Sin un adiós para la partida…


MÉXICO, D.F. (Proceso).- “Nos extinguiremos irremediablemente pero, antes, tratemos de no pasar por la vida como una sombra.”; se lee dentro del libro Foro de aforismos y reflexiones. Su autor: un polifacético artista mexicano a quien los públicos más exigentes del orbe tributaron ovaciones durante más de media centuria de trayectoria. Su nombre: Roberto Bañuelas (Camargo, Chihuahua, enero de 1931 – Ciudad de México, febrero de 2015).

Con este sintético proemio iniciamos la remembranza del personaje recién fallecido, cuyos méritos sobrepasaron, por mucho, los cánones habituales. Ahondemos: el Maestro, con mayúscula, Bañuelas fue un indiscutible merecedor del apelativo en las diferentes vías de su quehacer artístico, al punto que podríamos testificar que su impronta vital trasluce una fidelidad neta entre sus acciones y sus decires, en otras palabras, fue de los raros individuos que no escatimó esfuerzos para transitar por la existencia iluminando la multiplicidad de sendas que le deparó un destino que él supo labrarse. Hagamos el listado en el orden que la figura pública demanda: Barítono, profesor de canto, compositor, dibujante, pintor, literato, hombre de convicciones recias‒como su declarado ateísmo y su filiación de izquierda‒, marido ejemplar y padre sin tacha.

Aunque en el orden, arbitrario como la propia muerte, habríamos de sugerir una modificación importante: tendríamos que empezar por enunciar al artista súper dotado que eligió, perfeccionó y practicó, diferentes modos de expresión, pero que antes fue un sujeto que, al tiempo del cuestionamiento sistemático de su existencia, optó por el amor en todas sus insondables vertientes.

Con ello, los escuetos apuntes biográficos que podamos consignar adquirirán la justa dimensión a la que un artista verdadero como él tiene derecho. Resultado de una unión conyugal plena y, asimismo, extraordinaria, fue la paternidad que el maestro Bañuelas abrazó sin quebrantos. Dos hijos criados con la cercanía y las premuras que su desarrollo emocional y psíquico requirió son, quizá, el legado más tangible de su fecundidad amorosa. Prueba de su consistencia en el difícil oficio de ser padre es que ambos ‒una hija doctora en letras alemanas modernas y un hijo con brillantes estudios de derecho‒ aprendieron a amar la música ‒ella toca el piano y él canta‒ y, por supuesto, que los dos devolvieron con creces el amor paterno que recibieron.

En cuanto a la vida marital, los elogios superan a la estupefacción: don Roberto supo ofrendarse sin medianías, dejando muy lejos los condicionamientos de la reprobable educación machista y volviéndose un practicante convencido de que la fidelidad en el amor es causa de júbilo razonado y de genuino sosiego interior. Doña Hortensia Cervantes de Bañuelas, su viuda y también una eminente soprano, ratifica el privilegio de haber compartido la intimidad con un hombre que la amó sin reticencias. Fue ella su compañera pero también su musa, tanto para las letras como para los sonidos y los colores. En el poemario Trashumancia del amor cautivo leemos que ella es la destinataria de los siguientes versos:

El presente, / con el testimonio de mis cinco sentidos, / reclama contigo / su    

instante de vibrante eternidad. // Creyéndome dueño de tus cantos / de sirena

domeñada, / rompí las arpas y las liras que no cumplieron con la misión / de

rimar mis delirios con tus besos. // En el río de mis sueños eres, mujer, / la

ribera en que despierto, / y navegando entre tu luz / todas las rutas me

conducen a la dicha. // Con banderas delirantes de entusiasmo / celebro la vida

en que te gozo. //

En cuanto a sus rasgos como artista plástico, sobreviven testimonios de sus exposiciones individuales en Hamburgo, Berlín y la ciudad de México, amén de la extensa producción en sí, donde hallamos oleos y aguatintas.[1] Al respecto, Carlos Montemayor ‒uno de sus innumerables alumnos de canto‒ anotó: “Es un universo de color, del color que no ilumina las cosas, sino que son las cosas mismas. Que no sugiere la profundidad o lo encubierto, sino que es lo profundo y lo que se encubre.”

Tocante a la faz literaria, Bañuelas vuelve a deslumbrarnos: además de haberse cimentado como un prolífico narrador de minificciones publicó tres libros de cuentos (Ceremonial de cíclopes, Los inquilinos de la torre de Babel y Memorias del exilio interior) dos novelas (El valle de los convidados de piedra y Templo iluminado de la soledad) y un tratado sobre la voz humana (El canto), donde plasmó sus agudas observaciones sobre los mecanismos que la activan y sus hallazgos como pedagogo.

Y ya entrados en su quehacer primordial, es decir, en la música, los logros son, otra vez, sorprendentes. Mencionemos algunas de sus cimas antes de narrar cómo se gestó en el muchacho pueblerino la valiente decisión de convertirse en músico. En primer término subsiste una trilogía de óperas suyas nacidas de su admiración por el teatro griego: Agamenón, El retorno de Orestes y El juicio. Después tenemos el poema sinfónico Avenida Juárez y una colección de piezas para piano y de obras vocales basadas en poesías, tanto suyas como ajenas.[2] Federico García Lorca y José Gorostiza descuellan en la lista de poetas musicalizados.

En lo referente a sus actuaciones como barítono el listado es descomunal. Citemos las aristas del poliedro: Después de haberse afirmado en nuestro país con las óperas clásicas del repertorio se internacionalizó de forma vertiginosa. Invitaciones de la Dallas Civic Opera y de la New York City Opera precedieron su contratación en diversas casas de opera de Alemania, nación donde residió ‒con su familia completa‒ entre la década de los setentas y principios de los ochenta. Teatros de Berlín, Munich, Hannover, Frankfurt, Karlsruhe, Hamburgo y Manheim exhibieron marquesinas con su nombre y directores de la talla de Rafael Kubelik, Lorin Maazel, Franco Zefirelli, Peter Ustinov y Herbert von Karajan encontraron deleite en dirigirlo. Grabaciones para los sellos Deutsche Grammophon, Forlane y Dirba lo acreditan. No faltaron premios y distinciones, como tampoco la inquina enferma de muchos de sus colegas y congéneres. Sobre esto anotó: “La envidia es un tormento que se tienen merecido aquellos que no son capaces de aceptar mérito ajeno.”

En lo que concierne a sus inicios, la reciedumbre anímica fue la constante. El maestro nació en un hogar donde el cultivo del arte era ajeno e, incluso, adverso. Quedó huérfano de madre siendo aún niño y su padre, un hacendado que pretendía hacer de él un “profesionista respetado” jamás fomentó sus brotes de creatividad, al contrario. El mundo interior de su niñez y adolescencia se forjó con la lectura y el dibujo. Llegado el momento de iniciar la universidad, Chihuahua fue insuficiente y la ciudad de México se volvió la meta. Para alcanzarla fue necesario inventarse una inscripción fantasma: iría a la capital a estudiar arquitectura. Sólo así obtendría el apoyo monetario paterno. Sin embargo, recién desempacado cruzó sus pasos con los muros del Conservatorio. Ahí encontraría los mentores y las respuestas que su interioridad exigían. En poco tiempo su voz brilló y advino el debut en Bellas Artes. Enterado su padre de la mentira, las mensualidades se cancelaron de tajo. La estrechez lo obligó a obtener un puesto de burócrata en la Secretaria de Estadística y después otro en la biblioteca del Conservatorio. Sólo así consiguió mantenerse a flote.

Una vez remontada la contrariedad paterna, encontró el aplomo para contraer nupcias haciendo, empero, la advertencia de que él no creía en Dios ni en sus supuestos ministros. El catolicismo inveterado de su familia política puso el grito en el cielo, mas eso no fue motivo de alarma: él demostraría con sus acciones que era mejor persona que muchos de los persignados que recaen en las trampas de la fe. Hasta que, irremediable y puntual, la muerte lo solicitó en su seno. Como ya dijimos, para no él no valían los adioses ni las promesas de vida eterna. Que sea pues, una despedida rebosante de parabienes… hacia cualquiera de los universos ‒pictórico, literario o musical‒ que él haya estado en vena de seleccionar.

[1] En la versión electrónica se reproduce, merced a la generosa cesión de su viuda, uno de sus dibujos.

[2] Se sugiere la audición de varias de sus obras interpretadas por él mismo, así como una selección de sus actuaciones operísticas más relevantes. Audio 1. Canción para velar su sueño – Letra y música de Roberto Bañuelas. Audio 2. Tus manos – Letra y música de Roberto Bañuelos. (Barítono: Roberto Bañuelas. Piano: Diego Ordax.) Audio 3: Aria Der Vogelfänger bin ich ja de la Flauta Mágica – W. A. Mozart. (Barítono: Roberto Bañuelas). Audio 4: Dueto de Papageno y Papagena de la Flauta Mágica – W. A. Mozart. (Barítono: Roberto Bañuelas. Soprano: Hortensia Cervantes de Bañuelos)