Rememora Krauze a José Emilio Pacheco y “su batalla contra el olvido”

Enrique Krauze, escritor.
Foto: Octavio Gómez

MÉXICO, D.F. (apro).- Este día se llevó a cabo la última de las charlas en homenaje a José Emilio Pacheco (30 de junio de 1939- 26 de enero de 2014) en El Colegio Nacional, a través de las cuales sus colegas de esa institución realizaron un retrato íntimo del poeta, quien en la mayor parte de sus 30 años de cátedras emprendió un recorrido por la literatura mexicana del siglo XIX y parte del XX.

De los convocados al homenaje José Emilio Pacheco. La memoria encendida para participar en la cátedra “José Emilio Pacheco en El Colegio Nacional”, acudieron esta noche el arquitecto Teodoro Gonzáles de León y los escritores Enrique Krauze y Juan Villoro, este último como moderador.

Del pintor y escultor Vicente Rojo y el físico Octavio Novaro se proyectaron videos para justificar sus ausencias, mientras en el caso del poeta Gabriel Zaid se leyó un texto que envío y tituló “Inventario”, para rememorar esa columna de Pacheco (que nació en el Excélsior de Julio Scherer y se desarrolló en su totalidad en el semanario Proceso), que justo ayer fue definida por Antonio Saborit como todo un género durante la tercera charla del homenaje.

La cátedra inició con la proyección de un audiovisual denominado “Circos”, para recordar la edición de 2010 de ese mismo nombre, resultado de la fusión de El silencio de la luna (1994) que compila varios poemas de José Emilio Pacheco y cuya inspiración fue el circo de noche, y la serie Circo dormido (2010) del artista Vicente Rojo.

Luego de la proyección, Teodoro González de León recordó algunas anécdotas sobre José Emilio Pacheco y su cercanía con la obra Las batallas en el desierto:

“Este es un pequeño testimonio de la amistad, no recuerdo cuándo conocí a JEP, si en Poesía en voz alta o La casa del Lago, lo que sí recuerdo es que nos presentó Ramón Xirau, recuerdo su casa llena de libros apilados. Cuando nos encontrábamos hablábamos de nuestra ciudad, de la del siglo XIX a la actual, le dolía la contaminación del aire que rodeaba la vista de la ciudad, sabíamos que el crecimientos de nuestra ciudad era imparable por la migración y el crecimiento natural de la población, y sabíamos que nuestro valle cerrado y sin viento atrapa las emisiones de industrias y vehículos.

“Las batallas en el desierto fue una novela urbana, un relato breve, preciso, asombroso que llega profundo, mi niñez transcurrió casi en las mismas circunstancias, ocurre en un lugar donde los faroles plateados daban poca luz con una misteriosa colonia Roma, confieso que tuve un amor como la de Carlitos pero con una bellísima tía. Es una novela magistral, una radiografía de un lugar, de una ciudad, de un país, de un catolicismo de clase media, de corrupción de ayer y hoy. Se sentía culpable de la corrupción, la contaminación…

“En algún lugar dejo escrito ‘soy culpable porque no hago nada para que las cosas sean de otra manera’, no le convencía mi argumento de que hacer lo mejor posible de lo que sabes hacer era hacer tu aportación para un cambio, era, es un poeta, narrador, cronista inmenso que a mi parecer hacía magistralmente lo que sabía hacer”, concluyó el arquitecto.

Después Villoro presentó un video con la aportación de Octavio Novaro, quien debido a un accidente en la mano izquierda no pudo asistir a El Colegio:

“Fue un gran amigo y ciertamente es especial que se me permita a mí como físico hablar sobre un poeta, pero hay muchas coincidencias que tuve con JEP, entre ellas Las batallas en el desierto, que es una descripción de mis tiempos, de mi vida, de mi ciudad, parques, colonia y me he sentido muy representado por esa gran novela, tanto que de ahí nombré a mi libro sobre el “agua pesada” como La segunda batalla del agua pesada (1999) y se lo dedique a él, aunque luego me dijo que no le encontraba gran relación, y le respondí que tal vez él no, pero las que escribió se me quedaron en la memoria.

“Otra coincidencia es que siempre viajábamos en Metro cada vez que íbamos a las sesiones de El Colegio, nos sentábamos y nos íbamos leyendo, a veces se nos pasaba la estación Zócalo y luego teníamos que irnos corriendo, éramos los únicos que llegábamos así. Hay pérdidas que se sienten, y a lo largo de los años hemos tenido muchos compañeros que se han ido, pero hay unas que se sienten más que otras, y así siento la de José Emilio, era como un manantial de agua fresca de sabiduría”, recordó.

En su turno Enrique Krauze, presidente en turno de El Colegio Nacional y director de la edición Letras Libres, realizó lo que Villoro definió como “un retrato íntimo” del trabajo de Pacheco en esa institución.

Krauze definió:

“A partir de su ingreso (10 de julio de 1986), año tras año José Emilio se propuso hacer un recorrido sistemático de la literatura del siglo XIX y parte del XX, tuvo una especie de suerte, pues de 1986 al 2000 hubo diversos centenarios, tanto natalicios como luctuosos, de personajes literarios muy importantes”.

Después Krauze hizo un recorrido sobre sus conferencias de cada año donde Pacheco abordó los trabajos de Rubén Darío, Guillermo Prieto, Federico Gamboa, Mariano Azuela, Amado Nervo, Alfonso Reyes, José Luis Martínez, Jorge Luis Borges, sobre Octavio Paz hasta Carlos Fuentes, entre otros grandes de la literatura.

“Hay otro José Emilio que quisiera evocar y era su gentileza que contrastaba con su intervención en los temas que le apasionaban, sus conocimientos sobre temas tan variados, desde anécdotas históricas hasta leyendas, datos asombrosos, un día me ilustro sobre el sitio exacto de la Batalla de Padierna que me dijo se dio justo en el actual Hospital Ángeles del Sur.

“Se fue antes de tiempo como para comprobar la sombría profecía de sus poemas, aunque fue una dicha verlo en esa batalla contra el olvido, y le corresponderemos recordándolo”, finalizó.

Para concluir la charla, Villoro leyó un texto del poeta Gabriel Zaíd titulado “Inventario”, del cual una parte se escuchó así:

“El centro más visible la obra es su poesía creciente y corregida una y otra vez en cada edición de Inventario, desde los epigramas griegos hasta sus relatos de ficción, libretos de cine y ese escrito como best seller –aunque no fue esa su intención– Las batallas en el desierto. El epígrafe-homenaje que ahora tanto se usa sin saber que fue su invención. Cuando tantos que escriben no están dispuestos a revisar sus propios textos, hay que admirar y agradecer el amor al oficio y la talacha que muchos ya no harían, hay que cuidar de esa manera su obra respetando sus libros que el mismo organizó y lo que haya dejado inédito, sus declaraciones, entrevistas, grabaciones de cátedras, de la prosa cuidada hay que hacer un inventario, de esa cantera pueden salir nuevas ediciones, con buenos cimientos se puede construir algo perdurable”.

Luego de esa lectura culminó la cátedra entre aplausos, y con esto se concluyó la serie de cuatro pláticas denominadas José Emilio Pacheco. La memoria encendida.