La violencia hacia los residuales

Hallan cadáver en la carretera Juárez-Casas Grandes.
Foto: Ricardo Ruíz

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En el seno de los debates actuales sobre el quiebre brutal que México está viviendo se escuchan tanto críticas al gobierno y a las figuras políticas como propuestas en torno a “sistemas anticorrupción”, “mecanismos de fiscalización”, “protocolos de seguridad” y similares. En otros países también ocurren horrores y se reflexiona sobre las medidas a tomar ante tragedias violentas, algunas semejantes y otras muy distintas a las nuestras. Hay algunas reflexiones que vinculan los acontecimientos políticos con procesos de la subjetividad y que ofrecen claves interpretativas que podríamos aplicar a lo que está ocurriendo entre nosotros, obviamente guardando las distancias necesarias y buscando los parámetros propios. Una de ellas es la que realiza Bertrand Ogilvie, filósofo y psicoanalista francés, en su libro El hombre desechable / Ensayo sobre las formas del exterminismo y la violencia extrema (2013).

Étienne Balibar, quien prologa su libro con una carta-prefacio titulada ¿Cómo pensar en los extremos?, encuentra en Ogilvie una “inversión de la mirada sobre la violencia”. ¿En qué consiste este giro interpretativo? Ogilvie analiza diferentes modalidades de la violencia en el seno de una misma estructura, y asigna diversos umbrales de transformación entre ellas, para inferir si serán histórica o políticamente reversibles. En la reflexión del filósofo, la socialización es la primera violencia irreductible de la condición humana. El sometimiento de un ser humano a cualquiera de las formas y las normas de lo universal (o sea, “de esa universalidad genérica que es la cultura”) nunca es una simple adquisición de valores, sino que siempre es un troquelado o adiestramiento: “una dominación que hay que hundir en los cuerpos”. Esa primera violencia inevitable atraviesa a todos los seres humanos.

La violencia en segundo grado, que es la que quiero comentar, atañe al proceso político que priva tendencialmente a ciertos individuos (y tal vez de manera creciente a una gran masa de ellos) de todo recurso simbólico contra la primera violencia. Según Ogilvie esta segunda violencia funciona como “pérdida” de lo que jamás habrán tenido, lo que constituye una experiencia individual traumatizante y una situación sociológica en la que “se encuentran precipitados todos aquellos que no reciben nada a cambio de la violencia que padecen”. El psicoanalista se refiere en especial a aquellos seres cuya particularidad nunca es objeto de ningún reconocimiento. Esta violencia es más extrema porque precisamente nunca es identificada o representada como tal. Balibar nos recuerda que lo que se consideran las “clases peligrosas” (el “populacho”) son, al mismo tiempo, objeto y agentes de una violencia anónima, que los mantiene fuera de la representación. Ogilvie califica a esas personas excluidas de la representación como un grupo residual que está presente en la escena social y que es “tanto lastimero como amenazador”, pues no dispone de ningún “lugar” que le permita concebirse a sí mismo como una parte del “todo” estatal, como un actor del juego político.

No puedo dejar de asociar lo que dice Ogilvie con la ausencia de “lugar” de esos jóvenes paupérrimos, rurales como los normalistas de Ayotzinapa, pero también urbanos, como los que pululan en los cinturones de miseria de nuestras ciudades. ¿Cómo otorgar un “lugar” a ese nutrido grupo “residual, lastimero y amenazador” que sigue inserto en una violencia social plena de miseria y falta de oportunidades?

Ogilvie habla también de una “violencia sin dirección” que se expresa de manera brutal como una causalidad sin objetivo y que no se inscribe en el orden de la transgresión, y que, por lo tanto, se encuentra fuera de toda negociación. Para el autor, dicha violencia “no es más que la respuesta a la violencia muy particular que las sociedades industriales hacen padecer a sus miembros: no solamente un sometimiento, sino una elisión de toda finalidad (ya sea “¡enriquézcanme!” o el hipócrita “¡enriquézcanse!”).

Para contrarrestar la violencia, para prevenirla, Ogilvie propone una “política de la instrucción”, consistente en “una pasión por el conocimiento, por el lazo social, una pasión asociativa” de la que hablaré en otra ocasión. Por el momento quiero concluir con la dura crítica que el escritor hace en relación con el uso equivocado de la violencia “legítima” del Estado, en forma de represión, y que considero debería tomarse muy en cuenta. Señala que la represión que funciona día a día como una contraviolencia preventiva es parte de “la circularidad de reacciones de defensa que no hacen sino intensificar la violencia social, o que añaden la autodestrucción a la destrucción”. Por eso Ogilvie advierte que la violencia estatal llevada al extremo “se dirige preferentemente hacia su propia población y, a fin de cuentas, encuentra su clave en una perspectiva de negación de sus propias condiciones de posibilidad con miras a la formación de un pueblo auténtico, lo que puede llegar hasta el exterminio de sí mismo”.

Me da la impresión de que sus palabras, tan ominosas, rozan lo que se perfila que va a acabar siendo uno de nuestros problemas más graves.