El caso Camacho Solís

Camacho Solís y Corral en el Senado.
Foto: Octavio Gómez

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En las páginas de Proceso he insistido sobre la salud de los gobernantes. En su momento abordé los casos de Alonso Lujambio, del PAN (Proceso 1870), y de Fausto Vallejo (Proceso 1868), del PRI. Ahora se trata de Manuel Camacho Solís, senador, integrante de la fracción parlamentaria del PRD. En ninguna de estas ocasiones he tratado el asunto como un tema personal, sino para exponer cómo diversos personajes políticos privilegian su interés personal sobre el bien común. Creo firmemente en la postura editorial de The New York Times: “La sociedad tiene derecho a tener gobernantes sanos”. Veamos.

Primero. Hay consenso doctrinal en que un servidor público que llega a su cargo por el voto de los ciudadanos debe tener, además de la deseable idoneidad, que es sólo deseable, con un estado de salud razonable que por lo menos le permita ejercer sus atribuciones, como lo esperan los representados. Manuel Camacho Solís ha sido un servidor público prácticamente su vida entera. En sus encargos ha cumplido, al menos presencialmente, sus deberes frente al despacho de los asuntos que ha tenido ante sí. Hoy las cosas para él han cambiado.

Manuel Camacho Solís está enfermo de un tumor o cáncer cerebral que lo ha dejado imposibilitado para ejercer sus labores de representación en el Senado de la República desde junio de 2014. Por esta razón ha salido de todas las comisiones de las que formaba parte. A fineals de enero de este año, en un mundo surrealista, “en reconocimiento a su larga trayectoria política de más de tres décadas, el senador por el Partido de la Revolución Democrática (PRD) Manuel Camacho Solís fue homenajeado en el marco de la VI Reunión Plenaria de la fracción parlamentaria de los legisladores de ese instituto político” (La Crónica, 30/01/15). Es decir, se premió la irresponsabilidad, la falta de probidad y la ausencia de todo mínimo de ética pública. Ver para creer.

Segundo. Los senadores del PRD pontificaron en torno a los merecimientos pasados de Manuel Camacho. Nadie ha dicho nada, empero, sobre cómo ha violado la Constitución, toda vez que: a) De junio de 2014 al día de hoy no se ha presentado a trabajar, pero, eso sí, cobra puntualmente su quincena con las prestaciones que implica ser senador de la República; b) No se ha llamado a su suplente para que ocupe el cargo durante el tiempo que se recupera –si esto es posible– de su enfermedad, que la sufre él y le cuesta a la sociedad; c) Camacho Solís no ha tenido la mínima iniciativa personal de solicitar licencia sin goce de sueldo por dignidad y ética política.

La primera hipótesis es que su enfermedad fue de conocimiento de él y del PRD después de que fue elegido como senador por la vía plurinominal; en otras palabras, no con el voto directo, sino con el apoyo indirecto de los electores. No faltará quien diga que alguien no puede anticipar una enfermedad de esa magnitud que le incapacite para realizar su trabajo. En esa hipótesis, lo que hubiera procedido era solicitar licencia y convocar al suplente. Es menester decir que no se trata de una persona asalariada que deja de cumplir su trabajo por una enfermedad superviniente que le puede ocurrir a cualquiera. No. Camacho Solís no es analista C de una empresa privada o burócrata sindicalizado en el gobierno. Es un representante del pueblo ante el Senado de la República para realizar una labor de la mayor magnitud. ¿Qué sucede con esa representación popular? Nada con Manuel Camacho Solís. Se queda un vacío de representación. De esta suerte, el pueblo no paga litros de 800 mililitros, sino litros sin nada.

Podría haber una segunda hipótesis en donde Manuel Camacho Solís supiera de antemano que estaba enfermo y que esa enfermedad podría evolucionar hasta donde se encuentra ahora. En este supuesto, el asunto es peor al dar gato por liebre a la sociedad, ofreciendo el PRD y Manuel Camacho la mentira como sello distintivo de campaña.

Tercero. No faltará quien diga que intervengo en su “vida privada” y que no soy sensible al dolor ajeno. De entrada hay que tener claro que la vida privada es, en efecto, un derecho de las personas como regla general, pero hay excepciones. Es el caso de Manuel Camacho Solís. Si tuviera un callo en el dedo izquierdo o una quemada en la mano derecha, serían temas de su propia incumbencia. No es lo que pasa aquí. La enfermedad de Manuel Camacho es de tal calado que lo ha dejado postrado, incapaz de cumplir sus funciones de representación pública. En este caso, el derecho a saber tiene preeminencia sobre el derecho a la vida privada por tratarse de un tema de claro interés público y por ser un personaje de trascendencia pública. Por supuesto, es lamentable lo que le pasa a él como a muchos otros mexicanos que, por desgracia, en su inmensa mayoría no tienen acceso a los médicos e instalaciones hospitalarias de los que, con cargo al dinero de usted y al mío, dispone Camacho Solís. Paradójicamente, en el propio PRD su coordinador Luis Miguel Barbosa hizo todo lo contrario. Habló a la opinión pública con lujo de detalle sobre las consecuencias de su diabetes mal tratada y su operación que lo puso al borde de la muerte. Todo fue rápido. Y me consta personalmente que su agilidad mental y su sensibilidad humana cambiaron para bien de todos.

Según ciertos perredistas con los que he hablado, el “buen” trato a Camacho Solís se debe a que prácticamente es un prócer de la patria. No he visto ninguna evidencia documental de que se trate de un prohombre, como lo señalan. Pero aceptemos que así sea y que Manuel Camacho está a la altura de Benito Juárez o de José María Morelos. En esa lógica tampoco debería seguir percibiendo un emolumento que no devenga. En todo caso, por sus “grandes méritos a la nación”, el Congreso de la Unión podría aprobar la “Ley Manuel Camacho Solís, primer prócer de la Patria”, y de ahí la Cámara de Diputados podría incorporar un haber en el Presupuesto de Egresos para que tenga una pensión vitalicia razonable, quizá un día nacional en su nombre y un gran monumento para la posteridad acompañado de un museo que permita a los niños y adolescentes conocer cómo gracias a él México ha cambiado profundamente para bien. Pero, en ningún caso, conviene a los intereses de la nación la opacidad y el desprecio por la sociedad de los que hace gala el PRD al tener senadores como Camacho Solís que hieren los cimientos básicos de la democracia.

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