Dos décadas de Panteón Rococó en una noche inolvidable

Panteón Rococó en la Arena Ciudad de México.
Foto: Benjamín Anaya

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- El tiempo pasa rápido, pero anoche se detuvo en la Arena Ciudad de México.

Veinte años de tocar shows energéticos, de conectarse con su público -que fue numeroso siempre, pero que despegó para convertirse en una de las bandas más emblemáticas de esta ciudad y de este país, a partir de aquel Skalicia de septiembre de 1996-, Panteón Rococó ha sido un emblema no sólo de una generación, sino, en su sentido más amplio, de una comunidad (su “ejército de paz”), que encuentra en ellos —y mucho—, la definición musicalizada de su desposesión, pero también de su esperanza, de su baile, de su gozo…

Así lo definió su vocalista Román Ibarra “Shenka” al hablar del tema a medio concierto: del soundtrack de su vida.

Para ello han sabido hacer suya la premisa máximo respeto, y conjugar como anoche, la sabiduría y la experiencia de otros músicos, de otros personajes que los han abrazado y acompañado, antecedido en la conexión y el incendio escénico. En la noche del festejo de dos décadas, este combo, alegremente dispuesto para las sorpresas, reunió a Óscar Chávez, a Rubén Albarrán de Café Tacvba, a Denisse Gutiérrez de Hello Seahorse!, a José Manuel Aguilera de La Barranca, a Toño Lira, un quinteto de cuerdas, Dj’s, raperos, en una fiesta inolvidable junto a sus abridores, la Banda de Alientos y Percusiones Aztlán (agrupación juvenil), y los extraordinarios Rebel Cats, otros gigantes del shock escénico y el rockabilly.

Los conciertos de Panteón son intensos, incandescentes. Cada vez que los hemos visto a lo largo ya de veinte años, reinventándose, reacomodándose en el escenario, explorando vestuarios, proyecciones, juegos de luces, arreglos musicales —es decir, evolucionando y revolucionando sus propias intensidades—, hemos podido atestiguar el sobresalto, la admiración, el delirio que produce su vitalidad en el público.

Panteón Rococó es una banda ardiente, pero sedienta: suda e inyecta adrenalina, vuelca en el proscenio y en el backstage (que deben ser siempre muy amplios para el velocímetro de su frenesí), el “Sueño fugaz” de sus kilométricos conciertos. Los Rococó son muchos y les gusta la frugalidad, la vastedad; nunca dan poco, no se conforman, son inconformes, pero esta vez se volaron la barda y prepararon un festejo que duró más de cinco horas. Ser generosos les ha atraído la comunión con su coro de millones de seguidores en redes sociales en México, Estados Unidos, Europa e Hispanoamérica, pero sobre todo en Alemania (casi su segunda patria, con Hamburgo como la meca del Futbol Club Sankt Pauli, símbolo del antifascismo, Los Beatles y la vida alegre en zona roja de piratas).

Sin embargo, a pesar de que en estos cuatro lustros partieron desde el barrio popular chilango hasta los más importantes festivales del mundo, su piso sigue siendo el mismo: la causa libertaria. Aquí y allá, abajo el fascismo. En eso tienen el germen de una Europa que no cede en su lucha contra el racismo y la exclusión, la misoginia y el despojo.

Ayer y aquí, como desde sus principios, hicieron suya la consigna “desde abajo y a la izquierda” y le rindieron homenaje y reconocimiento a los zapatistas, al EZLN y a Marcos, con el mismísimo Óscar Chávez en un breve redondel acústico. Sus canciones dan y dicen mucho (a diferencia de otras agrupaciones donde la ausencia de temas políticos es tónica masiva), pero el diálogo de Shenka con sus fervientes seguidores en los lapsos entre canciones, durante sus entrevistas, con actos concretos de solidaridad, apoyo y sostén específicos, los mantienen en la verosimilitud, habida cuenta de lo sencillo que pudiera ser —y es— para algunos, hablar, decir, declarar…

En las pantallas gigantes de la Arena desplegaron imágenes, ofrecieron cifras de desaparecidos, mostraron su respeto y memoria a los 43 normalistas de la Isidro Burgos, recordaron la matanza de Acteal, Aguas Blancas, Tlatlaya, la Guardería ABC, los feminicidios de Juárez. Se burlaron de la TV. Con el solo acto de abarrotar Arena Ciudad de México, le demostraron a la industria musical y al poder mediático, que se puede tener esa independencia, sin retórica: son libres, viven su Real Independencia.

Y sí: dicen lo que quieren, tocan lo que les place, mezclan “Lágrimas negras” con el éxito “La dosis perfecta” —que a tantos nos tomó desprevenidos y que masificó su gloria, esta vez con la hermosísima presencia de Denisse Gutiérrez—, ratifican las herencias del reggae con el ska, del rockabilly con el surf, del rock steady con el calipso, del jazz y la música de cámara con su ensamble de alientos, del rock y sus distorsiones frenéticas con las Gretsch, Les Paul, Stratocaster y Telecasters de Gorri y Monel, siempre en el continuo que Darío proporciona con sus Fender Jazz Bass, Rickenbaker y ahora con sus contrabajos que le dan cuerpo, que levantan el cuerpo del Panteón.

La música del combo (y cerca de treinta mil almas pudimos testificarlo ayer), posee las virtudes del vértigo y la calma: su agógica y dinámica respiran y transpiran, baten in tempore, atacan mágicamente en el fortissimo del percusionista Tanis y la precisión geométrica de la batería de Hiram, para después dejar el scherzo intencional de alguna nota bromista del sax de Missael o el trombón de Paco, algún chascarrillo que proviene desde la diversión evidente de su decena de micrófonos, sístole y diástole de una algarabía que todos disfrutan bailando, meciendo los brazos, besándose, encariñándose con todo ello.

No es fácil advertir el paso del tiempo, tampoco resistirlo en la música popular, con un entorno mediático que suele ser coartante, promulgar casquete corto y abstinencia de lubricidad radical. Sobrepasarla, por tanto, es loable: han logrado armonizar una banda de magníficos rufianes que se dedican a organizar las fiestas más entrañables de nuestra vida cultural, y que son a la vez declaraciones de paz y memoria social, de apego al género y atrevimiento arreglístico, de respeto y seducción (como ese tango que recordaremos siempre con la “Vendedora de caricias”).

Y quieren más, nos dicen, es su emblema del XX Aniversario. Sabemos que habrá más: anoche prometieron otros veinte años. Casi podríamos asegurarlo, si no fuera porque la vida es una sorpresa, como las que nos regalaron anoche los compañeros musicales: Panteón Rococó nos dará más.