El rapto (Segunda parte)

Margarita Prince (al centro) y Samuel (derecha).
Foto: Especial

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En la parte inicial de este texto relatamos el inesperado y cruel desenlace que tuvo el primer matrimonio de la pianista Margarita Prince de Zanardi, del cual puede entenderse que una inacabable zozobra fuera el régimen cotidiano de sus vigilias. La niña que le fue arrebatada se transmutó en un recuerdo obsesivo que le rasgaría las entrañas para el resto de su existencia. Asimismo, anotamos que esa oscura circunstancia daría pie para el surgimiento de una nueva unión conyugal de la que provendría una descendencia todavía en expansión. Por ende, el secuestro fue simiente y la desdicha fue propiciatoria.

Vayamos ahora a los últimos años de la década de 1870, de nuevo en Saltillo, al tiempo en que Margarita retoma el hilo de sus actividades al frente de la Academia Santa Cecilia. Huelga decir que a raíz del suceso avendría un luto perpetuo y un envejecimiento precoz. Debemos asumir que en la música encontró la fuerza para no decaer y que su reciedumbre anímica la ayudó a preservar la cordura.

Una tarde, perdida la esperanza de volver a ver a su niña y su marido, la desconsolada mujer optó por deshacerse de las vestimentas de éste que yacían aún en el ropero‒es de apuntar que sí conservó el violín dejado por su ex‒, dirigiéndose a un centro de asistencia para desposeídos. El destino quiso que en ese preciso momento acudiera también un caballero que iba a donar más ropa usada. Podemos recrear la escena: Margarita carga el bulto con gesto lúgubre y las palabras que emite al entregarlo son sombrías. Al observarla, el caballero queda intrigado y se siente atraído por ella ya que, a pesar de la pena, la nobleza de su rostro seguía llamando la atención.

Para abundar, en el diálogo inicial brotó algún piropo que la pianista aceptó de buen grado hasta que el caballero tomó la iniciativa de invitarla a dar un paseo por la alameda. Con entendibles reticencias, la maestra condescendió a darse una oportunidad, permitiendo que se estableciera la comunicación con este hombre que, sin imaginarlo, habría de rescatarla de su infortunio. Ignoramos cuánto tiempo debió transcurrir para que Margarita venciera sus miedos, dejando que el encuentro casual su convirtiera en noviazgo, sin embargo, el desarrollo amoroso cundió y la nueva unión quedó firmada en actas. En ellas se estipuló que el señor Eduardo Máynez, de profesión boticario, desposó a Margarita y que el contrato matrimonial se celebró en el Registro Civil de Saltillo.

Lo siguiente que sabemos de la pianista es que, por instancias de su nobel consorte, se mudó a una ciudad cercana que le facilitaría dejar atrás los fantasmas del pasado. La elección cayó en un oasis urbano que surge en medio del desierto. Ahí, en Parras de la Fuente, Margarita volvió a sentirse viva y además de abrir una tienda de música, accedió a que vinieran los retoños de su nuevo amor. Primero fue Ana Carlota, otra infanta de ojos claros y pelo rubio, y a ella le siguieron dos niñas más. Vinieron después tres varones de fila, Ricardo, Samuel y Eduardo, completándose la progenie con otros dos críos, Alberto y María. En la flamante morada, Margarita se consagró de lleno a la maternidad, no obstante, puso todo su empeño en educar con música a su numerosa prole.

Con los ocho críos organizó una suerte de orquesta familiar que tocaba para solaz del círculo íntimo de amistades y parientes. Las niñas aprendieron a tocar la mandolina y el piano, revelándose en una de ellas una fuerte vocación musical. Fue esta la que llevó el nombre de su madre ‒Margarita Máynez Prince‒ y a quien el medio musical de México recordaría como una destacada pianista de concierto y una médium de grandes dotes. El espiritismo lo había iniciado Margarita mamá en Saltillo en aras de desvelar el paradero de la hija raptada. Ya en Parras, el contacto con el más allá se volvió una costumbre a la que se adhirieron varios miembros del clan familiar. Es de citarse que Margarita hija participó, dada la amistad establecida, en las sesiones con mesas adivinatorias que organizaban los Madero, Francisco Ignacio y Gustavo Adolfo incluidos.

Con respecto a los cuatro varones, la educación musical fue manifiesta. Eduardo junior y Ricardo escogieron el chelo, mas no se dedicaron profesionalmente a la música. El más pequeño, Alberto, aprendió a tocar el clarinete pero, a la postre, eligió quedarse con la botica que habían fundado en Parras los ancestros Máynez. Tocante a Samuel, el segundo de los hombres, hemos de apelar a un hecho extraordinario para encuadrar el derrotero de su vocación artística. Crónicas familiares cuentan que recibió, como los demás, lecciones de piano, pero que antes de leer las letras podía solfear las notas. Habría de perfilarse como pianista hasta que un día hurgó en el desván de la casa topándose con el violín del hombre que había abandonado a su madre. Seducido por la belleza del instrumento, rogó para que lo dejaran tocarlo. Era un vestigio de la infamia y había una severa prohibición para sacarlo del estuche, empero, estaba arrumbado y nadie había vuelto a arrancarle sonidos…

Al cabo de llantos y pataletas, a Samuel le concedieron el permiso para adueñarse del violín, perfilándose así su destino en el arte sonoro. Como pudo, su madre le enseñó los rudimentos y en pocos meses fue capaz de ejecutar algún concierto estudiantil. No obstante, hubo necesidad, apenas atravesó el umbral de la adolescencia, de buscarle algún maestro y para ello fue imperativo mandarlo a estudiar a la capital. Había una tía paterna que podría hospedarlo. Una vez en la Ciudad de México supo de privaciones y de la corrosiva melancolía por su tierra natal. Ignoramos cuáles fueron sus estudios formales y dónde los realizó. Circularon solamente los nombres de José Rocabruna[1] y Pedro Valdés Fraga[2] como probables mentores. De lo que hay certitud es que en 1917 contrajo un matrimonio que se revelaría como una fuente inundada de frustraciones. Para Emma Puente, la desposada, irían íntegros sus requiebros amatorios, mas ella se los correspondería con desdenes e ironías.

La narrativa familiar refiere que Samuel había tenido severas inclinaciones donjuanescas durante su juventud, al grado que no dejaba escapar ninguna oportunidad con faldas. Tendría que aparecer alguna mujer de carácter para domarlo y ésta fue la citada señorita Puente Moya, una zacatecana hija de un próspero abogado y sobrina del destacado general Luis Moya. El porqué del desbalance afectivo se originó en el despecho que ella sufrió al haber sido novia de un pintor, un cierto Juan Espejo, que la dejó, a pocos días de la boda, por otra. Ahí, en el culmen del resentimiento se dio el encuentro que fraguaría un casorio, el de Samuel y Emma, de franca desigualdad. Ella no lo quería pero él le vino bien para rehacer su imagen. Ella estaba acostumbrada al lujo y con él tuvo que avenirse a la estrechez como forma de vida. Él se enamoró perdidamente y se contentó con las migajas de cariño que ella se avino a darle. Él quiso darle una vida holgada pero los avatares de su posición como violinista de orquesta, la convulsa situación del país suscitada por la Revolución y la carencia de estímulos profesionales se lo impidieron. Y así, con tales antecedentes, nacieron y se educaron los hijos.

Para reforzar los contrastes, hemos de anotar algunos rasgos que sobrevivieron al olvido: Samuel poseía una bondad con mayúscula, Emma solía ser malévola e intrigante. A Samuel le disgustaba que se hablara mal de las personas ‒excepción hecha con Carlos Chávez, a quien padeció cual miembro de la Orquesta Sinfónica de México y pagador de la misma‒, para Emma, difamar y calumniar eran el pasatiempo favorito ‒excepción hecha con la pintura de la que, repárese en el vínculo con el tipo que la ninguneó, intentó volverse diestra. Para Samuel, transmitirle a su descendencia la pasión por los sonidos ordenados era relevante y vital, a Emma eso le parecía inconveniente. Con obviedad, ella salió ganando, no sólo en volver a la progenie impermeable a la música, sino en inculcarle la maledicencia como herramienta esencial de comunicación.

Afinando la personalidad del vástago de Margarita Prince, hemos de agregar que hacia el fin de su aposentamiento terrenal fue heredado en vida por su hermana Ana Carlota y que la ingente suma se evaporó en beneficencias. Les dio préstamos a colegas en apuros, pagó entierros y financió cuanto bien inmueble le fue solicitado. A parte de eso permanece su huella como compositor[3] y son ahora sus nietos y bisnietos ‒los que provienen de la rama que brotó de su hijo, el doctor Samuel Máynez Puente‒ quienes se abocan a eximirla del menosprecio congénito de la que fue objeto. La buena nueva es que es música donde abunda una belleza que no logró raptar la oscura condición humana…[4]

[1] Violinista catalán de renombre que, una vez afincado en México, se distinguió por su labor conjunta para fundar la OFUNAM.

[2] Violinista y compositor oriundo de Parras de la Fuente, Coahuila, que impartió cátedra en el Conservatorio Nacional y dejó obra para su instrumento. Tocó en trío con Manuel M. Ponce y con él hubo de exiliarse, en 1915, en Cuba.

[3] Dentro de su catálogo hay piezas para piano, danzas para violín, canciones, un ballet Azteca y la obra vocal Navidad en México (Proceso 1833)

[4] Escuche una primicia preparada especialmente para sustentar lo que este texto promulga. Audio 1: Romanza para piano n° 1. – Samuel Máynez Prince. (Héctor Rojas, pianísta. Grabación del 25 de julio de 2015 realizada en el Estudio-Casa del mtro. Rojas. David Díaz, ingeniero de grabación). Audio 2: Canción de cuna a Samuel Cristóbal – Samuel Máynez Prince. (Samuel Máynez Champion, violinista. Karina Peña, pianista.HIMFG/ NESTLË, 2003)