El desembarco de Porfirio Díaz en el exilio francés

Porfirio Díaz, militar y político.
Foto: Archivo Proceso

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx) Con motivo del centenario de la muerte de Porfirio Díaz, se reproduce un fragmento del Diario del escritor Federico Gamboa (1892-1939), célebre autor de la novela Santa. Ahí el funcionario porfirista narra el desembarco del dictador en el puerto del Havre hacia el exilio francés, tomado del libro editado por siglo XXI en 1977, con selección, prólogo y notas de José Emilio Pacheco. De este último son las acotaciones presentadas en negritas.

1911.- Deja de ser subsecretario de Relaciones Exteriores. Es enviado como embajador especial a España y ministro permanente en Bélgica y Holanda. En París se reúne con Rubén Darío y Amado Nervo. En Madrid lee un discurso ante Alfonso XIII y logra reconciliar a Antonio Maura y José Canalejas y Méndez. Viaja por España y finalmente se establece en Bruselas.

20 de junio.- Invasión del Frascati. Vinieron de París, además de algunos que no conozco, el ministro Sebastián Mier, su esposa, su hijo y su nuera; el ministro Miguel de Béistegui; Olarte y Castañeda, secretarios de legación: el comandante González Salas, el capitán Frank y el teniente Zárate; Miguel Iturbe y su esposa; Luis Riba y la suya; nuestro cónsul en el Havre… Todos nos hablamos y escudriñamos, tratando de que labios y rostros extraños nos den la clave de por qué ha sucedido esto. Hay tristeza y desorientación…

A las cuatro nos reunimos en el muelle de la Plata, dársena de Bellot, donde atracará el Ipiranga de la Hamburg-Amerika Linie, y donde nos alcanza M. Merley, representante del gobierno francés; M. Genetal, primer magistrado de la ciudad del Havre, y otros funcionarios menores. Llueve tercamente.

De súbito divísase el barco, en nublada lejanía. Conforme avanza, retardando su bogar cabeceante, aumenta en proporciones y se precisan sus perfiles. Cuando acaba de salir de la bruma y que su airosa silueta se dibuja a las claras, vemos que viene empavesado y que, a pesar de la lluvia, nuestra bandera se retuerce y ondea en el mástil de mesana. Mientras lo acoderan en su fondeadero, golpe de viajeros se apretuja contra la barandilla de cubierta, en sus semblantes pintada el ansia irresistible del desembarco en tierra firme al cabo de prolongada travesía, que aun los marinos profesionales experimentan.

Nosotros, la cara en alto, buscamos a los desterrados. La enérgica y viril figura del general Díaz se destaca en el acto, enhiesto, firme, digno como siempre. Rodéanlo sus deudos y Fernando González, Manuel Escandón, Lorenzo Elízaga, Roberto Núñez. Saludó a nuestro grupo, con su mano tendida y cordial; cruzándose en el aire las primeras palabras a voces que, en instantes como éste, se dicen por decir algo… El momento ha adquirido una intensa solemnidad. A poco, puesto el buque a libre plática, tras las autoridades francesas trepamos los demás. La emoción con que yo lo he abrazado me la amargaron las palabras que dentro de su gravedad habitual me dirigió:

–No esperaba verlo a usted aquí.

A la cara ha de habérseme salido la contrariedad, pues muy risueño, Fernando González, previa mirada de consulta a él, me devolvió la calma:

–Al contrario, hombre, envanécete. Desde que salimos de Santander, el señor Presidente nos dijo: el primero que estará en el Havre ha de ser Gamboa.

El Caudillo sonreía, con esa su sonrisa característica que casi no llega a sonrisa.

En el gran salón del paquebote, la parte oficial del acto: Mier presenta a los funcionarios franceses, quienes en su propio nombre, en el del gobierno y en el de las autoridades del puerto dan al Caudillo una bienvenida protocolar. A su zaga, acércanse los compatriotas, y, muy emocionado, Pepe Vega Limón, que lleva porción de años de no verlo, pierde los bártulos al escuchar que el General le dice solamente:

–¿Cómo está usted, señor?…

Tercié en su auxilio, seguro de que, de pronto, no lo había identificado por no portar ya el bigote que antes portara:

–Es Pepe Vega Limón –exclamé.

–¿Y porque es Pepe Vega Limón ha dejado de ser señor?…

Y tendiéndole los brazos con cariño manifiesto, borró mi oficiosidad con esa frase típicamente suya.

La lluvia, afuera, no escampa. Las autoridades lo invitan a desembarcar. Él, antes de hacerlo, va y se despide del capitán del Ipiranga, que lo escolta hasta el portalón y ahí se le cuadra militarmente, en tanto la marinería de a bordo, alineada y agitando al aire sus gorras blancas, lanza a su paso los tres ¡hurras! de ordenanza. Los hombres nos hemos descubierto, el General el primero, quien continúa avanzando con su imponente majestad característica, sin que asome a su rostro –de bronce en todos sentidos– la emoción que ha de haber ido estrujándole por dentro su noble pecho de anciano y de guerrero, reedificador de su patria. Erecto, sereno, fuerte, piso el peldaño inicial de la escala fija, al tiempo que arriaban del mesana, con las lentitudes rituales, nuestra bandera, y que la bandera del transatlántico tocaba, divinamente, nuestro Himno Nacional… Todos, menos él, ahogados de emoción, no acertamos a estorbar que algunas lágrimas mal reprimidas temblaran en nuestras pestañas.

¡Ah, descenso inolvidable el de este gran caído, descubierto bajo la lluvia, a la gris claridad de un cielo ingrato, por la escala de buque extranjero, que viene a vivir sus últimos años en tierras tan distantes de la suya que tanto amó siempre, que enalteció y prestigió con su gobierno probo y sabio, a la que consagró desde su primera adolescencia hasta su extrema ancianidad sus energías y su cerebro, su patriotismos sin mancha y su acrisolada honradez, la sangre de sus venas y todos los latidos de su corazón!…

A tu alteza integral ¡oh ilustre mexicano! esto hacíale falta: que la ingratitud de tus hermanos, adrede cerrando sus ojos para no ver lo mucho que te deben, te forzarán a despedirte para siempre de tus lares idolatrados; a recorrer, agobiado por tu edad y el desengaño, muchas y muchas calles de amargura en demanda de un postrer asilo donde tus canas inmaculadas y tus huesos cansados de cargar la pesadumbre de tus glorias descansen en paz y, al fin se vuelvan polvo en algún camposanto extraño. Al verte bajar así esa escala simbólica, te hallé gran parecido con el rey Lear; pues como a él Cordelia, a ti tu dulce Carmelita, que a modo de enredadera de azucenas poetiza el tramonto de tu vida, y que siendo tu esposa pudo haber sido tu hija, a partir de hoy suavizará los abrojos de los caminos hoscos, y habrán de creerla hermana de Cordelia o émula de Antígona, en esto del amor y la piedad suprema. Y pensé en Cuauhtémoc, porque como aquél, también a ti las posteridades, que son las justicieras, han de llamarte: “Águila que cae”.

¡Que Dios quiera prolongar tu existencia sólo lo indispensable para que refrendes ante el mundo el excepcional y altísimo ejemplo de los grandes veras que igualmente lo son en la prosperidad y en el infortunio!
Por el rápido de las ocho cuarenta y cinco de la noche, y distribuidos en varios carros, la emprendimos a París, adonde llegaremos antes de la medianoche.

Voyme con la gente menuda, para averiguar cosas de allá, mientras el expreso rueda furiosamente. Rompe nuestra cháchara un llamado del Caudillo, a quien Hedeman, de parte de Le Matin, quiere interrogar, y el general pide que yo haga de dragomán y, además le traduzca, palabra por palabra, la versión del reportero que aparecerá mañana. Como la interviú tiene que ser histórica por venir de quien viene; como en las circunstancias actuales quizá nadie en México se atreva a reproducir sin mutilaciones lo que ahora se diga, aquí lo consigno al pie de la letra, conforme sus autorizados labios fueron vertiendo los conceptos memorables, lenta y cautamente, según inveterado hábito en el prudente estadista que siempre se cuidó de pensar y pesar el alcance y trascendencia de sus palabras, es esta ocasión conceptos memorables, lenta y cautamente, según vadía (sic) a intervalos:

–En este ocaso de mi vida, sólo un deseo me queda: la dicha de mi país y la dicha de los míos.
“Sincera y vivamente anhelo que el gobierno que ha de suceder al mío, salga avante en todos sus proyectos de afianzar la calma en el interior y mantener el crédito en el exterior.

“Mi vida política ha concluido, se acaba a mis ochenta y un años.

“Hace ya muchos que yo quería retirarme, pero mis compatriotas no lo quisieron.

“En la última elección presidencial, una convención nacional de todos los estados estuvo en la capital a pedirme que aceptara de nuevo la presidencia de la República, y yo accedí; pero al ceder, hice presente que, a mis años, mi actividad y mis energías no eran ya las de antes. Dichas razones no valieron, mis compatriotas se opusieron a que me retirara.

“Por causas que expuse al parlamento mexicano, tomé la resolución de renunciar a mis funciones. Por causas que no me explico, importantes grupos de ciudadanos se levantaron contra mi administración; y a fin de evitar que mis compatriotas se maten entre sí, a fin de evitar que se derrame sangre mexicana, y a fin de evitar la eventualidad de una intervención extranjera, me dije, que si la lucha podía desaparecer gracias a mi partida, partía yo, voluntariamente, para dejar a la nueva administración toda su libertad de acción, a fin de que mi presencia en manera alguna la perturbara. Voluntariamente he abandonado mi país.

“Sólo un acontecimiento podría decidirme a reanudar una vida activa: que mi país se viera amenazado por el extranjero.

“En ese caso, pero en ese caso únicamente, actuaría yo como un simple ciudadano y como soldado mexicano.
“No creo en ese peligro.

“Deseo, que con prudencia y sabiduría los gobernantes nuevos logren hacer a un lado todos los sucesos graves, lo mismo dentro que fuera.

“A este propósito, ruego a usted (dirigiéndose al periodista) que desmienta la especie que se me atribuye de que yo habría dicho que los Estados Unidos ministraron fondos para fomentar la revolución en México. Nunca dije cosa semejante, Yo solamente hablo de lo que sé a ciencia cierta o de lo que he visto con mis ojos.

“Breves son los días que me restan de vida, y deseo consagrarlos nada más a mi familia.

“En Francia permaneceré algún tiempo. Aunque es éste mi primer viaje a Europa, algo conocía yo a Francia, por haber conocido primero a sus ejércitos. Cuando Napoleón envió sus tropas a México, en beneficio de Maximiliano, me opuse a la intervención extranjera, y fui prisionero de los oficiales de ustedes. A su merced durante nueve meses, puedo declarar con toda franqueza que en tan largo plazo, no fui en realidad jamás un prisionero suyo, sino constantemente su amigo. Y he conservado esa amistad. Después que se retiraron de México, y cuando se me eligió Presidente de la República, recibí felicitaciones de cuantos me conocieron. En aquella época ¡hace cuarenta y cinco años! era yo lo que hoy: un adversario apasionado de cualquier tentativa de intervención extranjera. Era yo republicano y patriota. Lo fui entonces, lo soy ahora, y lo seré por todo el resto de mi vida.

“Cuanto de bueno había dentro de mí, en inteligencia, actividad y trabajo, se lo di a mi país. Durante treinta años he dirigido los destinos de México, movido yo de una sola idea y de un solo deseo: procurarle con todas mis facultades morales y físicas el mayor bienestar posible.

“Hoy, ése es también mi único anhelo, y habrá de ser, mañana, mi único pensamiento.”

Cuando el Caudillo puso punto a la entrevista con esas palabras de amor a su patria, de perdón y de esperanza, que Marco Aurelio hubiera rubricado, hasta en el semblante de Hedeman –el extraño que acababa de conocerlo– se dibujó la honda impresión que en harto mayor grado a nosotros nos embargaba.

Aparentemente, él permaneció impasible y estoico; había vuelto a ser la esfinge que fuera siempre. Sus ojos de águila, apenas abrillantados por tenue vaho, hundíanse en quién sabe qué lontananzas colgadas ya de crespones, de su dilatada vida de mexicano sin mancha y sin reproche.

En la estación de París, porción de gente en espera de los viajeros: más autoridades, Lefaivre, ministro de Francia en México, más compatriotas… Escabúllome en busca de un fiacre (*).

(*) Coche.