Música onírica


MÉXICO, D.F. (Proceso).- De esa marea de oscuridad que se cierne, noche tras noche, sobre los acantilados de nuestra conciencia sabemos poco. Y resulta extraño pensar en ello, ya que hablamos, nada menos, que de una tercera parte de la existencia en la que necesitamos cerrar los telones de la supuesta “nada” sobre los escenarios de nuestras vigilias. Se ha dicho que al dormir incurrimos en pequeños ensayos de muerte y, durante milenios se ha hecho el parangón entre la tiniebla con el sueño y la luz con la vigilia. También se considera que el sueño es el momento donde nuestra mente dialoga consigo misma.

Empero, es un dato de facto que cuando convergen nuestras horas de reposo dentro del reino de la inconsciencia, hallamos información reveladora sobre los mecanismos que rigen a la memoria y el ánimo, sobre el aprendizaje y la personalidad, sobre la locura, los miedos, los anhelos y la salud. En breve, el sueño, lejos de estar separado de nuestros estados de conciencia es parte indisoluble de sus ritmos y está estrechamente ligado con sus aspectos constitutivos. Por razones obvias aquel que nos interesa es el que tiene que ver con la creatividad, pues la ciencia cree que de las diversas fases del sueño ‒se habla de al menos 4, divididas éstas según las distintas ondas de actividad cerebral que se manifiestan‒ aquella denominada fase REM por sus siglas en inglés (Rapid Eye Movement), es donde tienen lugar los sueños más vívidos, esos que a veces recordamos y que podemos emparentar con las ensoñaciones que surgen en la somnolencia y la duermevela.

Nos es de extrañar, para nuestros propósitos concretos, que podamos encontrar algunas obras musicales originadas, como un recuerdo marginal que cristaliza, durante esta etapa y que su morfología ‒también algunos de sus títulos‒ nos remita a una sublime intangibilidad que se solidifica en sonidos; como si la consistencia del rocío quedara impregnada en los pentagramas, mediante la pertinaz lucha de sus creadores para que el olvido diurno no arrasara con ella.

Tenía cola y la habitación se saturó de azufre. Cuenta la leyenda que en una noche agitada Giuseppe Tartini (1692-1770) soñó que el diablo entraba a su dormitorio para demudarlo con sus habilidades musicales. Al parecer, el violín de Tartini estaba a la mano y Lucifer no tuvo reparos en empuñar el arco para desplegar los más alucinados giros melódicos que ningún ser vivo hubiese jamás testimoniado. La pasmosa velocidad de los dedos, la increíble destreza en los cambios de cuerda y la formidable facilidad para engarzar notas dobles eran ciertamente una obra demoníaca que ponía en ridículo a las limitadas facultades humanas. Todavía con los oídos incrédulos, Tartini despertó para correr hacia su mesa de trabajo. Quiso recordar las frases diabólicas y consignarlas en el papel, mas éstas se disolvieron con demasiada prontitud. Terminado el remedo de obra que llegaría a conocerse como la sonata el Trino del diablo, su autor declararía que aquello que logró recordar no era ni un pálido reflejo de esa cosa sobrenatural que le había visto y escuchado tocar al diablo. Paradójicamente, y también él lo afirmaría al final de su vida, la única música que verdaderamente le daría fama imperecedera no había sido suya sino del mismísimo Satán…él había fungido, meramente, como un torpe amanuense que se colgó de los méritos del Señor de las tinieblas.[1]

La insospechada visita de un muerto. De acuerdo al relato de su viuda, Robert Schumann (1810-1856) pasó, en los primeros días de noviembre de 1847, una de las noches más sobresaltadas de su atormentada existencia. Ya no se trataba de los estragos de la locura, y esto vino a saberlo después, sino que eran las repercusiones que había tenido el prematuro fallecimiento de Félix Mendelssohn (1809-1847) en la frágil psiquis de su marido. Sin lugar a dudas, Mendelssohn había sido uno de sus mejores amigos. En dicha noche, Schumann habló más de lo normal y su cuerpo se sacudió con fuertes espasmos. De pronto, sin que mediara una palabra de explicación, se levantó de la cama desapareciendo por varias horas. Poco antes del amanecer, ya de vuelta en el lecho conyugal, se desveló el motivo del insomnio: su ilustre consorte le relató, con los ojos aún llenos de lágrimas, que había venido a visitarlo Félix y que, siempre fiel a su buen talante, iba tarareando una bella melodía. Alcanzó a comentar que lo extrañaban y, entre retazos de recuerdos, le oyó decir que si la melodía le gustaba, se la regalaba de mil amores. La música correspondiente fue incorporada por Schumann en el movimiento lento de su concierto para violín en re menor sin número de opus. La carencia de éste se debió a que la viuda dictaminó ‒con el consenso de Joseph Joachim (1831-1907), otro amigo de familia‒ que ninguna de las obras compuestas por su marido en los años previos a su muerte debía salir a la luz. Según ella eran producto de una mente perturbada ‒el concierto lograría estrenarse ochenta años después por una sobrina de Joachim que contravino la prohibición‒, sin embargo, más allá de tratarse del testamento musical schumaniano, es un reconocible eco del vínculo entre dos compositores inmensos que se profesaron una amistad entrañable. Escuchándola podrá entenderse la magnitud del afecto que se tuvieron.[2]

Una poesía anónima se cuela entre los pliegues de la noche. Cuando Gabriel Fauré (1845-1924) cayó en la severa depresión que se desató por la ruptura amorosa con su prometida de entonces, buscó refugio en la lectura y en la composición de música de corte intimista. Tenía 32 años y seguía soltero, no obstante haberse ya distinguido como una de las grandes promesas de la música francesa de vanguardia. En una de esas lecturas encontró la traducción al francés de una poesía italiana en donde se leía lo siguiente:

En un sueño encantado por tu imagen / soñé con la felicidad, ardiente espejismo. / […] Tú me llamaste y dejé la tierra / para escapar contigo hacia la luz. / Los cielos abrieron sus nubes para nosotros / esplendores desconocidos y luces divinas se entrevieron. // ¡Ay! ¡Ay! Triste despertar del sueño, / Te llamé, ¡oh noche!, devuélveme tus mentiras…[3]

Cuales reflejos nítidos de su estado de ánimo, releyó los versos sin atinar a hacer nada con ellos. Pasaron días de inactividad hasta que un sueño le proporcionó la clave: había de componer con la melodía recién soñada una canción que destilara melancolía. El resultado sobrepasaría cualquier expectativa de trascendencia, ya que apenas se publicó fue incorporada en el repertorio de las mejores cantantes de la época; y vendrían después toneladas de transcripciones para las combinaciones instrumentales más curiosas. Ha llegado a tocarse hasta en contrabajo y serrucho. El titulo es una tautología nacida por caprichos del azar: Après une rêve,[4]es decir, después de un sueño.

Con los paisajes de la infancia a cuestas. El ínclito guitarrista y compositor mexicano Guillermo Flores Méndez (1920…) ha desarrollado en su larga vida un florilegio de quehaceres, donde sobresale su inagotable amor por la música. Tanto en la docencia ‒impartió cátedra en el Conservatorio, las escuelas de iniciación artística del INBA, el Instituto Cardenal Miranda y la Escuela Nacional de Música de la UNAM‒, como en la ejecución musical y la composición se le reconoce como un artista de innegable solidez. Sus clases con Manuel M. Ponce (1882-1948) y Candelario Huízar (1883-1970) fueron fructíferas en extremo y su música se ha publicado tanto en México ‒Ediciones Musicales Mexicanas, Ricordi y Ediciones de la Liga de Compositores‒ como en Europa ‒Faber Editions de Inglaterra y Editoriale Brevis de Italia‒, resaltando la selecta producción para guitarra que lo distingue. Entre su corpus compositivo encontramos una obra que nos remite a sus orígenes y a los estados oníricos que despertó en él la nostalgia por ese terruño del que hubo de emigrar en pos de la ansiada superación profesional que ahí le era imposible obtener. Flores Méndez nació en Zacatlán de las Manzanas, Puebla, y la obra a la que hacemos referencia se intitula: Fantasía soñando en manzanares. Hacemos, desde la adormilada columna que hoy nos reúne una cordial invitación para acercarse a ella.[5] Los insomnes pasarán un rato de deleite y los durmientes podrán seguir entregándose, ahora circundados por la fragancia sonora de manzanares en flor, a las delicias de la pérdida momentánea de la conciencia.

[1] Se sugiere la audición de los segmentos de mayor virtuosismo. Pulse al Audio 1: Giuseppe Tartini: Sonata Il trino del diavolo. (Gil Shaham, violinista. Jonathan Feldman, pianista. DEUTSCHE GRAMMOPHON, 2000)

[2] Deguste, asimismo, la obra dentro de la sección La obra de la semana en la audioteca de la revista electrónica. Audio 2. Robert Schumann: Langsam del concierto para violín en re menor. (Henryk Szeryng, violinista. London Symphony Orchestra. Antal Dorati. Director. MERCURY, 1994)

[3] Traducción casera.

[4] Sueñe con ella accediendo a la liga: www.youtube.com/watch?v=Oq4iEhRpAcY

[5] Se recomienda la visita a la liga: www.youtube.com/watch?v=xeUx95qLqyc