“La Traviata”, un desastre en Bellas Artes

La puesta en escena de "La Traviata" en Bellas Artes.
Foto: Especial

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Con una puesta en escena digna, en el mejor de los casos, de un teatro de octava pero nunca del máximo recinto cultural de México, el Palacio de Bellas Artes presentó la primera de cuatro funciones de la sumamente conocida e igualmente gustada ópera La Traviata de Giuseppe Verdi, estrenada en el legendario Teatro La Fenice de Venecia el 6 de marzo de 1853.

El hecho es muy significativo porque desgraciadamente, dados los recortes presupuestales, esta ópera puede ser la última que se presente este año y, por lo tanto, marcaría de manera desastrosa todo el quehacer operístico 2015.

Las responsables directas de este desaguisado son Juliana Faesler y Clarissa Malheiros, quienes se ostentan como directoras, pero hay también responsables superiores (los que les encargaron la puesta y no supervisaron lo que estaban haciendo) y colaterales como el de ¿”Coordinación y diseño de vestuario”? Mario Marín del Rio y las encargadas deL diseño de escenografía e iluminación, de nuevo la inefable Faesler, en complicidad con Erika Gómez.

De este desastre se salva la parte musical encargada en su dirección al maestro Srba Dinic, el coro que sigue sin titular y que esta vez actuó bajo la égida de Jorge Alejandro Súarez, y las voces protagónicas a cargo en los papeles principales de María Katzarava (Violeta), Arturo Chacón (Alfredo) y Jesús Suaste (Germont), demostrando así, una vez más, nuestra enorme riqueza en materia de cantantes.

Separando pues, muy claramente, los dos terrenos, el musical y el escénico, volvamos a este último porque en verdad es grave lo que sucedió y merecería medidas correctivas igualmente serias.

En principio, aduciendo razones presupuestales, la producción fue un pastiche; se tomaron unos cuantos trastes de aquí y de allá, unos trapos de más allá y otros tantos de quién sabe dónde y, todo mezclado, se lanzó al escenario sin ningún orden y menos concierto dando como resultado, entre muchísimas otras cosas deleznables –por ejemplo, el que Violeta apareciera en el primer acto con frac (masculino por supuesto), pantalones negros ajustados y tacones altos, mientras que Alfredo lo hacía con vestimenta del siglo XVIII y, en el segundo acto, ella como una aldeana quizás siglo XIX y él con vestuario de hoy.

En este mismo segundo acto las gitanas que llegan a alegrar –recalco alegrar– un fiesta en una casa galante, visten de riguroso luto, de negro, de la cabeza a los pies. ¿Dónde tienen la cabeza las “directoras”, en los pies?

De la escenografía y luces mejor nos ahorramos el espacio y, el colmo, falsificando la trama, y ya que estamos en La Traviata no resulta exagerado decir prostituyendo la trama, las “creativas” colocan a Violeta no en su casa y su cama –como marca el libreto–, sino en una cama de hospital y…¡con muletas!

Violeta está muriendo de tuberculosis pero en ninguna parte de La dama de las camelias –novela de la que se deriva la ópera–, y en ningún renglón del libretista José María Piave se lee que tuviera una pierna rota, padeciera de artritis reumatoide ni cosa por el estilo, así que ¿de dónde diablos sacaron estas “directoras” el hospital y las muletas? Sin ningún sentido de lo que la dirección escénica significa, lo único que presentan es un cochinero y visualmente un montaje muy sucio y de mal gusto.

Que pena que tan buenas voces se hayan echado a la basura.