El fulgurante ascenso de los kurdos

Una de las protestas contra el régimen de Erdogan en Turquía.
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MÉXICO, D.F. (apro).- Ya sea a través de las urnas o de las armas, de diez años para acá los miembros del pueblo kurdo distribuidos en Turquía, Siria, Irak e Irán han ido cobrando un creciente protagonismo político y geoestratégico.

Divididos en esos cuatro países por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial tras el derrumbe del Imperio Otomano, su situación durante decenios fue de marginación y persecución. Pero de pronto las cosas empezaron a cambiar. Primero, con la invasión de Estados Unidos a Irak; luego, con la eclosión de la “primavera árabe”, y, sobre todo, con el estallido de la guerra civil en Siria y la emergencia del Estado Islámico (EI). Hoy, los kurdos están en la primera línea del frente.

El 7 de junio se celebraron elecciones generales en Turquía y por primera vez en 13 años el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, islamista moderado), que controlaba la vida política, perdió su mayoría absoluta en el Parlamento. En mucho, esta pérdida se atribuyó a los delirios autoritarios de su exprimer ministro y ahora presidente, Recep Tayyip Erdogan, quien quería modificar la Constitución para perpetuarse en el poder.

Pero nadie duda de que el que supo capitalizar este descontento fue el Partido de la Democracia de los Pueblos (HDP, nacionalista kurdo y de izquierda), que con su joven y carismático líder, Selahattin Demirtas, superó el alto 10% exigido para ingresar en ese hemiciclo (obtuvo 13%).

A reserva de que se logre formar un gobierno, los kurdos ocuparán más curules que nunca: unas 75, de 550; la mayoría en representación del HDP, aunque paradójicamente también del AKP. Y entre los candidatos kurdos que han logrado un escaño se encuentra Dilek Öcalan, la sobrina de Abdulá Öcalan, el líder histórico del separatista Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), quien actualmente purga cadena perpetua en una cárcel solitaria del Mar de Mármara.

Desestimados como “turcos de las montañas”, se espera que ahora los nuevos legisladores kurdos empujen su agenda histórica, que pide su reconocimiento constitucional como miembros de esa minoría y el respeto a su lengua y cultura. Pero sin duda también exigirán mejoras socioeconómicas y una mayor autonomía administrativa (hace rato que los kurdos-turcos, incluido el PKK, han dejado de hablar de independencia).

Además de ganar esta plataforma política, el HDP viene jugando desde 2013 un papel crucial en un proceso de paz que busca dar fin a 30 años de conflicto armado entre el gobierno de Ankara y el PKK, que ha cobrado más de 40 mil muertos y desplazado a 3 millones de campesinos kurdos de sus aldeas, arrasadas por el ejécito turco.

Empantanado el conflicto, sorpresivamente Erdogan emprendió a fines de 2012 conversaciones secretas en la isla-prisión de Imril con Öcalan, quien fue detenido en 1999 en Kenia, en una acción supuestamente coordinada de turcos, israelíes y estadunidenses. Incorporado a las pláticas, el HDP sirvió de enlace entre el gobierno, el líder preso y la milicia del PKK.

Muy pronto se vieron frutos. Luego de una liberación de rehenes turcos, Öcalan anunció el 21 de marzo de 2013 un cese del fuego unilateral permanente y pidió a los milicianos del PKK que se replegaran a las montañas de Qandil, ubicadas en el Kurdistán iraquí, cuyo gobierno autónomo les ha brindado apoyo.

En esa nevada zona montañosa, ese día se reunieron unas 8 mil personas que, junto con las banderas estrelladas del PKK, ondearon las amarillas del Partido Democrático del Kurdistan (PDK) y las verdes de la Unión Patriótica del Kurdistán (PUK), las dos principales agrupaciones políticas de esa regón autónoma iraquí, que años atrás también libraron una lucha guerrillera contra el régimen de Sadam Hussein.

La multitud estalló en júbilo cuando desde Diyarbakir, la principal ciudad kurda de Turquía, líderes del HDP leyeron el mensaje de “Apo” –como llaman los militantes del PKK a Öcalan– que anunciaba “no el final, sino el comienzo de una nueva era”.

Dos años después, en febrero pasado, tras un acuerdo entre el gobierno de Ankara y la jerarquía del HDP –que previamente había consultado en Qandil a la dirigencia militar del PKK– Öcalan convocó a “un congreso” para debatir el abandono definitivo de las armas, lo que fue calificado por los nacionalistas kurdos del parlamento turco como “una voluntad histórica para reemplazar la lucha armada por la democrática”.

Más allá de estos espectaculares anuncios, sin embargo, en el proceso de pacificación no se han producido avances sustanciales y sí muchos enfrentamientos, algunos violentos. De hecho, exceptuando al AKP y el HDP, el resto de los partidos políticos y un gran porcentaje de la ciudadanía turca, que siguen albergando profundos sentimientos nacionalistas, no ven con buenos ojos un acuerdo de paz con “los delincuentes” del PKK.

Pero también hay dudas sobre Erdogan mismo. Según el columnista turco Yayuz Dayvar, éste “emprendió el proceso de paz con los kurdos sin contar con una hoja de ruta ni una estrategia coherente, sólo con el fin de ganar tiempo y consolidarse en el poder”. Y apenas tres meses antes de las elecciones, Demirtas acusó al presidente de “crear falsas expectativas” y no tener voluntad de negociar un programa de diez puntos que planteó Öcalan para dejar las armas. Aunque éste no ha trascendido, se sabe que no difiere mucho de las demandas de los nacionalistas kurdos en el Parlamento.

En todo caso conforme avanzaban las campañas, las partes volvieron a recurrir a la misma retórica de “terroristas-opresores” de años anteriores, al grado de que cuando la víspera de los comicios estallaron dos bombas en medio de un mitin del HDP en Diyarbakir, Demirtas apuntó hacia Erdogan por haber creado un clima propicio para estos ataques.

No ha sido el único hecho sangriento en el camino de la pacificación. Atentados, enfrentamientos y disturbios violentos reprimidos por la policía se han sucedido en estos dos años. Pero sin duda los más graves fueron los de octubre de 2014, cuando los kurdos-turcos salieron a la calle en protesta por la inacción del gobierno de Ankara ante el avance del EI sobre el enclave sirio-kurdo de Kobane.

Con cientos de miles de civiles que huían del enfrentamiento hacia Turquía y la autorización del Congreso turco para que el ejército combatiera a los yihadistas más allá de la frontera, Erdogan hizo hasta lo imposible por mantenerse al margen, dejando a las Unidades de Protección Popular (YPG), la milicia local kurda, la defensa de la ciudad. Inclusive criticó a la coalición internacional encabezada por Estados Unidos por brindarle respaldo aéreo.

Su dilema: defender a Kobane y apoyar a las YPG que han mantenido un lazo histórico con el PKK –Öcalan lanzó su lucha armada desde esa zona, a la cual se replegaba cada vez que lo perseguía el ejécito turco– o dejar que el yihadismo avanzara y tomara el control de una gran parte de su frontera con Siria.

Deseoso de la caída del régimen de Bashar el Asad, Erdogan no sólo ha sido acusado por los kurdos, sino por otros actores de apoyar a la oposición siria y, muy concretamente, al EI. De hecho los medios han presentado a la frontera turco-siria como el principal paso de reclutas, armamento y provisiones para esa organización; y algunos informes dicen que hasta 3 mil turcos se habrían sumado a sus filas y utilizarían su propio territorio como retaguardia.

Otro ejemplo de esta ambigüedad se dio el 15 de junio pasado, cuando miles de sirios-árabes y turcomanos se agolparon ante la verja que separa a Siria de Turquía, huyendo de los feroces combates que libraban dos facciones kurdas, apoyadas por bombardeos de la coalición internacional, en torno de la ciudad fronteriza siria de Tel Abyad.

Pero el gobierno turco, que acoge ya a 2 millones de refugiados, en lugar de dejarlos pasar, lanzó indiscriminadamente contra la multitud chorros de agua, mientras la policía observaba impávida cómo milicianos del EI arrastraban a los fugitivos nuevamente tierra adentro. Erdogan dijo inclusive que el operativo “beneficia a los kurdos”, porque desplazaba a otra etnias de esa localidad.

El equilibrio sectario en el norte de Siria es complejo, porque Hafez el Asad, padre de Bashar, repobló durante su mandato esa zona con árabes y turcomanos, para desplazar a los kurdos, a quienes inclusive negó la ciudadanía para reprimir sus ansias separatistas. El EI contribuyó a escalar estas tensiones, al dar a esos dos grupos posesiones que los kurdos abandonaron en su huída.

Al final, Turquía acabó abriendo sus fronteras ante la presión internacional, y por lo menos otros 16 mil fugitivos entraron en su territorio. Por su parte las YPG, esta vez apoyadas por una coalición kurdo-árabe llamada Burqan al Firat, afín al Ejército Sirio Libre (ESL), logró en una operación de pinzas acorralar y derrotar al EI, recuperando Tel Abyad y, con ello, cortando el principal paso fronterizo de aprovisionamiento de su feudo en Raqqa.

Con este triunfo, además de la recuperación previa de Kobane, los kurdos controlan ahora 400 kilómetros de frontera siria, desde Alepo hasta los límites con Irak. Esta franja reúne a los cantones kurdos de Kobane, Yasira y Afrín, que ellos llaman con un solo nombre: Rojava; y que por supuesto Damasco no reconoce y Ankara teme se convierta en una entidad separatista que amenace sus fronteras.

En Irak, como lo ha documentado ampliamente la prensa internacional y ya se abordó en Apro (¿La hora del Kurdistán? 04 de juklio de 2014) los kurdos también se han convertido en un tapón imprescindible para frenar el avance del EI, sobre todo desde que en junio del año pasado las tropas iraquíes abandonaron en desbandada la defensa de Mosul. Desde entonces, y aunque han perdido y recuperado territorios, mantienen un cordón de seguridad en torno de su región autónoma.

Reacio a prestar sus combatientes peshmerga al ejecutivo de Nuri al Maliki, el Gobierno Regional del Kurdistán (GRK) parece ahora dispuesto a acudir al llamado que hizo en abril el nuevo presidente iraquí, Haidar el Abadi, para tratar de arrebatarle a los yihadistas la región de Nínive.

Envalentonado por sus avances militares, con disponibilidad de petróleo y una economía en crecimiento favorecida por la invasión estadunidense que derrocó a Hussein, a mediados del año pasado el presidente del GRK, Masud Barzani, anunció que convocaría a un referéndum para decidir la independencia del Kurdistán iraquí. Esta consulta no se ha llevado a cabo por la situación de guerra que prevalece, y en menos de dos meses vence la extensión de mandato que el parlamento le otorgó en 2013. De todos modos Barzani está seguro de que él o su sucesor pondrá este tema sobre la mesa.

Los que menos presencia tienen en este momento son los diez millones de kurdos de Irán. Marginados y hostilizados como en los otros tres países, con la llegada del moderado Hassan Rohani a la presidencia de la República Islámica en 2013 se abrieron expectivas de cambio que no se han cumplido hasta ahora, aunque hay fuentes que consignan que se están llevando a cabo pláticas secretas fuera de territorio irání.

Por otra parte el régimen chiita, que cuenta con un enorme y disciplinado aparato militar, no ha requerido de los kurdos para mantener protegido su territorio del avance del EI. Ello no ha sido obstáculo para que algunos grupos kurdos-iraníes se hayan sumado a las milicias concentradas en Qandil, donde visualizan al PKK y Öcalan como sus virtuales líderes.

“Los kurdos no tenemos fronteras, seguiremos siendo siempre un mismo pueblo”, dijo hace un año Ahmed Türk, alcalde del HDP en la localidad turca de Mardin y líder histórico del nacionalismo kurdo. Los vasos comunicantes están a la vista y aunque por ahora nadie habla de una reunificación, será difícil soslayarla después de la actual coyuntura.