Las “suaves” teclas del poder


MÉXICO, D.F. (Proceso).- Para iniciar nuestro relato es menester trasladarnos a Florencia, en los últimos años donde reinan los Medici. El miembro de esta ilustre familia que nos interesa es Ferdinando III, también conocido como el Gran Príncipe del Ducado de Toscana, quien fuera hijo de Cosme III y de Margarita de Orleáns y naciera en el imponente Palazzo Pitti en 1663. Pues bien, Ferdinando sigue la norma familiar y además de convertirse en músico, se proclama como uno de los mecenas del arte sonoro con mayor apego por él. (También fue un célebre libertino, mas eso no es relevante para nuestros fines) Y esto nos incumbe porque al amparo de sus mecenazgos surge el advenimiento del instrumento musical que mayor impacto ha ejercido en la cultura de Occidente, volviéndose expresión medular de nuestras sociedades. Hablamos del entonces llamado arpicimbalo del piano e forte instrumento que, en palabras pobres, es el ancestro directo del piano actual.

Con lo antedicho hemos de ampliar el horizonte narrativo. Ferdinando III de Medici tiene una especial predilección por toda suerte de mecanismos y ha reunido una fastuosa colección, tanto de relojes y de autómatas, como de instrumentos musicales. Es tan notable y conspicua ‒se inventariarían, por ejemplo, más de 75 instrumentos melódicos‒ que los visitantes de la corte florentina están obligados a recorrer las habitaciones del palacio en donde, a manera de museo, se exponen los artefactos y demás artilugios mecánicos. Son muy llamativos los relojes ‒sobrevivirían más de 40‒ que emiten las horas con tonadas musicales y los pequeños muebles hermosamente barnizados que albergan clavijas, teclas y plectros. No hay quien escatime loas para los afanes de coleccionista del Príncipe, pues intuyen que la reinvención de los tiempos se alimenta de lo expuesto.

Podemos suponer que el Príncipe requiere de adeptos a la manutención, afinación y custodia de sus regias colecciones. La corte los contrata con regularidad ‒hay nóminas de más de un centenar de empleados simultáneamente‒ y son preferidos quienes posean conocimientos musicales y sean diestros en el arte de la liuteria, u oficio de la fabricación de instrumentos. Sucede así, que durante una escapada de Ferdinando al carnaval de Venecia en 1688 ‒donde contrae la sífilis que lo llevará a la tumba en 1713‒, hace una escala obligada en Padua, la ciudad del famoso San Antonio. Ahí se entera de la existencia de un constructor de instrumentos de tecla cuya pericia parece no tener límites. Se dice que la entrevista tiene lugar en el propio taller del artesano, y con ello se fragua el futuro. De especial atractivo para Ferdinando son las espinetas o clavicordios de reciente invención que él mismo somete a prueba. Uno de ellos, el extinto spinettone, lo deja estupefacto, puesto que incorpora ingeniosamente las cuerdas de manera vertical con el fin de que el mueble ocupe un mínimo de espacio. Ideal para utilizarlo en esos montajes teatrales donde su orquesta a menudo ha de apiñarse en fosos pequeños. En este punto del relato debemos aclarar que hasta ese momento, después de largas experimentaciones, nadie había logrado flexibilizar tan bien la dinámica de aquellos sonidos, es decir, lo que salía de los instrumentos de tecla, a diferencia de los de cuerda y aliento, era de una monotonía tremebunda.

Ante la destreza del artesano, Ferdinando dispone que se le contrate sin dilación. Aquel, mentado por la historia como Bartolomeo Cristofori (1655-1731), deberá abandonar su terruño para irse a residir a Florencia y esto no lo ilusiona mucho. Viene entonces un tira y afloja en el que el Príncipe sale airoso y con ello, enfaticémoslo una vez más, se definen los derroteros de la posteridad. El contrato prevé un salario de 12 escudos mensuales, más comida, hospedaje y un laboratorio con todas las herramientas y ayudantes que pudieran hacer falta. A cambio, el constructor se compromete a darle servicio a los instrumentos, muchas veces de restauración y, lo más importante para nuestro cometido, se obliga a esmerarse, en aras de la gloria medicea, en sus inventos.

Cuando Cristofori llega a Florencia se encuentra con que el Príncipe ha convertido a la urbe en un verdadero polo de atracción para los cultivadores del arte sonoro. (Obviamente ya era, a partir del reinado de los Medici, una meca para pintores y escultores). Hemos de señalar aquí la magna acogida que Ferdinando le dispensa al joven Händel, a los Scarlatti y a Vivaldi,[1] entre muchos otros. Las puestas en escena de óperas son frecuentes y no es raro ver al príncipe involucrarse en las diversas facetas creativas, puesto que sabe de pintura, de arquitectura y en cuanto músico es diestro tocando varios instrumentos, canta con una bella voz de tenor y domina al tal grado el contrapunto que es capaz de componer con soltura[2] ‒hay registro de que tenía un talento excepcional, bastándole la primera lectura de una obra para poder repetirla de memoria‒, amén de tener sólidas nociones de acústica. No en balde manda construir un teatro dentro de uno de sus palacios de descanso y se ocupa en mejorar las propiedades acústicas del mítico teatro florentino Alla Pergola. (Es el primero del orbe en incorporar el sistema de palcos que, para nuestra sorpresa, sigue aún en pie)

Con esa atmosfera entorno, el constructor se da vuelo y en poco tiempo crea un sistema revolucionario con el que, finalmente, se conquista la ansiada dinámica sonora. En el nombre primitivo, ya lo dijimos, se cita después de arpicimbalo la particularidad de poder tocar “suave” y “fuerte”. Como podemos adelantar, el invento demuda a quien lo atestigua y casi por arte de magia el escenario de la proliferación se establece. (Ciertamente Cristofori no fue el único que se abocó a diseñar un mecanismo de tales características ‒En Prusia trabajó en la misma dirección Silbermann y también en Francia hubo creaciones similares‒ mas si fue el pionero, hablándose de los albores del siglo XVIII). Huelga anotar que el predestinado inventor forma alumnos y que éstos le darán continuidad a la revolución musical en acto. Para 1732 se publica, también en Florencia, la primera sonata pensada para darle vida a la creación de Cristofori. Aunque nos resulte desconocido, el nombre de su autor es nuevamente relevante: Lodovico Giustini (1685-1743), quien ve la luz, lo acabamos de leer, en el año más fecundo para la música de todos los tiempos. (Bach, Händel y Domenico Scarlatti le son coetáneos) [3]

Más pronto que tarde los compositores se entusiasman con las posibilidades del nuevo instrumento logrando que su literatura se expanda geométricamente. Tendremos una lista inagotable de publicaciones y una supremacía absoluta que acrecienta el interés de los aspirantes a músicos. Los nombres nos lo confirman: Haydn y Mozart crecen tocando el violín pero acaban escribiendo más para el Fortepiano, precisamente por la creciente demanda. En todos los conservatorios del planeta la carrera consentida comienza a volverse aquella del pianista de concierto. Al llegar la era de Beethoven y Schubert el auge es total, al punto que sólo en Viena se instalan cinco fábricas,[4] entre ellas la Bössendorfer que abre sus puertas en 1828. Pleyel hace lo propio en París y en Londres destacan los fabricantes Broadwood y Backers. En las generaciones inmediatas de enamorados del instrumento, sobresalen personajes como Mendelssohn, Liszt, Chopin, Schumann, Brahms, Tschaikovsky, Saint-Saëns, Grieg y Debussy. No sobra que citemos a sucesivas luminarias que también deslizaron sus vidas sentados ante un teclado valiéndose de él para parir sus criaturas sonoras: Rachmaninoff, Albeniz, Ravel, Granados, Bartok, Prokofiev, Scriabin, Poulenc, Satie, Paderewsky y Gershwin.[5]

En lo que concierne al aposentamiento americano debemos apuntar que es bastante temprano, y aquí nuestro país puede enorgullecerse, ya que un cierto Manuel Pérez funda en la calle de Monterillo #8 de la Ciudad de México la primera fábrica de Hispanoamérica. Posterior es la fundación de otra renombrada compañía a cargo de un emigrante alemán que funda en 1853 la Steinway de Nueva York.

Por lo demás, podemos acreditar que nuestros compositores tampoco son inmunes a la invención de Cristofori. Bástenos con apuntar a Ricardo Castro, Felipe Villanueva, Manuel M. Ponce, José F. Vásquez, José Rolón, Blas Galindo y José Pablo Moncayo para hacernos una idea nítida de lo que puede suceder cuando un mandatario tiene el tino para pulsar las teclas de su poder con la diestra suavidad de la que hizo gala Ferdinando de Medici. Valga su ejemplo para invocar otras realidades y otras formas de gobernar…

[1] En agradecimiento, el ínclito veneciano le dedica su colección de conciertos del op. III denominada L´estro armonico

[2] Subsisten algunas composiciones suyas para clavicordio.

[3] Se recomienda visitar el sitio: www.youtube.com/watch?v=H3JJjCTetHY para escuchar una de sus 12 sonatas para cimbalo di piano e forte “dicho vulgarmente de martinetes”.

[4] Son las de los fabricantes Graf, Stein, Streicher y Walter.

[5] Se sugiere la audición de algunas obras emblemáticas de la literatura pianística. Audio 1: Felix Mendelssohn – Lied ohne worte op. 53 n° 3 Presto agitato. (Franck van de Larr, piano. CLASSIC COLLECTION, 2000) Audio 2: Edvard Grieg . Lyric piece del libro IV op. 47 (Hákon Austbø, piano. BRILLIANT CLASSICS, 2001) Audio 3: Isaac Albéniz – Castilla (seguidilla) de la Suite Española T.61 (Miguel Baselga, piano. BIS, 2005) Audio 4: Maurice Ravel – Valse a la maniere de…Borodine. (Werner Hass, piano. PHILIPS, 1993) Audio 5: Béla Bartok –Tambourine de las Pequeñas piezas para piano BB. 90. (Jenó Jandó, piano. NAXOS, 2014) Audio 6: Sergei Prokofiev – Tales of the Old Grandmother op. 31 (Frederic Chiu, piano. HARMONIA MUNDI, 1997) Audio 7: Manuel M. Ponce – Serenata Mexicana “Alevántate”. (Héctor Rojas, piano. SONY, 1996)