St. Martin in the Fields y Joshua Bell

Joshua Bell, violinista.
Foto: AP

MÉXICO, D.F. (apro).- Con más de 500 CDS, no sé cuántos Discos de Oro, cintas sonoras de películas tan exitosas como Amadeus que, por supuesto, le han significado otros tantos premios, la maravillosa orquesta Academy of St Martin in the Fields (Academia de San Martín en los Campos) es, sin posibilidad alguna de discusión, uno de los mejores conjuntos musicales del orbe, y sus conciertos un verdadero banquete propio de sibaritas aunque también para legos.

Fundada en 1958 por Sir Neville Marriner, la San Martin se ha caracterizado, entre otros factores, por su capacidad para actuar sin director, y para nada en demérito de su inmensa calidad sonora, lo cual, sin embargo, no implica que desdeñen por completo y permanentemente la presencia de un conductor, como sucedió con el propio Sir Neville y, actualmente –de muy poco tiempo para acá–, del violinista de excepción Joshua Bell.

Este binomio fuera de serie, orquesta-violinista-director, ofreció en el Palacio de Bellas Artes dos de los mejores conciertos que se hayan dado en México en lo que va del año y, a menos que algo sorprendentemente extraordinario suceda, lo serán del 2015.

Los programas fueron diferentes en cada ocasión pero ambos incluyeron sendos conciertos para violín y orquesta y sinfonías del gran Beethoven, lo cual permitió aquilatar el grado de homogeneidad alcanzada entre los atrilistas –y de éstos con su joven conductor quien, por supuesto, a la antigua usanza, conduce desde y con el violín.

El primer programa se integró con la obertura de la ópera Las bodas de Fígaro del Divino Mozart (1756-1791), infaltable desde luego; el espléndido Concierto No. 2 de Félix Mendelssohn (1809-1847), y la brillante Sinfonía No. 3 de Beethoven (1770-1827).

El segundo incluyó la Sinfonía No.1 de Sergei Prokofiev (1891- 1953), el exquisito Concierto No.1 para violín de Max Bruch (1838- 1920), y la más rítmica de las sinfonías beethovenianas, la séptima.

El despliegue virtuosístico de Joshua Bell encontró en los dos conciertos los canales más propicios para literalmente encantar al público que, en ambas ocasiones, atiborró Bellas Artes. Su digitación, el manejo del arco, su intención y musicalidad producen un sonido excepcional que, obvio, puede escucharse pocas veces. A su impecable técnica agrega su enorme carisma y evidente amor por la música y lo que está haciendo, todo lo cual desarrolla con una enorme naturalidad y afabilidad que ya por sí mismas se ganan a la audiencia. Su concentración es absoluta pero amable, relajada, “alivianada” –diríamos en el lenguaje de hoy.

Y la orquesta, ¡qué orquesta! Qué calidad y potencia de sonido, qué forma de auténticamente tocar juntos, de entender que cada uno es parte imprescindible del todo y que, una mínima, mínima discordancia de uno, afectará el resultado de todos. Y esta es otra de las particularidades de la San Martin: como saben que lo están haciendo bien, tocan con alegría, con placer, con gusto que se trasmite a todos.

Así, gozo del solista-director, gozo de cada uno de los músicos y gozo del conjunto, que se traducen en lo que ya arriba se afirmaba: ¡Los mejores conciertos del año! Qué hermoso compartir su gozo.

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Nota Bene: Felicitaciones a Bellas Artes por su decisión de poner la pantalla gigante, lona y sillas a un costado del palacio para que, gratuitamente, la gente pueda disfrutar estos conciertos y funciones.