De damas y martinetes


MÉXICO, D.F. (Proceso).- Hoy en día son muebles caídos en desuso. De hecho, a menudo se regalan o se pide un precio irrisorio por ellos. Se aduce que ocupan mucho espacio y que ya a nadie le interesa tocarlos. Tristeza que se tiñe de añoranza. Subsisten sobre todo, como testigos de la augusta tradición, los modelos de cola que hacen su aparición en los teatros donde, cuales titanes de la mecánica, compiten en sonoridad con las masas orquestales que a veces los acompañan o se prestan, dócil u obcecadamente, para ejercer de estrellas solitarias; también como compañeros de aventuras musicales en combinaciones sonoras variopintas.

Empero, en otros tiempos el piano era un símbolo de refinamiento, obligado e inequívoco, para los hogares de las clases pudientes, o en vías de serlo. Frente a su dentadura de marfil ‒las teclas actuales son plásticas y electrónico es el mecanismo que las conecta‒ desfilaron miríadas de soñadores, de solitarios, de tímidos, de perseverantes, y de párvulos inducidos pero, especialmente de señoritas para quienes la destreza manual sobre el teclado debía fungir como atributo a la hora del casorio. Fueron ellas las que debieron someterse a un régimen educativo que preveía su instrucción musical con miras a convertirse en esposas virtuosas; salvo casos raros, en pianistas profesionales. No obstante, gracias a ese aprendizaje muchas de ellas encontraron vetas indecibles de belleza y modos de expresión que las convirtieron en mujeres destacadas. He aquí algunas:

●● Para la pequeña Delmira, hija única de un matrimonio aburguesado, se había dispuesto que recibiera clases de francés, pintura y música. Obviamente se contó con instructores de probada calidad. Era importante la crianza del espíritu y aquel del cuerpo quedaba en segundo plano. En la pintura la niña demostró un talento mediano, en cambio, en el dominio de la lengua materna y el piano resultó muy apta. Cerca de su décimo cumpleaños empezó a escribir poemas que su padre pasaba en limpio con el orgullo de su incredulidad. Lo asombroso del caso es que la niña tenía un método creativo bastante peculiar: después de tocar sus ejercicios pianísticos y de repasar alguna pieza de su repertorio, cerraba los ojos y dejaba que sus dedos vagaran libres por el teclado. Minutos más tarde dejaba de tocar y garabateaba, en estado de trance, versos, versos paridos por el influjo musical. Así transcurrió su adolescencia y al cumplir veintiún años, todavía soltera, la producción poética alcanzó para un libro. Surgió entonces el primero llamado El libro blanco y en cadena se produjeron los siguientes: Cantos de la mañana y Los cálices vacíos. Este sería el último que escribiría estando célibe, pues al tiempo de su escritura apareció un galán que le alborotó las hormonas. En casa no se festejó el noviazgo puesto que ambos progenitores percibieron que el sujeto manifestaba demasiadas actitudes soeces. Mas no hubo nada que hacer, ella se empecinó y en breve hubo de celebrarse el matrimonio. Lamentablemente, apenas Delmira abandonó la seguridad hogareña y se vio sola ante al marido, algo se le rompió por dentro. Nada más aguantó un mes y medio la vida de casada. Regresó a vivir con sus padres explicando que la vulgaridad de su consorte era intolerable. El problema fue que la conexión sexual con su marido si funcionaba, y que funcionaba de maravilla. ¿Qué hacer?… Optar primero por el divorcio ‒a Delmira se le reconoce como la primera mujer uruguaya que se atrevió a disolver el nexo de forma legal‒ y después, pedirle al ex esposo que fuera su amante. El tipo aceptó la propuesta y rentó un apartamento para sus encuentros furtivos. Las cosas parecieron resolverse, ella siguió tocando el piano y publicando libros hasta que, un día aciago, el galán se apareció a la pecaminosa cita con un revólver. Dos tiros fueron para Delmira y el tercero para él. El apellido de la occisa era Agustini y entre sus versos ‒la crítica literaria la considera como una de las forjadoras del Modernismo‒ se lee: “Maravilloso nido del vértigo, ¡Tu boca! Dos pétalos de rosa abrochando un abismo…”

●● El nombre original de Bárbara había sido Eleanor, pero sus padres se lo cambiaron a los cuatro meses de edad alegando que les sonaba muy suave. Esto se debió a que Bárbara había nacido hembra, ‒era la tercera hija‒, cuando lo que se buscaba era niño. Y como tal se llevaría a cabo su educación. Su papá, un médico gris con problemas monetarios recurrentes, jugaba luchas con ella y hasta llegó a ponerle un bat de beisbol en las manos. En cuanto a la madre, una maestra de piano chapada a la antigua, la relación fue distante. Las mujeres, decía, estaban para complacer a los caballeros. Aquello de estudios superiores no les sentaba bien, excepto las clases de piano para las que ella serviría de ejemplo. Bárbara era sentada en el taburete y pobre de ella si cometía error al leer las notas. Las nalgadas de por medio correrían igualmente por cuenta de una tía con quien la infanta sería mandada a vivir para desahogo de la economía familiar. La mujer, una provinciana cerril, también tocaba el piano y se dedicó a supervisar los progresos musicales de su sobrina con severidad. Cuando las aguas volvieron a su cauce, a la edad en que debía pensarse en alguna ocupación, Bárbara retornó a la casa paterna. La inclinación por la botánica ya había despuntado, mas la negativa materna era inamovible. El padre hubo de interceder, eso sí, exigiendo que la matricula escolar se solventara con una beca. Y la beca la otorgó la Universidad de Cornell, pues Bárbara era brillante. Al concluir la universidad, por su gran desempeño, logró hacer otro posgrado en Alemania. Tristemente eso acaeció en los albores del nazismo y las cosas se pusieron feas. Dejó de recibir las subvenciones y, enfaticemos, lo que la ayudó a mantenerse fue el piano. Encontró alumnos particulares a quienes, además, auxilió con sus tareas. De vuelta en su patria tampoco encontraría mucha aceptación como científica y el reconocimiento a sus descubrimientos tardaría en llegar, sobre todo por su condición femenina. A los académicos de la ciencia les parecía chocante que una mujer poco agraciada, marimacha y solterona pudiera aportar algo… Y sin embargo lo hizo: Bárbara McClintock demostró, antes que sus colegas hombres, que los genes del maíz pueden transferir sus posiciones ‒se conocen como genes saltarines‒ en el mapa cromosómico, abriendo brecha en la comprensión de los procesos hereditarios. Sólo hasta sus 79 años de edad la desaliñada pianista norteamericana obtendría lo justo: el premio nobel de Fisiología y Medicina.

●● Como nombre de pila se escogió Condoleezza, derivación burda, producto de la ignorancia y el arribismo, del término musical italiano Con dolcezza, es decir, “con dulzura.” Su nacimiento avino en un barrio negro de Birmingham, Alabama todavía en tiempos de abierta segregación racial, por ende, Condoleezza, hija única de un matrimonio consciente de los estigmas de su color, recibiría la mejor educación posible. Con sólo tres años de edad iniciaría sus lecciones de francés, de patinaje artístico, de ballet y de piano. Y de todas las disciplinas la música se convertiría en la predilecta. Al cumplir quince años, la moza afroamericana estuvo segura que quería embarcarse de lleno en la vida de los pianistas de concierto. Obtuvo los apoyos necesarios y su capacidad le abrió las puertas de la Universidad de Denver, en Colorado. Todo pintaba bien, traía impresa en la psiquis que tenía que ser una gran solista, hasta que acudió a un curso de verano en Aspen, cayendo en la cuenta que su talento no rimaba con sus pretensiones.[1] Cursando todavía el segundo año de la Universidad decidió cambiar de carrera. Se enroló entonces en ciencias políticas y el resto es historia: es recordada como la segunda mujer ‒aunque la primera negra‒ en presidir la Secretaría de Estado del gobierno yanqui. Para sorpresa de aquellos que cuestionaron sus dudosas acciones contra el terrorismo y el aborto, de vez en cuando sigue presentándose en conciertos… En los programas se cita como Dr. Condoleezza Rice.

●● Hélène Elizabeth Louise Amélie nació en París y fue educada con las prebendas de la realeza, pues ciertamente su padre fue un príncipe que además amó la música. Era habitual que en su morada se congregaran intelectuales y artistas de renombre. Uno de éstos, el compositor Francis Poulenc era inclusive vecino del apartamento contiguo. Para Hélène la familiaridad con el piano se hizo espontánea y sus progresos quedaron marcados por su notable oído musical y literario. Llegaría a tocar Mozart con especial deleite.[2] Temiendo las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial la familia decidió emigrar hacia latitudes más benévolas, las mismas del costado materno de Hélène y su hermana Sofía. Poco duraron las jóvenes en su nuevo destino ya que sus padres quisieron expandir sus horizontes culturales mandándolas a estudiar en internados católicos de la Unión Americana. Concluida esa etapa formativa, Hélène volvió sobre sus pasos dando inició a su vida profesional. El periodismo daría la pauta y la música sería el condimento a su soberbia prosa. En el mundo es mejor conocida como Elena Poniatowska.

[1] Se sugiere escuchar alguna de sus presentaciones públicas. Siga la liga www.youtube.com/watch?v=Ow2xA-KLyUE

[2] Se recomienda la audición del concierto para piano n° 23 de W. A. Mozart obra que, efectivamente sería abordada por la eminente dama. Pulse la ventana de Audio. Wolfgang Amadeus Mozart : Allegro del Kavierkonzert in La Mayor, Kv. 488 n° 23. (Murray Perahia, piano. English Chamber Orchestra. SONY, 1984)