La “narrativa” de Pacheco en El Colegio Nacional

Noviembre de 1976. Pacheco en su biblioteca.
Foto: Rogelio Cuellar

MÉXICO D.F. (proceso.com.mx) Este jueves se realizó la segunda de cuatro charlas del homenaje Jose Emilio Pacheco. La memoria encendida, dictada bajo el tema “Narrativa”, que El Colegio Nacional anunció en el marco del que sería el 76 aniversario de nacimiento del autor de Las batallas en el desierto (1980).

Para esta ocasión se dieron cita Héctor Abad Faciolince, Álvaro Enrigue, Rafael Olea Franco, y Juan Villoro como moderador.

Fue este último quien abrió la ponencia recordando la “casa” de José Emilio Pacheco (30 de junio de 1939- 26 de enero de 2014), El Colegio Nacional, e hizo referencias a diversos poemas como “Las casas y las cosas”.

En esa Sala Principal Pacheco dictó sus ponencias desde que ingresó en julio de 1986, y el espacio donde rodeado de amigos, familiares y lectores fue despedido en una ceremonia de cuerpo presente un día después de su fallecimiento. El mismo lugar donde el próximo día 30 un nuevo se reunirá para analizar el género ensayístico en la obra de Pacheco, incluido el periodismo, en el cual se incluirá la columna Inventario (publicada semanalmente en la revista Proceso).

En su turno, Álvaro Enrigue, autor de La muerte de un instalador y Muerte súbita hizo memoria sobre su encuentro con Pacheco durante un taller de “Cronista modernista” en la Universidad de Maryland, Estados Unidos:

“Para él el acto de contar era un imprescindible en sus sesiones”, rememoró, y dio paso a otra anécdota:

“Ricardo Piglia tenía sólo una hora para platicar con él, pues tenía que abordar un vuelo y no tenía mucho tiempo, pero durante esa hora fue José Emilio quien realizó toda la charla.”

Ólea Franco, por su parte, a través de un texto-guía para su charla que entregó a apro, desmenuzo en su introducción la lista completa de la obra narrativa de Pacheco: De La sangre de la medusa (1958), El viento distante y otros relatos (1963), Morirás lejos (1967), El principio del placer (1972), a Las Batallas en el desierto, a las que añadió muchos de sus textos para la columna Inventario, “cuya función primordial es de carácter narrativo como su serie ‘Diálogos de muertos’.

“Sin duda en muchos de sus Inventarios Pacheco ejerció la historia contrafactual, tan criticada por muchos historiadores académicos, pero tan rica desde el punto de vista creativo.”

En el texto describió los “Ejes de la narrativa de Pacheco” a los que dividió a través de cuatro temas: Intertextualidad, Función de la historia, Ética en la escritura e Ironía, mismos que se transcriben a continuación:

Intertextualidad

La intertextualidad en la obra de Pacheco se manifiesta desde sus relatos de 1958 “La sangre de Medusa” y La noche del inmortal”, de clara influencia borgeana. Pacheco nunca fue un iconoclasta, pues siempre reconoció con agradecimiento sus influencias: Borges, Reyes, Paz, López Velarde, etcétera.

En el prólogo de 1990 al volumen La sangre de Medusa y otros cuentos marginales, Pacheco mencionó que en la década de 1950 él fue uno de los primeros escritores de nuestra cultura en asumir que para crear una literatura, lo leído valía tanto como lo vivido.

En sus cuentos incluso introduce una reflexión sobre la literatura previa, como sucede en “La fiesta brava”, donde se discute la probable influencia de la literatura fantástica de Carlos Fuentes en relación con el cuento escrito por el personaje de Pacheco llamado Andrés Quintana. Así, con habilidad, Pacheco enuncia directamente sus fuentes, pero a la vez marca sus diferencias respecto de ellas, es decir, su originalidad.

Función de la historia

En primer lugar, en cuanto a la percepción de la plena fugacidad de todos los sucesos de cualquier vida individual, que genera una conciencia absoluta. Por ejemplo, cuando en Las batallas en el desierto Carlitos desea fijar en su memoria el momento en que se enamora de Mariana, considera que es un acto único e irrepetible.

En segundo lugar, en su sentido historiográfico. Esto se percibe desde los inicios de su escritura, pues su cuento “La noche del inmortal” está ligado a Gavrilo Princip, cuyo asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo el 28 de junio de 1914 fue la chispa o pretexto para desencadenar la llamada Primera Guerra Mundial.

En el caso de su literatura fantástica, este rasgo imprime un sesgo muy particular al género, el cual no es visible en otras tradiciones, por ejemplo la argentina. Por cierto que en la segunda versión de su cuento “Tenga para que se entretenga”, añadió algunos datos sobre un suceso que suele silenciarse en la historiografía oficial: la reclusión de algunos alemanes, japoneses e italianos en Cofre de Perote durante la Segunda Guerra Mundial.

Quizá su novela experimental Morirás lejos (1967) sea el texto donde se muestra con mayor fuerza el interés de Pacheco por la historia, pues la novela gira alrededor de la diáspora judía iniciada en el año 73 d. C, con la caída del templo de Jerusalén, y llega hasta el exterminio de los judíos en el gueto de Varsovia, en la llamada “solución final” de Hitler.

La ética en la escritura

La escritura es el campo en donde se discierne el principal dilema ético: la preocupación por el otro. Concepto de Geoffrey Harpham, a partir de las propuestas del filósofo franco-lituano Emmanuel Levinas.

Un segundo sentido de la ética sería entenderla como la obligación que tenemos todos de cumplir cabalmente con nuestra profesión. En el caso del escritor, obviamente: siempre intentar escribir bien.

La ironía

Elemento estructural de los textos de Pacheco, que incluso sirve para construir una sátira completa de ciertos hábitos o costumbres de la sociedad en textos como “Tenga para que se entretenga” y Las batallas en el desierto. En este último se atestigua la transformación de la sociedad mexicana urbana de mediados del siglo XX durante el alemanismo, cuando la entrada del capitalismo estadounidense implicó el cambio de las costumbres, empezando por la comida y las bebidas.

También se presenta en sus textos la autoironía, visible en los rasgos de algunos de sus personajes, como en el traductor y escritor frustrado Andrés Quintana, quien en el momento de ser atrapado por los personajes de ficción que había creado en su cuento “La fiesta brava”, alcanza a ver un letrero que dice “Asesinos, no olvidamos Tlatelolco y San Cosme”, el cual corrige mentalmente por “Asesinos, no olvidamos Tlatelolco ni San Cosme” (p. 113); si por un lado esto es una clara alusión a las sangrientas represiones gubernamentales del 2 de octubre de 1968 y del 10 de junio de 1971, por otro lanza un guiño autoirónico contra los escritores que privilegian las cuestiones gramaticales sobre otros sucesos más trascendentes.

Por cierto que es necesario prevenirse de hacer una lectura linealmente autobiográfica de los textos narrativos de Pacheco, como sucedió con un libro dedicado a la Colonia Roma, en cuya primera edición se decía que en Las batallas en el desierto se atestiguaba que la madre del escritor había aborrecido la Colonia Roma en el momento en que ésta decayó y fue invadida por personas provenientes del sureste o de origen árabe; ante esta lectura, Pacheco mandó una carta a un diario de circulación nacional aclarando que esa opinión pertenecía a la madre del protagonista de Las batallas, no a la del escritor real.