Julio Scherer García: los libros y los años*

Rafael Rodríguez y Julio Scherer en 2011.
Foto: Octavio Gómez

MÉXICO, D.F., (proceso.com.mx).- Aunque trabajaba yo en Excélsior desde 1970, puede decirse que conocí propiamente a Julio Scherer García cuatro años después. Antes lo veía de lejitos –yo era un simple corrector de estilo- como el Totem que era: en silencio, con respeto y admiración. Pero aquella ocasión, en 1974, marcó sin duda el inicio de la relación profesional y humana que nos unió durante muchos años. A través de su secretaria, la entrañable Elenita Guerra, me mandó llamar y subiendo y bajando a paso acelerado las escaleras de Reforma 18 el director de Excélsior me propuso ir como corresponsal del periódico a Washington. Estaba en su punto culminante el caso Watergate y el diario más importante de América Latina carecía de representación en la capital de Estados Unidos.

Tras el sofocón inevitable, apenas atiné a decirle.
– Pero ni inglés sé, don Julio.
Atenazó mi antebrazo y me espetó:
– Allá aprende. Chínguese, don Rafael.

Y me fui a Washington.

En su trato conmigo nunca abandonó el trato de don Rafael y tampoco el chínguese.

Los utilizaba, por ejemplo, al darme a leer los manuscritos de sus libros.
Según me decía, yo era el sinodal number one. Probablemente tenía otros lectores a quienes les tenía especial consideración. Pero yo me sentía muy satisfecho con creerme que de veras era el número uno. De hecho, me hacía testigo de la evolución de sus manuscritos. Me daba a leer varias cuartillas escritas a renglón seguido en su máquina Olivetti Lettera 22, con correcciones a mano con letra minúscula (con frecuencia ininteligibles). Me dejaba encerrado en mi oficina y se despedía con un “chínguese”, don Rafael. Que no le pasen llamadas. Ahorita regreso. Y cada cinco minutos entreabría la puerta… ¿Ya, don Rafael? No don Julio. Cuando daba fin a la lectura, entraba y se instalaba frente a mí, en la silla a la izquierda de mi escritorio.

– Dígame que lo volvió loco…
– Está muy bien don Julio, cada vez escribe usted mejor…
– No, no, dígame que lo volvió loco.
– Mire, don Julio…
– Sólo dígame si lo volvió loco…
– Sí, me volvió loco.

Podía ocurrir, y de hecho ocurría, que al día siguiente regresara con una nueva versión de lo ya escrito.

– Don Rafael, chínguese… Hice correcciones. No tiene nada que ver con lo que leyó ayer. Ahora sí lo volverá loco.
Y, en efecto, estaba uno en riesgo de volverse loco.

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Resulta difícil discernir entre Julio Scherer García, el reportero y director del Excélsior de los años cincuentas, sesentas y setentas del siglo pasado, el Julio Scherer García fundador y director de Proceso, y el Julio Scherer García autor de libros. Es uno y el mismo. Tres actividades diversas y un solo periodista verdadero. En el caso particular mío, lo recuerdo por igual en sus tiempos de director y reportero en Excélsior o fraguando las portadas de Proceso entre 1976 y 1996, o platicándome sobre el tema del siguiente eslabón en la que parecía cadena interminable de libros. La pasión como norma inalterable de conducta profesional y personal. La adrenalina desbordada.

Cazaba perfecto con él el título de su primer libro: el periodismo en su piel y en su entraña.

En los 22 títulos que componen su obra bibliográfica, Scherer sigue una línea inalterable: todos ellos tienen su origen en su vocación periodística. Admiraba a los grandes escritores y era lector fecundo y memorioso. Amigo de escritores de la talla de Gabriel García Márquez y Octavio Paz, no le recuerdo sin embargo intento alguno por incursionar en la literatura de ficción. Bueno, me equivoco. Le conozco un cuento, que presenta como anécdota presuntamente verdadera, pero en realidad producto de su imaginación a partir de un relato oral. Lo tituló El Pirata, y lo incluyó en la página 118 de Vivir, publicado en 2012. En otra ocasión, él me contó una anécdota que alguien le platicó y que don Julio pensó que era digna de un relato de ficción, pero él no tenía la voluntad de hacerlo. Recuerdo que yo le pregunté si era real o inventada o sacada de alguna película o algo así. Me dijo que simplemente la conocía como una anécdota inédita.

– ¿Por qué no me la regala? –le propuse.
– Sí, ¿por qué no? Es suya.

Mucho tiempo y mucho sufrido trabajo después, con base en aquella anécdota terminé de escribir un cuento que titulé El jardín de Alá y que fue publicado, gracias a la generosidad de Ignacio Solares, en la Revista de la Universidad. Cuando Scherer lo leyó, me dijo, escueto: Yo hubiera hecho otra cosa…
Pero en fin: el periodismo era lo suyo, no la literatura.

La obra bibliográfica de Julio Scherer García, desde Siqueiros: la piel y la entraña (de 1965) hasta Niños en el crimen (de 2013), permite asomarse a los temas en torno de los cuales giró su interés humano y periodístico, desde que se inició en el oficio allá por 1948 en Ultimas Noticias de Excélsior.

A Julio Scherer García lo fascinaban el poder y los hombres del poder. En su cercanía con éstos, con frecuencia se le observaba bordeando la seducción. Y podríamos decir que caía en ella a cambio de una información, una declaración, una imagen periodística. Entre el primero y su siguiente libro pasaron 21 años, dedicados por él a convertir a Excélsior en el periódico más importante de América Latina, a sufrir y sobrellevar las consecuencias del brutal golpe de Luis Echeverría que lo obligó a abandonar el periódico; y a fundar y sentar las bases sólidas sobre las cuales edificó la revista Proceso. Su reaparición como escritor fue precisamente dedicado al poder político en su máxima expresión en México: Los presidentes salió a la luz con el sello de Grijalbo en 1986. Aun vigente hoy, es sin duda el libro de mayor difusión de don Julio.

En este volumen, del que la propia editorial Grijalbo prepara una nueva versión enriquecida con textos del propio autor sobre los subsecuentes mandatarios, Scherer García disecciona con crudeza sus relaciones, sus encuentros y desencuentros con los presidentes priístas Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, José López Portillo y Miguel de la Madrid. Es un libro producto del excepcional talento periodístico de don Julio, pero sobre todo de su fascinación por los poderosos a quienes, a su vez, fascinaba la personalidad del periodista, al que difícilmente podían resistir.

El poder corrompe, repetía nuestro recordado autor, y el poder absoluto corrompe absolutamente, completaba. Los presidentes de aquel régimen autoritario encabezaban estructuras políticas y de gobierno donde los corruptos brotaban solos, como cactus en el desierto. De la mano de su memoria prodigiosa –la biblioteca de la inteligencia, la llamaba-, Scherer entrelazó historias de corrupción y poder no sólo en Los presidentes sino en libros subsecuentes: El poder: historias de familia (Grijalbo, 1990), Estos años (Océano, 1995), Salinas y su imperio (Océano, 1997, Pinochet, vivir matando (Alfaguara, 2000), La pareja (Plaza y Janés, 2005), Historias de muerte y corrupción (Grijalbo, 2011), Calderón de cuerpo entero (Grijalbo, 2012)…

En todos ellos los hombres de poder son desnundados por la mirada de Scherer, la voz de Scherer, la memoria de Scherer, la agudeza de Scherer, la implacable descripción de Scherer… El autor tiene la virtud de hacer desaparecer la imagen con la que les gustaría ser vistos, para revelar a los del poder tal cual son.

Los vemos así en su autoritarismo, en sus corruptelas, en sus explosiones de ira, en sus momentos de inevitable franqueza, expuestos en sus mentiras y medias verdades. El reportero Julio Scherer García no descansaba en su ávida búsqueda de información complementaria para recorrer cortinas y mostrar los entretelones del poder.

Mientras más lo dejaban acercarse, más fascinaban a don Julio los poderosos. En la época en que tuve la oportunidad de estar cerca del autor, pienso que, en particular, entre Carlos Salinas y don Julio se estableció una relación insólita que conjugaba la atracción y el repudio mutuos. Salinas ha sido el único presidente que, en esa calidad, ha visitado la casa de Proceso. A su vez, fue anfitrión del consejo de redacción en una comida en Los Pinos. A cambio, Salinas fue capaz de hacerle a Vicente Leñero aquella célebre propuesta vergonzante de “trascender” a don Julio en Proceso.

En Estos años, escribe esta estampa del poder, obtenida en el curso de una comida a la que fue invitado por Salinas en Los Pinos:

“Asociado a su protagonismo, el comportamiento de los líderes es punto de atracción especial. Viven en las alturas y no hay manera de seguirlos, lejos del valle común de los hombres cotidianos. Envueltos en el incienso del poder, a su alrededor todo se mueve rítmicamente. El ujier abre la puerta cuando debe abrirla; el secretario dice lo que tiene que decir y desaparece; el mesero sirve cuando tiene que servir con puntualidad sin que se le mire ni escuche. Hay una fascinación en el ambiente: la perfección.”

De igual manera, a don Julio le atraían los hombres del poder económico, los supermillonarios. Decía con frecuencia que eran periodísticamente muy atractivos. Sin embargo, para buena fortuna de aquellos que fueron cercanos a él e inclusive con los que estableció una relación amistosa, Scherer resistió, seguramente con dificultad, la tentación de escribir libros sobre ellos. En todo caso, surgen historias en torno de esas relaciones de manera esporádica en su obra bibliográfica.

De los temas de sus libros surgen, naturales, las preguntas. ¿Por qué le atraían las cárceles, los presos, los perseguidos, los antisociales, los corruptos, los torturadores? Siempre argumentaba, y en eso coincidía con Vicente Leñero en las muchas conversaciones de las que sus compañeros pudimos disfrutar: los malos son mejores que los buenos, o por lo menos, son menos aburridos. Nunca escuché a don Julio interesarse en escribir un libro sobre un Papa, por ejemplo, y menos aún sobre un santo. Ambos coincidíamos que lo peor que nos podía pasar era que algún día alguien nos describiera diciendo “es una buena persona”. En cambio, empleó energía, talento, viajes y esfuerzos en documentar la vida, la obra y la personalidad de Pinochet, por ejemplo. Ahí tenemos a Pinochet, vivir matando y, subsecuente y complementaria, El perdón imposible, sobre el mismo dictador.

Em 1996, Scherer y Leñero decidieron retirarse de la dirección y la subdirección de Proceso, respectivamente. Tenían un pacto: nos vamos juntos, Julio; nos vamos juntos, Vicente. Don Julio hablo de ese retiro inesperado en Vivir.

Cuenta don Julio:
“…Vicente me dijo que no le preocupaba el futuro de Proceso, tanto como los años inciertos que me esperaban. No me imaginaba lejos del periodismo, pendiente de los asuntos del tamaño que fueran.

– ¿Qué vas a hacer? –me preguntaba.
– No sé –respondía.

Yo, mucho menos literario que ellos, lo comentaba entre bromas con don Julio.
¿Para qué se va, don Julio?, le decía. No me lo imagino en el retiro. No me lo imagino a los 70 años cuidando nietos. Y agregaba yo: sólo me queda una comparación posible. Usted en el retiro va a semejar a un Ferrari en el garage… y con el motor encendido.

Los 18 libros que publicó después de su retiro, nos dieron la respuesta.
Menos de un año después, Scherer García publicaba una más de las piezas bibliográficas de su saga sobre Salinas. Salinas y su imperio, un libro que nunca lo dejó satisfecho. Pero un año más tarde, nos sorprendió con Cárceles, que abordaba una más de sus obsesiones: los seres tras las rejas, los ofendidos, los humillados, lo mismo policías malos que los criminales malos malos malos… A su alma se asomó directamente.

En este terreno se inscribe su magistral Máxima seguridad, donde vemos con sus ojos y escuchamos con sus oídos lo mismo a Mario Aburto que a Zulema, la amante del Chapo Guzmán, al general Gutiérrez Rebollo que al Mochaorejas… pero sobre todo, traspasamos los muros y las rejas de los penales de máxima seguridad donde el Estado resguarda a quienes son, de muchas maneras, su propia vergüenza.

En ese terreno, a todos en Proceso nos fascinó su fascinación por Sandra Avila, la mujer del mundo narco a la que Felipe Calderón sentenció desde que la policía la capturó. Tuvo la paciencia de Job – su personaje bíblico preferido-, acudió a la cárcel una y otra vez y lo hizo las veces que fue necesario hasta lograr su objetivo: obtener la confianza de la señora hasta convencerla de darle la entrevista que dio como resultado La Reina del Pacífico: es la hora de contar (Grijalbo, 2008).

Desde mi perspectiva fue, sin embargo, el libro Parte de Guerra.- Tlatelolco 1968 (Aguilar, 1999), que escribió en coautoría con Carlos Monsiváis, el que mostró el reportero en su más pura esencia. En ese caso, me dio la oportunidad de seguir paso a paso sus esfuerzos por conseguir lo que parecía inalcanzable: documentos originales del general Marcelino García Barragán sobre la Noche de Tlatelolco, documentos que muestran la operación del estado mayor presidencial para terminar a sangre y fuego el mitin del 2 de octubre, con las consecuencias cuyo saldo final aún está pendiente de conocerse.

Fue a través de la amistad con el hijo del general, el coronel Javier García Paniagua, forjada a través de muchos años y de su pertinaz insistencia ante el hijo de éste, Javier García Morales, como don Julio logró obtener el maletín que contenía esos documentos, episodio del que da cuenta en la página 36 del libro.

Relata don Julio:
Javier García Morales, hijo de don Javier, me entregó el portafolios en mi casa. Pronunció apenas unas palabras, una ceremonia su rostro impávido.

Me dijo que cumplía una cuestión de honor, una palabra empeñada. Aún lo escucho:

– Sé del aprecio de mi padre para usted. También de la estima de mi abuelo.

Hablé en su mismo tono:

– Les correspondí. Los quise mucho.

Ese era Julio Scherer. La amistad y el periodismo, entrelazados.

Podría seguir hablando interminablemente de don Julio, a la luz de los muchos años que me dio su confianza, su magisterio y su amistad. Evocar por ejemplo su estilo periodístico-literario: de cómo lo fue puliendo con los libros y los años hasta convertir las palabras y las frases en navajas cortantes de filo inoxidable. No acabaría de evocar momentos y circunstancias compartidos con él.

Tal vez, dentro de muchos, muchos años, la memoria reposada, me tendría yo que convencer de escribir un libro, una especie de autobiografía que tendría que titularse: Mis años con Julio Scherer. Quién sabe, quizás algún día.

Al día siguiente de su fallecimiento, el 8 de enero, recibí una brevísima carta de Mariano Albor, a quien don Julio definía como nuestro abogado filosófo. Con su lectura termino:

Querido Rafael:
Las palabras y las voces deben guardar silencio, por lo menos un instante. Después, deben recuperar sus signos y los tonos porque tienen encomendada una misión: la de llevar el mensaje limpio y fraternal de las condolencias por la partida de tu maestro y amigo don Julio Scherer García. Te abrazo.
Sólo me resta decir que eso literalmente fue y sigue siendo don Julio para mí: mi maestro y mi amigo.

*Palabras del director de Proceso durante el evento “Julio Scherer García, escritor”, organizado por la editorial Grijalbo en el marco de la Feria Internacional del Libro de Minería, el domingo 22.