libro autobiográfico Intenta hacer tu vida y en la audioguía que la empresa alemana Yopegu, especializada en audioguías de museos y ciudades, produjo en el verano de 2014.

Para Margot comenzó en ese momento un periodo de sobrevivencia. Confundida y dolida, pues no entendía por qué su madre no la había esperado, la joven de sólo 21 años– que nunca antes se había separado de su familia y tampoco nunca había tomado una decisión propia– tuvo que comenzar, sola, a hacer su vida en la clandestinidad.

Como primer paso se arrancó la estrella amarilla que la delataba como judía y en un salón de belleza pidió que le pintaran el cabello de rojo, algo que no se acostumbraba dentro de las chicas de su religión. Y es que, lo importante ahora para ella era tener un aspecto no judío. Y por eso también se operó la nariz con un cirujano que no le cobró nada a fin de reducirla en tamaño y “no lucir tan judía”.

Vinieron entonces 15 meses de huida permanentemente, de cambiar de casa y actividades con frecuencia a fin de no ser descubierta por la Gestapo, la policía alemana. La ayuda y generosidad de mucha gente, de la que más de 70 años después ella casi no recuerda nombres ni direcciones, se lo permitió.

Su suerte terminó en abril de 1944 en la calle Joachim Strahler cuando una patrulla de ciudadanos que se dedicaban a “cazar” judíos para denunciarlos a la Gestapo la interceptó junto con sus acompañantes para pedir sus documentos de identificación.

Dentro de la desgracia, la joven Margot tuvo nuevamente suerte pues el tren en el que la deportaron no tenía como destino final un campo de exterminio, sino uno de concentración: el de Theresienstadt.

Al término de la guerra y con la liberación del campo en mayo de 1945 Margot contrajo matrimonio con Adolf Freidländer a quien conocía sólo de vista en el Centro Cultural judío de Berlín y con quien se había reencontrado en Theresienstadt. La joven judía también supo entonces el destino de su familia: aquel fatídico 20 de enero su madre y hermano fueron transportados a Auschwitz. La mujer fue ingresada directamente a la cámara de gas; el joven sobrevivió un mes antes de tener el mismo destino.

Tras la muerte de su esposo, Margot decidió volver a Alemania por primera vez en el 2003 y en el 2010 se estableció de nuevo en su ciudad natal, Berlín. Amigos y familiares no entendían la decisión de regresar al sitio en donde fue asesinada su familia. El domingo 25, durante un programa de televisión, lo volvió a explicar: “La gente que vive hoy en Alemania son la tercera o cuarta generación posterior a aquellos sucesos. ¿Cómo puedo condenar a esta gente por algo en lo que no tienen nada que ver? No sería correcto”.

A sus 93 años Margot Friedländer vive hoy en Berlín y con cierta regularidad visita escuelas y organiza lecturas en voz alta de su libro, pues para ella es importante que el Holocausto no quede en el olvido de las nuevas generaciones.