Gracias, Gustavo Saínz, gracias

Gustavo Saínz, escritor.
Foto: Archivo Procesofoto

Para Ignacio Trejo Fuentes y Fernando Reyes

MÉXICO, D.F. (apro).- Tenía yo más de 17 años pero menos de 20. Acababa de llegar desde la Preparatoria Nueve (“Allá por el rumbo del norte/ donde vive la gente decente,/ arriba, arriba,/ la prepa de Insurgentes”, “Vino, mujeres y mota de Insurgentes llegó la flota”) a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional, donde nos encontramos con un conglomerado de sujetos igual a nosotros: inquietos, anarquistas, singulares, inteligentes y muy creativos. Creo que nunca volverá a suceder eso en toda la historia de Ciencias Polacas y Socialistas, porque hay oportunidades que son únicas e irrepetibles y sabemos que el talento no se da en macetas y esa fue una de esas ocasiones excepcionales, estoy casi seguro, y mientras no se demuestre lo contrario así lo creo.

Fuimos nutridos intelectual y vitalmente por maestro chilenos, argentinos, bolivianos, uruguayos, haitianos, brasileños y muchos muy buenos maestros mexicanos entre quienes se encontraban René Avilés Fabila, Guillermina Baena, Fernando Benítez, Susana González Reina, Hugo Gutiérrez Vega, Miguel Ángel Granados Chapa, Enrique Atonal, Froylán M. López Narváez, Emilio García Riera, Jorge Ayala Blanco, y muchos más que ahora se me escapan de la mente, pero uno de esos catedráticos formadores y mentores que sobresalía por su generosidad y espíritu siempre abierto era Gustavo Sainz, a quien se le conocía también como Gazapo Sainz, por su primera novela, Sainz Fiction, por los verbos que se echaba en clase, donde él decía que conocía a todo mundo, y luego lo comprobamos, supimos que sí.

Pero la primera vez que nos enteramos que era maestro de Ciencias Polacas fue por una bronca que traía con los fascineros que venían de la Preparatoria Cuatro: Gustavo García, Rafael Vargas, Miguel Ángel Morales, Roberto Diego Ortega y otros quienes comenzaron a pegar por toda la Facultad unos carteles donde señalaban defectos del maestro Saínz, con quienes apenas comenzábamos a tener clases y todavía no lo conocíamos a fondo. Lo cierto es que nos cayó muy gorda la actitud de esos sujetos –que finalmente terminaron siendo nuestros grandes amigos: si no puedes con el enemigo ¡únetele!, si no puedes con los bárbaros ¡úneteles!–, y casi los retamos a un duelo. Nosotros los de la Preparatoria Nueve no éramos machos pero sí éramos muchos, además de que se nos unieron los y las de Prepa Seis, Cinco, Dos y algunos provincianos con los que formamos un fuerte contingente que le quería partir su maraca a esos arrebatados tipos.

Lo cierto de todo esto es que fuimos todos muy civilizados, discutimos pero nunca nos peleamos, y crecimos intelectual y físicamente como hermanos entre todos los que coincidimos en esa generación, otra hacia arriba y la que nos seguía.

Ahí estaban Ángeles Mastretta, Javier González Rubio, David Martín del Campo, todos ellos ahora novelistas de renombre y con varios títulos publicados. Con menos años que nosotros estaba Javier Córdoba –compañero mío desde la Secundaria 93 de San Pedro el Chico–, Joel Piedra –el primer desaparecido poético que conocimos–, Emiliano Pérez Cruz, Víctor M. Navarro, Josefina Estrada, Enrique Aguilar, Ernesto Martínez Elorriaga y muchos otros más.

Las clases de Gustavo Sainz –Literatura y Sociedad I, II, III y IV, Técnicas de Periodismo Gráfico y otras tantas materias que abordó– nos marcaron por muchas razones: eran muy buenas y divertidas en la medida en que siempre nos proporcionaba mucha información sobre los temas que trataba, además de llevarnos los libros de los autores ahí mencionados, tanto nacionales como extranjeros.

Luego conseguía los libros en las editoriales y los vendía a precios de costo, además de que más tarde invitaba a los autores para que nos firmaran nuestros ejemplares, así conocimos entre tantos otros a José Agustín, Alberto Dallal, Jorge Arturo Ojeda, Roberto Páramo, Tomás Mojarro y Elena Poniatowska.

Dentro de esa misma dinámica propició un encuentro entre el naciente Taller de Poesía Sintética de la FCPyS y los miembros de La Máquina Eléctrica Editorial –Raúl Renán, Carlos Isla, Antonio Castañeda, Miguel Flores, Francisco Hernández, Guillermo Fernández–, la cual fue muy provechosa ya que de ahí salieron tres libros: Espolón de proa de Joel Piedra, Tiro al blanco de Juan Manuel Asai, y Mester de hotelería de quien esto escribe. Además de que gustaba mucho regalar libros y revistas. Me acuerdo del libro de poemas Ese puerto existe de Blanca Varela, el cual fue un obsequio de Sainz.

Otras de las materias que también impartía Sainz era Publicidad y Propaganda; entonces para hacernos ver la importancia de las imágenes, nos invitaba a la vieja Cineteca Nacional de Calzada de Tlalpan para ver ciclos completos de películas que no eran frecuentes en las carteleras comerciales de aquel entonces como todas las cintas de Woody Allen, Pier Paolo Pasolini y una que me llamó mucho la atención y me impresionó: Vieja dama indigna, donde un chavito de 14 años se enamora de una mujer de casi 60 años y viven una serie de aventuras y avatares, entre otros lo sexual. Y todo esto de lo que disfrutábamos en las jornadas matutinas de la Cineteca Nacional era completamente gratis.

También en sus clases siempre había información de cultura, literatura, discos y, sobre todo, las novedades editoriales, ya que nuestro maestro estaba en el centro mismo del quehacer librero de ese entonces, además de que ya era un veterano fundador de muchas revistas y publicaciones, donde había apoyado a varios miembros de su generación y más jóvenes como lo eran José Agustín e Ignacio Solares.

En esa misma época Sainz nos presentó a Máximo Simpson, quien a su vez nos presentó a Stella Calloni y a Elena Jordana, con quienes hicimos una amistad entrañable y también nuestro primer libro colectivo: Doce modos.

Por esos mismos años Gustavo fue nombrado coordinador de la Carrera de Periodismo y Comunicación Colectiva y nunca como en ese entonces surgieron publicaciones, libros, guiones y tantas cosas más. De ahí surgió el periódico Tintero realizado por varios compañeros de mi generación, sobresaliendo el ahora director de cine José Buil.

Igual nació Sitios, la publicación del Taller de Poesía Sintética que Gustavo siempre apoyó y por lo mismo se pudo organizar el concurso de cuento y poesía del XXV Aniversario de la Facultad y el Gran Premio Cheverny de Poesía, ambos actos sumamente concurridos y que propiciaron el acercamiento entre todos los sujetos que escribían en ese momento en la escuela: Patricia Felguérez, Carlos Barrera, Ana Luis Solís, Fernando Figueroa, Hortensia Moreno, Juan Manuel Asai, Margarita Yépez, José Javier Navar, Alma Lilia Goyner, Javier Córdoba, Joel Piedra, entre tantos otros.

Pero precisamente cuando ya tenía entre 18 años pero menos de 20, además de que ya me había tocado la flecha que me mandó Cupido, colaboraba en las páginas de Cultura de El Sol de Toluca, gracias a la generosidad de la maestra Guillermina Baena, y ya trabajaba en la Subsecretaría de la Presidencia en la Dirección General de Cine, Radio y Televisión donde hacíamos análisis de contenido y monitoreo de la publicidad y propaganda oficial, al lado de ni más ni menos que Carlos Velo –quien dirigió la primera versión de Pedro Páramo con John Gavin e Ignacio López Tarso en los papeles principales– y donde yo ya había tenido de jefe a El Güero Landeros y a Fausto Zapata Loredo.

Andaba en esos pasos a finales de 1976 y me iban a nombrar jefe de oficina con un buen sueldo, cuando supimos que a nuestro maestro Gustavo Sainz, le acababan de nombrar director de Literatura del INBA. Lo felicitamos muy cordialmente y entonces me comentó que me invitaba el sábado a desayunar en su departamento de Nazas 77, el cual ya conocía porque en otras ocasiones ya había estado ahí.

Me presenté a la hora citada y Gustavo me hizo una de las tantas proposiciones indecorosas que me ha hecho a lo largo de mi vida: que si quería irme a trabajar con él al INBA: me ofrecía un ambiente cordial, trato con escritores y un sueldo mucho más bajo del que yo ya recibía en la Subsecretaría de la Presidencia.

El dinero es importante en las novelas de Balzac pero también afuera de ellas, aunque ante esta proposición ni siquiera lo pensé: el lunes estaba renunciando a una posible y larga carrera burocrática para sumarme a una loca aventura literaria, la cual duró casi cinco años hasta que el escándalo de un libelo alcanzó a Gustavo –yo había renunciado unas semanas antes.

Sin ninguna duda y desde su puesto de Ciencias Políticas de la UNAM y del INBA, directa o indirectamente, Gustavo ayudó a la formación y el crecimiento de muchos individuos, autores, músicos, fotógrafos, diseñadores y artistas; puedo mencionar sin temor a equivocarme a algunos de ellos: Elías Nandino y su Taller de Literatura, Lázaro Blanco, Pedro Meyer, Armando Villagrán, José Antonio González y Arriaga, Leonardo García Tsao, Gustavo Montiel, Raúl Rodríguez Cetina, Alejandro Sanciprián, Arnulfo Domínguez Cordero, Acela Gavilán Cedeño, Consolación Salas, Fermín Aguilar, Carmen Morales, Lucía Felicidad, René y César Delgado, Susana Charaud, Luis Vázquez Márquez, Enrique Vera, Arnulfo Rubio, Rolando Isita, Alejandro de la Garza, Andrés de Luna, Arturo Mena, Luis Acevedo Pesqueira, Carlos Daniel Gutiérrez, Guadalupe Hoyos Albiter, Alfonso Rodríguez Tovar, José Nemorio Mendoza, Armando Buendía, Carmen Sifuentes, Carmen Plaza e Ignacio Trejo Fuentes, entre tantos otros que hicieron trabajos con Gustavo o recibieron clases o apoyo de él.

Y no se diga de su obra literaria, donde ha experimentado y ha mostrado que es, sin ninguna duda, uno de los narradores más dotados de su generación y uno de los escritores más sólido de la literatura hispanoamericana, como lo demuestra con sus novelas y trabajos narrativos desde su ya famosa Autobiografía, publicada en 1966, Gazapo, La princesa del Palacio de hierro, Compadre Lobo, Obsesivos días circulares, pasando por La Muchacha que tenía la culpa de todo, Fantasmas Aztecas, Retablo de inmoderaciones y heresiarcas, A la salud de la serpiente, Paseo en trapecio, A troche y moche, Batallas de amor perdidas, y su más reciente y excelente novela: El tango del desasosiego.

Aquí citaré a Alejandro Jodorowsky (Psicomagia. Ed. Siruela; México, 2006. 356 pp.), quien también recibió en algún momento apoyo y solidaridad de Sainz, que hace un muy buen apunte sobre la amistad: “La amistad ‘imbécil’ es encontrarse para decir cosas no para hacer cosas. Nos decimos cosas cacareando como en un gallinero. Nos educamos hablando, no haciendo cosas. Por eso el refrán ‘Del dicho al hecho hay mucho trecho’. Nos pasamos la vida diciendo ‘Tú me has dicho eso’, ‘Retira inmediatamente lo que has dicho’. Es muy infantil, es el infantilismo de una educación verbal, donde sólo las palabras significan algo. Y la creatividad en este estado es nula. Un mundo donde solamente hay palabras es un universo donde no hay creatividad. Las palabras resultan histéricas cuando son tomadas como un lenguaje donde el objeto son las mismas palabras. La creatividad se da fuera de las palabras. Cuando el poeta trabaja esencialmente con palabras, entonces éstas explotan. Son dispersadas, rotas.”

Y desde siempre, desde el lejano año de 1973 cuando lo conocí y traté por primera vez a mi querido maestro y amigo Gustavo Sainz, lo sé, lo he comprobado, que ha sido y es un hombre de palabra(s) que se vuelven hechos, de proyectos que se aterrizan y se vuelven realidades.

Por lo narrado anteriormente, por todo ello y más, por todo lo que nos dio y nos sigue dando, sólo me queda decirle con todo el corazón: gracias, Gustavo Saínz, muchas gracias. Y celebrar cordialmente sus primeros 70 años de vida.

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(*) Chapingo, México-Iztapalapa, Bondojito, D.F.-Centro Histórico de la Ciudad de México, mayo del 2010