Leonardo, sumo codificador de lo invisible


MÉXICO, D.F. (Proceso).- Se encuentra de paso por nuestro país ‒en el CENART del D. F.‒ una muestra “imposible” que llega desde Italia. Se hablaría de la reunión en un solo espacio de la obra completa ‒mediante la reproducción digital en HD y en escala 1:1‒ de sus pintores más representativos. Así se prescinde de los altos costos de aseguración y, lo más importante, es que sólo de esa manera se ofrecería la posibilidad de conocer el corpus integral de algún creador específico en un mismo sitio e instante.

Sin embargo, lo que ha llegado a México es una porción mínima de obras de Rafael, Caravaggio y Da Vinci. Mas dado que no es objetivo de esta columna alabar las virtudes o criticar los yerros de este tipo de iniciativas, optamos por usarlo como pretexto para acercarnos a la figura del gigante toscano en su minusvalorada faceta de músico.[1] Hay que decir, para cerrar lo relativo a la muestra, que el público mexicano puede apreciar 8 de las 34 obras pictóricas leonardianas, entre las que destacan La Mona Lisa y L´ultima cena. Para muchos será una revelación “admirarlas” por primera vez sin tener que viajar a París y Milán, respectivamente.

Mencionamos entonces, para encarrilarnos en el tema, el desconocimiento que existe todavía sobre las notabilísimas aportaciones que le hizo Leonardo a la música, disciplina que describió como “la más sublime de todas las artes”. Podría decirse, con justicia, que también en ese campo fue un precursor y visionario que revolucionó, igual que en el resto de sus quehaceres, las limitaciones mecánicas de su tiempo.

Remontémonos, pues, a los días donde la predestinación del genio absoluto ‒indubitablemente la humanidad no ha producido otro individuo capaz de amalgamar con tanta brillantez como él las dotes de artista y de científico, en sus derivaciones genéricas de músico, ingeniero, pintor, cartógrafo, escultor, anatomista, inventor, filósofo, escritor, botánico, arquitecto, urbanista y gastrónomo‒ comienza a manifestarse. El niño Leonardo vive alternando sus estancias entre la casa de su madre, quien lo parió “ilegítimamente” a los dieciséis años, y la casa de su padre, un notario florentino que se maridó en cinco ocasiones, dándole diez medios hermanos. Entre el padrastro, un repostero del pueblo de Vinci ‒pequeña localidad al norte de Florencia‒ y la abuela paterna detonan en el párvulo el interés por el arte y la naturaleza. El padrastro suele cantar las frottolas ‒canciones populares de entonces‒[2] acompañándose de la lira y lo estimula para que cante con él. Además le proporciona mazapanes para que haga figuras y maquetas sin obstar el desperdicio. La abuela paterna, una diestra ceramista de origen noble, lo insta para que aprenda a distinguir las texturas, los colores y las formas, amén de jugar con él adivinanzas y acertijos que, casi siempre, llevaban música de fondo.

Cuando cumple 17 años ‒en 1469‒ su padre lo encomienda como aprendiz en el taller del afamado Andrea Verrocchio, quien lo acepta al catar sus múltiples talentos. Para ese momento Leonardo era ya hábil como dibujante y caricaturista, tenía el oído bien desarrollado y poseía conocimientos de aritmética, geometría, astronomía y, por supuesto, de música. Gracias a Verrocchio aprende a pintar y expande aún más sus capacidades para el arte sonoro. Se cree que en esos años de aprendizaje perfecciona su habilidad como ejecutante instrumental, como cantante y también como laudero o constructor de instrumentos musicales. Ciertamente en el taller de Verrocchio los oficios afines de la música eran impartidos con la misma seriedad que los de las artes gráficas.

Al concluir su etapa de aprendiz ‒después de 9 años‒ Leonardo se independiza e incursiona en varias direcciones: por un lado abre un restaurante con su amigo Sandro Boticcelli ‒condiscípulo del taller de Verrocchio‒ y por otro intenta echar a andar su propio taller. También se da tiempo para profundizar sus estudios musicales, esta vez con Antonio Squarcialupi, el renombrado organista de Santa Maria dei Fiori. Incidentalmente, Squarcialupi era tutor musical de Lorenzo de Medici, quien al conocer a Leonardo no duda en incorporarlo a sus tertulias palaciegas.

Hacia 1482 tiene lugar su salida de Florencia en aras de obtener empleo en la Corte de Milán. Una delación anónima por sodomía ‒que nunca se comprobó‒fue la causa más efectiva en el destierro. Entre las pertenencias que lleva consigo va un prototipo de laúd ‒con el cuerpo en forma de cráneo de caballo y revestimiento en plata para mejorar su sonoridad‒, sus cuadernos de apuntes y una breve carta de recomendación de Lorenzo de Medici. En ella se leía, nada más, que Leonardo era un “consumado tañedor de laúd”.

Cuando pisa el castillo de Ludovico Sforza, duque de Milán, debe enfrentarse a otros candidatos en un concurso de oposición para obtener el trabajo y de todos, es aquel que vence por la calidad de sus improvisaciones musicales y su ingenio para componer rimas poéticas. Días después, para reforzar su candidatura como magister musicæ, envía al duque una misiva donde se ofrece también como consejero de fortificaciones, maestro de banquetes y, ya de refilón, agrega que sabe pintar.

Los años en la ciudad lombarda son de frenesí creativo, quizá por sentirse bien apreciado. Tiene ayudantes a su servicio, le sobran proyectos por realizar y el duque le aplaude sus ocurrencias. En esa etapa consolida sus saberes y expande al límite sus experimentos. Alrededor de 1485 pinta el único retrato masculino que se conoce y es, precisamente, el de un músico. El retratado fue probablemente el maestro de capilla del Duomo de Milán, un tal Gaffurio, quien era asiduo de la corte y amigo de Leonardo. Cosa curiosa, la parte inferior del cuadro ‒donde aparecen las manos que sostienen una enigmática partitura escrita de derecha a izquierda, aún por descifrarse‒ fue encubierta por él mismo y salió a la luz hasta 1905, al cabo de una restauración. Se piensa que puede tratase del himno de una cofradía secreta a la que quiso proteger de la ira de la Iglesia.

Siguiendo con sus labores de palacio, en 1490 realiza “La Fiesta del Paraíso”, como corolario de un matrimonio de la familia Sforza. Se encarga de la escenografía, del vestuario y, naturalmente, de la ambientación sonora. En especial de la música que debía escucharse atrás del escenario durante el orbitar de los 7 planetas dentro de la bóveda celeste. Para el estruendo final, entre las imitaciones de rayos y centellas, utilizó muchos de sus instrumentos musicales, como los timbales mecánicos, las campanas con apagadores propios y las distintas matracas de su invención.

También para Ludovico inventa una suerte de jacuzzi en el que, además de los chorros de agua caliente, estaba dispuesta la ejecución automatizada de acordeones y tambores hidráulicos. En ese rubro su genialidad descuella con luz propia, y están sus dibujos sobrevivientes ‒al morir, una porción enorme de sus cuadernos se extravió‒ para atestiguarlo. Dentro de una lista de 30 sobresalen su órgano portátil con tubos de papel y teclado vertical ‒precursor del acordeón‒, su xilófono mecanizado ‒matriz de las futuras pianolas‒, su viola organista ‒artilugio que combina las técnicas de ejecución de un teclado y de cinco violas simultáneamente‒ sus timbales a tres baquetas con redobles graduados por una manivela y tornillos para afinarlos y sus pífanos dotados de llaves ‒de ahí evolucionarían los próximos aerófonos como el oboe, el clarinete y el saxofón‒.

Cuando Milán es invadida por los franceses, inicia un largo periplo que coincidirá con el fin de sus días en la Corte de Francisco I, en Amboise, en 1519. Se cuenta entre las pérdidas de su inconmensurable heredad un tratado de música, hermano gemelo de otro sobre pintura que sí logra publicarse. En las páginas de éste Leonardo anota que la música “compone sus armonías por la conjunción simultánea de sus partes, mismas que están destinadas a nacer y morir en uno o varios espacios armónicos”. Y en el Códice Atlántico apunta, cual profeta de la disolución armónica de nuestra era, que la música es susceptible de desviarse pues “tiene dos enfermedades, una de ellas mortal y la otra se relaciona con la decrepitud; la mortal se une al instante que sigue a su nacimiento; la decrépita la hace odiosa y vil en sus repeticiones.” ¿Tendría en mente la monotonía musical – hermana siamesa de la vacuidad del intelecto‒ que advendría con el desarrollo de la tecnología? ¿Pudo haber vislumbrado, como vislumbró el helicóptero y los bunkers, que su amada música llegaría a contaminar la faz del planeta?… Las respuestas moran en la vida que se atrevió a vivir: aspirar en cada instante a la perfección del conocimiento, hermanando los poderes de la razón y las fuerzas del espíritu; en suma, tender siempre a la armonía universal que, no lo dudemos, yace en la sabia configuración de lo invisible…

[1] Desde 2003, se presenta itinerantemente la exposición Leonardo da Vinci y la música que auspicia la Biblioteca Nacional de Madrid. Fue traída a México en 2006.

[2] Se recomienda la escucha de los siguientes ejemplos de la música que circulaba en la era leonardiana. Audio 1. Ballo collinetto – anónimo. Audio 2: Alle stamenge (canto carnacialesco). (Hesperios XXI. Jordi Savall, director. ALIAVOZ, 2007). También se sugiere la audiovisión de los sigunetes vínculos:

https://www.youtube.com/watch?v=GRyJ_EqudGM y https://www.youtube.com/watch?v=yHIR-wQhgMU