La desobediencia civil y el boicot electoral

Normalistas y maestros retiran propaganda electoral en Chilpancingo.
Foto: Miguel Dimayuga

Para Alejandro González Iñárritu.

Gracias por todo lo que nos has dado.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Gandhi, quien siempre habló de “verdades viejas como los cerros”, es decir, de las verdades del sentido común que, en realidad, son las únicas, mostró que un gobierno o un poder existen porque colaboramos con él. Cuando dejamos de hacerlo, ese poder, como sucedió con el imperio inglés en la India, se desmorona. El boicot a las telas inglesas y al impuesto sobre la sal fueron fundamentales para ello. Esta forma de la desobediencia, este negarse a cooperar con una legalidad que encubre actos de injustica, es una acción de resistencia moral que al desnudar públicamente al adversario lo exhibe y lo cuestiona en su propia injusticia hasta que termina por cambiar o desplomarse.

Desobedecer una ley cuando ésta se ha convertido en una máscara que legaliza el crimen es, dice Gandhi, “un derecho inalienable de cada ciudadano (…) la forma más pura de la agitación constitucional (…) la rebeldía sin el recurso a la violencia”. Es también, por su base moral, un proceso de reconstrucción de la ley y de la legalidad en la legitimidad que ha sido violentada por un mal gobierno. Dejar de cooperar con el poder político cuando ha dejado de representar y de servir a la gente es un acto de dignidad ciudadana y democrática.

El boicot electoral (no asistir a las urnas, asistir a ellas para anular el voto o para romperlo en las casillas) al que muchos estamos llamando para las elecciones intermedias es una desobediencia de esa naturaleza, un acto de dignidad y de fuerza moral frente al envilecimiento que las partidocracias y el INE han hecho de las vías electorales.

Desde hace mucho tiempo es un lugar común: Las partidocracias han dejado de servir a la nación para delinquir. A través de grandes corrupciones, de colusiones con el crimen organizado, de coyotajes, de moches hacia arriba y hacia abajo, de destrucción de territorios, de asesinatos, desapariciones, extorsiones, secuestros sin fin e impunidad casi absoluta, los partidos y sus gobiernos se han convertido en agentes del capitalismo salvaje y del crimen organizado que forma parte de él.

No hay diferencia entre ellos, o si la hay –porque toda la estructura del sistema político está corrompida y debe refundarse– es de matices milimétricos. Por desgracia, cada elección justifica y legaliza hoy ese estado de cosas, y cada ciudadano que entrega su voto lo convalida y lo hace existir. No es el poder –parafraseo a Gandhi– el que llega al pueblo a través de los gobiernos. La verdad es la contraria: el poder está en la gente y los gobiernos no existen sin ella. Retirar nuestro voto es negar su existencia, es hacer evidente lo que nos negamos a ver y padecemos: que no existe gobierno y que los que existen son una runfla de criminales que utilizan las vías representativas de la democracia para continuar delinquiendo.

Aunque un partido gane con el mínimo de votos –en este caso comprados, es decir, votos no ciudadanos, sino corrompidos como el propio sistema partidocrático que los produce–, no tendrá poder y tarde o temprano se desmoronará. Si, en cambio, votamos, por mantener una ilusión de gobierno, retardaremos la evidencia de su catástrofe. Un aparato electoral corrompido que la gente sostiene en nombre de la legalidad y de un falso y medroso pragmatismo reproduce y refuerza, como hoy en nuestro país, lo inhumano.

La resistencia civil, de la que los boicots y las movilizaciones forman parte, es un trabajo lento –la caída del imperio inglés en la India tardó décadas y requirió, delante de los momentos represivos o de desgaste más difíciles, duros, de un alto grado de paciencia moral y de resistencia– y, como toda verdadera pedagogía, larga. La otra parte –que también constituye un proceso lento– corre paralela: es la organización política, de la que los pueblos indios y el Constituyente que se ha echado andar con don Raúl Vera a la cabeza son su rostro más claro.

La reserva moral de México está en esa ruta: boicot electoral y organización ciudadana que entrelace regiones, grupos y comunidades. “A través de la desobediencia civil –dice Pietro Ameglio, uno de los mejores intérpretes de Gandhi en nuestro país–, en su control social hacia los gobernantes, se (van) acotando las excesivas funciones y atribuciones del Estado, en aras de desarrollar formas autogestivas y autónomas de democracia popular…”.

Con el boicot electoral estamos diciendo lo que de alguna forma Gandhi dijo al poder de la Corona inglesa en su territorio: Si no nos conceden lo que pedimos: paz, justicia, servicio a la gente, protección de la vida, de las comunidades, de las autonomías y del territorio en el que la gente florece, ya no les haremos otras demandas. Pueden gobernarnos hasta que nosotros aceptemos ser gobernados; ya no tendremos nada que ver con ustedes. Podrán usar la fuerza bruta de la represión y el crimen como hasta ahora, pero si continúan actuando contra nosotros, ya no cooperaremos con ustedes, y sin nuestra ayuda saben bien que no podrán dar un solo paso.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés; detener la guerra; liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas, a Nestora Salgado, a Mario Luna y a todos los presos políticos; hacer justicia a las víctimas de la violencia; juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, y boicotear las elecciones.