Desplazamiento interno y violencia

El éxodo por la violencia en Nuevo Balsas, Guerrero.
Foto: Miguel Dimayuga

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Hace pocos días se presentó, con el sello editorial del ITAM y la Comisión Mexicana para la Defensa y Promoción de los Derechos Humanos, el libro de Laura Rubio titulado El desplazamiento interno inducido por la violencia; una experiencia global, una realidad mexicana. Esta obra tiene el gran mérito de poner sobre la mesa un problema que está siendo casi ignorado por el público mexicano.

El desplazamiento interno por la violencia, acelerado desde que se inició la guerra contra las drogas en el sexenio de Calderón, afecta a cientos de miles de familias mexicanas, la mayoría provenientes de sectores muy vulnerables. Cierto que hay clara conciencia de la existencia de secuestros, extorsiones, asesinatos cometidos por miembros del crimen organizado, frecuentemente en contubernio con instituciones del Estado. Sin embargo, el efecto de semejante situación sobre quienes se ven obligados a huir despavoridos, abandonando hogar, pertenencias, familia, fuentes de trabajo, lazos comunitarios, es una tragedia ante la cual, como nos señala la autora, se prefiere voltear el rostro.

Poco se habla en torno a los desplazados por la violencia en los medios de comunicación; no existe una agencia gubernamental que tenga la responsabilidad de atenderlos; hay pocas organizaciones de la sociedad civil que trazan sus destinos y buscan ayudarlos. En suma, prevalece en el país un gran problema humanitario del cual nadie se hace responsable. La investigación de Laura Rubio es un trabajo pionero.

La indiferencia contrasta con la movilización de la opinión pública, nacional e internacional frente a otras tragedias humanitarias como las desapariciones forzadas; su expresión más conmovedora: Ayotzinapa. Ahora bien, para el tratamiento de ese problema se han conformado una Convención Internacional, órganos que le dan seguimiento, comités internacionales listos para solicitar informes y exigir a los Estados que cumplan con los compromisos adquiridos. No ocurre lo mismo con las personas internamente desplazadas por la violencia. Al no traspasar fronteras nacionales, son un problema de “jurisdicción interna” cuyo tratamiento, desde el punto de vista jurídico, social y humanitario ha sido poco desarrollado en el ámbito internacional…

Un obstáculo para estudiar el drama de las personas internamente desplazadas es su poca visibilidad. Así sucede en México. En ocasiones, cuando se ha tratado de desplazamientos masivos (más de 10 familias), los medios de comunicación escrita se han referido a ellos. Un ejemplo es el reportaje de Proceso publicado el 4 de septiembre de 2013. En otros casos, la mayoría, sólo se sabe que una casa ha quedado vacía, que de un pueblo se fueron todos, que hay “pueblos fantasma” en Chihuahua, en Michoacán, en Sinaloa. Por lo que toca al gobierno, es mejor que de esto no se hable, que no se asuman responsabilidades y que los desplazados internos sigan siendo invisibles.

La investigación efectuada por Laura­ Rubio es un trabajo muy completo que cubre el problema de las personas internamente desplazadas en los niveles internacional, regional y nacional. Interesante la sección sobre América Latina, con atención especial al caso de Colombia, un país donde los enfrentamientos armados entre las fuerzas de seguridad colombiana, las FARC, el Ejército de Liberación Nacional y los grupos paramilitares han provocado flujos masivos de desplazamientos internos de alrededor de 5.7 millones de personas.

La sección de México es, por razones obvias, la más voluminosa, con una mirada específica sobre los casos de Chiapas, Chihuahua, Sinaloa, Guerrero y Oaxaca. La investigación incluye, de manera muy atinada, el estudio de un caso particular: la familia Ponce de Chihuahua. Su historia permite al lector identificar las etapas del desplazamiento inducido por la violencia: primero, extorsión, amenazas, asesinato, secuestro; después, pavor, decisión de huir, separación de la familia, abandono de fuentes de trabajo, búsqueda de destinos; finalmente, obstáculos para la reubicación, difícil reconstrucción de la vida familiar, rabia, impotencia. En todo el proceso, ausencia de instituciones que puedan ayudarlos; experiencias negativas al buscar ayuda gubernamental.

Es prácticamente imposible, nos dice la autora, tener datos cuantificables para hacer un cálculo real de la dimensión del problema en México. Sólo pueden hacerse aproximaciones indirectas a partir de datos como los relativos a la disminución de población en municipios caracterizados por altos grados de violencia, o mediante los motivos para cambiar de residencia expresados por migrantes, que frecuentemente aluden a cuestiones de seguridad.

De tal forma, no existen cifras exactas del desplazamiento inducido por la violencia. Generalizando y usando resultados indirectos, se puede hablar con certeza de entre 230 mil y 250 mil personas. Pero esto no incluye a estados desde los que no fluye información, como Veracruz, ni a entidades dominadas por situaciones caóticas como, actualmente, Guerrero y Michoacán.

El libro tiene una cualidad doble: ofrece un texto riguroso y bien escrito y un material gráfico de calidad excepcional. Las numerosas fotografías que lo integran, tomadas por quienes han captado con su lente el miedo, la resignación, el desgarramiento, la tristeza que acompaña al desplazamiento inducido por la violencia, informan, tanto o más que el texto, de la profundidad del problema humanitario que acompaña a este fenómeno social.

La pregunta final de Laura Rubio, la que formulamos respecto a tantos problemas que nos aquejan, es: ¿qué hacer? Sus respuestas, inspiradas en los trabajos sobre el tema que se desarrollan en otras partes del mundo, van dirigidas tanto al gobierno como a la sociedad civil. Para el primero: comenzar por reconocer y asumir la existencia del problema; para la segunda: participar más directamente en ofrecer soluciones.