Conmemoración “a la mexicana”


MÉXICO, D.F. (Proceso).- A lo largo del 2014 tendrían que haberse sucedido los festejos para honrar la memoria de uno de los músicos mejor dotados que nacieron en nuestro país en el siglo XX, sobrando decir que su producción, vasta y ecléctica como pocas, debiera escucharse con la asiduidad que sus cualidades melódicas y sus riquezas armónicas demandarían. Sin embargo, una vez más, el menosprecio por lo propio, aunado a las torpezas institucionales que emanan de la ignorancia de sus funcionarios, se encargó de que las conmemoraciones por el centenario de su natalicio no tuvieran eco y que fueran, nada más, un remedo burdo de lo que hubiera debido realizarse.

Hablamos del compositor Mario Ruiz Armengol, quien naciera en el puerto de Veracruz el 17 de marzo de 1914 y falleciera el 22 de diciembre de 2002 en Cancún. Y ante tal afrenta ‒sería imposible no considerarla así, no obstante su monótona constatación en lo que respecta a nuestros músicos “serios”‒, esta columna se puso en contacto con la doctora Flora Barrientos, quien se ha echado a cuestas la tarea de divulgar la obra de Ruiz Armengol sin escatimar esfuerzos y sin arredrarse ante las dificultades. Cabe decir que Flora es una pianista distinguida, también veracruzana, que concluyó una maestría en la Sorbona de París, con el análisis de las 19 danzas cubanas de Ruiz Armengol y que recién finalizó su doctorado ‒con mención honorífica‒ en la misma universidad abordando la obra completa para piano ‒con un corpus de 200 composiciones‒ de su minusvalorado paisano. También es de anotarse que no es la única persona[1] que ha intentando eximir a Ruiz Armengol del prejuicio que aún pesa sobre su figura ‒aquel de encasillarlo despectivamente como músico popular‒, pero sí, una de las más determinadas en la búsqueda de una valorización plena del personaje, en cuanto a creador de música de concierto.

Acorde con su testimonio, la recepción que tuvieron sus proyectos de tesis en Francia, así como la de los públicos europeos que la han escuchado interpretando las obras más representativas de Ruiz Armengol, no hay punto de comparación con el desdén endémico que México les prodiga a sus músicos. Con la antelación debida, mandó diversas propuestas a las instancias que creyó idóneas, y prácticamente todas se evaporaron en el aire. Pensó, por ejemplo, que era el caso de que se imprimiera un timbre postal conmemorativo, así como la reedición de partituras y grabaciones. Tampoco logró convencer a los directores de orquesta que se dignaron oírla para que unieran esfuerzos, ni a las instituciones veracruzanas que hubieran debido sumarse. Exceptuando al par de iniciativas federales ‒una de la Fonoteca Nacional y otra de la Coordinación Nacional de Música y Ópera de Bellas Artes‒ lo que se hizo fue ridículo, sobre todo, fue notorio el desinterés que manifestó el propio Estado natal del eminente compositor. Más de lo mismo para seguir malogrando los frutos de nuestro optimismo.

Pero detengámonos en el perfil biográfico del maestro veracruzano y en las particularidades de su música para entender por qué tendrían que haberse organizado celebraciones a granel. Digamos para empezar, que después de Manuel M. Ponce, es el compositor mexicano con la obra más extensa para piano. Asimismo, su producción para arpa es, quizá, la más conspicua dentro de nuestro horizonte patrio ‒su catálogo enumera 23 piezas‒. Con respecto a su estilo compositivo no estaríamos errados al situarlo como el de un tardo romántico que se concedió licencias para incursionar en los lenguajes de su época que le fueron más congeniales. En muchas de sus obras hay ecos del impresionismo francés, así como atisbos de la bitonalidad que comenzó a popularizarse en las primeras décadas del siglo XX. Igualmente, la influencia del jazz jugó un papel decisivo en su carrera artística. Empero, su principal virtud fue la de haber sabido conjugar su apasionada inventiva melódica con su diestro y original manejo de la armonía. Con eso bastaría para que el nocivo mote que le han endilgado los músicos “cultos” dejara de repercutir en la valoración de su obra, esto es, ya lo decíamos, el de haber sido un creador de música para el consumo del vulgo.[2]

Los avatares existenciales que a Ruiz Armengol le deparó el destino son dignos de recuento. Leamos: fue el primogénito de un pianista de cine mudo y director de bandas con graves problemas de alcoholismo y de una mujer abnegada que, además de Mario, parió a otras cuatro hijas. Previsiblemente, la economía familiar a duras penas alcanzó para lo indispensable. Tocante a la escolaridad del infante, los estragos de la Revolución se encargaron de cortarla de tajo antes de que concluyera la primaria. El abuelo paterno, un maestro de solfeo, asumió el rol de educador conduciendo a su nieto por los senderos de la música. Cuando hubo dinero para la compra de un piano vertical ‒alrededor de 1922‒ el futuro compositor encontró el vehículo ideal para darle cauce a sus primeras ensoñaciones sonoras. Poco después, ya en 1925, la familia se mudó al Distrito Federal en aras de que el padre se desempeñara en un trabajo mejor remunerado, sin embargo, la mejoría monetaria duraría poco, porque el señor de la casa abandonaría consorte y prole para irse a vivir con otra mujer. De esa época data la primera composición de Mario: un tango. Y también como resultado del abandono paterno datan sus primeros empleos: el de pianista sustituto de una orquesta de baile y el de pianista de un orfanatorio.

Por si eso no bastara, al tiempo que acompañaba al coro de huérfanos debía redondear su salario ‒recibía una miseria por sus jornadas laborales‒ en dónde se pudiera (cabarets y lupanares incluidos). Entremezclando sus actividades de supervivencia encontró el espacio para asistir al Conservatorio y para aprender a tocar por cuenta propia el clarinete, la tuba, el trombón, la trompeta y el saxofón.

Cuando cumplió quince años debutó, por azar, como director de la orquesta de Leopoldo Beristaín y dadas sus estrecheces los miembros de la orquesta se “cooperaron” para que Mario pudiera exhibirse con pantalones largos. Un año después tuvo la fortuna de integrarse al grupo fundador de la XEW, donde brilló de inmediato como arreglista, compositor y director de orquesta. De ahí en adelante, la necesidad lo perfiló en las actividades típicas de un músico “comercial”, mas nunca abandonó los sueños de depurar su oficio compositivo. Estudió armonía clásica y contrapunto con José Rolón y recibió lecciones de armonía moderna y composición de Rodolfo Halffter, coincidiendo ambos en el reconocimiento de sus grandes dotes. Halffter comentaría al respecto: “Usted señor Ruiz Armengol, tiene un compromiso con su Patria, porque tiene capacidades que no le he conocido a otros.” También se acercó a Carlos Chávez para pedirle consejos y la respuesta fue: “Mire, joven, no tengo tiempo para usted.”

Como parte ineludible de su quehacer, hubo de enfilarse hacia la creación de bandas sonoras para la cinematografía nacional. De ese empeño surgieron 11 películas que llevan su música, entre ellas El baisano Jalil de Joaquín Pardavé, fungiendo éste como coautor de algunas letras de sus canciones y también como padrino en el mundo del celuloide. Aunque hubiera buena paga de por medio Mario acabó por alejarse de las pantallas aduciendo que el ambiente del cine le disgustaba y que su música no ofrecía nada especial, ya que “no era ni mejor ni peor que la que hacían los demás”.

Encarrilado de lleno en la profesión no le faltaron giras y el verdadero reconocimiento de luminarias de otras latitudes. Cuando pisó Nueva York, monstruos de la industria musical como Billy May y Jack Robbins, le ofrecieron contratos para tocar y editar su música, y de ese contacto con músicos norteamericanos ‒Duke Ellington y Art Tatum en la lista‒ surgiría el apodo que definió su destreza musical: Mr. Harmony.

         En retrospectiva de su prolífica trayectoria, sus palabras clarifican el menosprecio: “Nunca creí llegar tan lejos… para mí, ya es mucho escribir un scherzo o una sonata, que son palabras mayores en la música clásica”, pues bien sabemos del arraigo que hay en nuestro país para sobajar a los humildes y encumbrar a los soberbios. Ojalá que no debamos esperar al segundo centenario para que la concertación de esfuerzos sitúe a Ruiz Armengol en el lugar de relieve que genuinamente le corresponde. Acaso entonces las autoridades de puerto de Veracruz se decidirán a cambiar el nombre de su Boulevard Vicente Fox por el de su modesto hijo músico…

[1] Entre los defensores y propagadores de la música de Ruiz Armengol han de citarse a los pianistas Alejandro Corona, Gustavo Rivero Weber, Mauricio Nader, Guadalupe Parrondo y Enrique Nery, junto a otros instrumentistas como Gildardo Mojica, Alejandro Duprat, Patricia Castillo, Luis Samuel Saloma y Guadalupe Corona.

[2] Se recomienda la escucha de las siguientes piezas para piano. Audio 1: Mario Ruiz Armengol – Preludio para piano o arpa. Audio 2: Mario Ruiz Armengol – Danza cubana # 6 “Ayer y hoy”. (Gustavo Rivero weber, piano. RADUGA, 1995), así como la visión de los siguientes vínculos de YOUTUBE: https://www.youtube.com/watch?v=tnLCtXO8ffE y https://www.youtube.com/watch?v=7Vto00dsWuU.