Sainz en su búsqueda temprana

Gustavo Sainz en su juventud.
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Han pasado casi 45 años desde esta entrevista (22 de noviembre de 1970) –preguntas y respuestas rápidas–, que con el encabezado “Gustavo Sainz: La literatura, zona franca de la mentira”, publicó Rafael Rodríguez Castañeda en Diorama de la Cultura –suplemento cultural del diario Excélsior dirigido por Julio Scherer García–. Empezaba a despuntar la literatura llamada de “La Onda”. El ahora director de Proceso abordó al escritor en su departamento de la calle de Río Nazas para desentrañar su método de trabajo. Sainz, fallecido en Bloomington, Indiana, Estados Unidos, el 26 de junio, iba a cumplir 75 años el lunes 13.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- ¿Desempeña el escritor una función específica en el mundo actual?

–Sí, creo que sí. El escritor tiene que luchar por hacer del mundo un lugar apto para la vida de la imaginación. Su misión es también hacer la revolución, o pugnar al menos porque ésta se realice. Pienso que los libros son el resultado frustrado de esta lucha.

–¿Guía al escritor su compromiso con la sociedad?

–No puede, no debe estar comprometido con la sociedad. Lo está, sí, con su tiempo y consigo mismo. Está obligado a guardar fidelidad a su impulso para el cambio. Quiero aclarar que este compromiso es para el escritor en tanto que es un intelectual. En cuanto a su oficio, su único compromiso es escribir bien.

–¿Ha cambiado la función del escritor?

–Sí. En algún momento fue el develador de las costumbres sociales y de la corrupción. Ahora cumplen esa labor la televisión y el cine. La novela ha vuelto a sus orígenes, y se contrae ahora a problemas de lenguaje.

–¿Pero cumple todavía su misión de comunicar al autor con las masas?

–La novela no está destinada a las masas. Me niego a creer en el arte colectivo. Las clases medias, por ejemplo, no necesitan de la novela; les basta leer su diario deportivo y ver sus programas de televisión. La novela contemporánea está dirigida a un público culto, educado, formado por intelectuales.

–¿Quiere decir que no aspira a tomar un mayor número de lectores?

–El lector medio casi siempre prefiere a los malos escritores. Una cultura degenera en cuanto es más amplio el mercado de libros. El nivel literario es muy bajo en los países donde los tirajes de libros son altos.

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–Sin embargo en Estados Unidos…

–En Estados Unidos el autor escribe con el pensamiento fijo en el gigantesco mercado potencial de lectores. Hace una literatura puramente comercial. En algunos países europeos se da el mismo caso. De allí el éxito, por ejemplo, de Papillon.

–¿Qué opina usted de Henry Charriére?

–Su lenguaje es de una pobreza absoluta.

–¿Cómo querría usted culminar su carrera de escritor?

–La literatura no es una carrera. Es un proceso de búsqueda y encuentro de una identidad.

–¿Qué características ha tenido este proceso en su caso?

–Lo inicié por la ruta del periodismo, que mi propio padre me trazó. A los diez años hice mi primera revista. Pasada la adolescencia sentí unos deseos muy grandes de decir cosas, y para hacerlo escogí la literatura.

–¿Cuáles eran entonces las cosas que quería expresar?

–Pretendía describir el insólito mundo de la adolescencia. Durante mucho tiempo sentí necesidad de retenerlo, aferrándome a él como suelen hacerlo algunas señoras al contar sus enfermedades.

–¿Son ahora de otro tipo sus asuntos literarios?

–Nuevas lecturas, cine, otras amistades, modificaron mi punto de vista sobre la literatura y sobre lo que puede contarse en una novela. Escribo de sensaciones comunes, soledad, opresión, todo lo que puede fatigar muchos de nuestros días.

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–¿En qué grado sus novelas están basadas en la realidad?

–Todo es real, aun cuando ocurra solamente en la conciencia. Todas las influencias de un escritor son reales. Claro que en un porcentaje las novelas se basan en hechos de la vida cotidiana, y en otro están compuestas por los fantasmas que pueblas el subconsciente.

–¿Cómo están repartidos, en usted, estos porcentajes?

–Un diez por ciento del contenido de mis novelas proviene de mi experiencia tangible. El resto está compuesto de mi vida subconsciente.

–¿Los personajes de sus novelas están basados en personas que usted conoció?

–No exactamente. Soy un cazador de lo insólito. Rescato gestos, ademanes, situaciones, para incorporarlos más tarde a los personajes.

–¿Usa usted un cuaderno de apuntes?

–No, no lo uso. Llevo un diario con el que tengo una cita cotidiana. Desde hace unos doce o catorce años. En ocasiones me es de utilidad en el proceso creador.

–¿Qué anota en este diario?

–En un principio incluía yo en él reflexiones literarias, comentarios de cine e intentos de aprehensión de esos momentos que algunos llaman epifanías: una escena o una acumulación de circunstancias que nos hacen sentir que allí está la vida. Posteriormente, el diario se convirtió en una crónica de mis movimientos en el mundo como personaje. Ahora lo uso de referencia en momentos de frustración creativa.

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–¿Suele utilizar usted mapas o esquemas o diagramas para guiarse en su trabajo literario?

–Nunca. Empiezo a escribir la primera página, y de ella parto hacia adelante hasta completar el libro.

–¿Escribe todos los días o sólo cuando está inspirado?

–No creo en la inspiración. No concibo al escritor sentado ante su máquina esperando la patada de la musa. Pero además escribo todos los días porque periodísticamente es mi modus vivendi.

–Pero me refiero a su trabajo literario…

–Habría que distinguir primero qué entiende usted por “literario”. Hay tanta literatura en un poema de Borges como en un recado de la sirvienta.

–¿Corrige o rescribe usted mucho?

–Continuamente. Rescribo prácticamente todo cada vez que, tras un periodo de inactividad, vuelvo a tomar el libro. Mi proceso de corrección es continuo.

–¿En qué consiste este proceso?

–Buscar que lo que escribo exprese exactamente lo que yo quiero decir.

–¿No pretende escribir con corrección gramatical?

–La verdad, no. Hay escritores que nos dicen su conocimiento de gramática más que sus aprehensiones. No considero conveniente el uso dictatorial de la gramática. El escritor demasiado preocupado por problemas gramaticales está perdido.

–¿Sus originales son escritos a máquina o con pluma o lápiz?

–Siempre escribo a máquina, con excepción de mi diario. Lo hago indistintamente en una máquina de escritorio mecánica o en una eléctrica semiportátil.

–¿Alguna manía en especial distingue su trabajo literario?

–Bueno, soy un fanático del original sin yerros. Soy capaz de escribir diez veces una hoja para que salga limpia de errores mecanográficos. El tipo de papel también es importante. Gazapo la escribí en papel Meca Bond, de 39 kilos, amarillo, y con cinta negra, Ahora uso papel blanco, Yoko Bond, de 27 kilos.

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–Cuando comienza a escribir una novela, ¿qué tipo de idea general tiene?, ¿cómo empezó Gazapo, por ejemplo?

–Tenía el deseo de relatar mis experiencias de adolescente. Comencé a escribirla con la idea fija de convertirme en novelista, pero quería hacer algo distinto a lo que se hacía en México. Tomé, entonces, mis experiencias y las de mis amigos y traté de narrarlas con el lenguaje que comúnmente usan los jóvenes en la colonia Del Valle.

–¿Entonces los personajes de esta novela son figuras tomadas de personas reales?

–Es un solo personaje importante: Menelao. Soy yo mismo, un adolescente encandilado por los descubrimientos de la vida. Un narrador esforzado por llevar a cabo su empresa de contar algo, y con cierto desinterés hacia las explicaciones y hacia los personajes secundarios.

–¿Podría describir el estilo en que está escrito Gazapo?

–Como una incorrección gramatical, tal vez. Eliminé del original todas las frases bonitas y felices. Considero falaces las metáforas.

–¿Hay un momento más o menos largo en que la novela evoluciona en su propia mente, antes de escribirla?

–Sí. Las llevo en el cuerpo durante un tiempo variable. Como Henry Miller, me siento embarazado de mis libros. Hay un momento en que esta situación se hace inaguantable, y me pongo a escribir después de que mentalmente organizo el material.

–¿Estructura en su mente la totalidad de la obra?

–No, por lo general pienso una página o quizás un capítulo de la novela, y cuando lo siento suficientemente maduro lo paso a papel.

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–¿Es doloroso ese papel?

–Bueno, escribir un libro es tan difícil como proyectar y construir un edificio, con la circunstancia de que aquél es un trabajo de un solo hombre y éste de muchos técnicos.

–¿Podría discernir cuál es la diferencia fundamental entre Gazapo y Obsesivos días circulares?

–Gazapo es una novela de estructuras de espacio, donde la narración no es lineal. Está descompuesta en recuerdos, hipótesis, suposiciones, sueños, etc. Obsesivos días circulares intenta dividirse en estructuras de lenguaje dentro de una estructura de tiempo convencional.

–Gazapo es la novela de un adolescente que narra su propio mundo, ¿qué es Obsesivos…?

–Es la sensación de vivir en México; es la descomposición de un lenguaje en referencia a su contacto con la ciudad. En ambas novelas, repito, el personaje único es el narrador en la voluntad de terminar con su empresa de contar algo.

–¿Se ha enfrentado usted a algún problema técnico especialmente difícil de resolver?

–Todos los días me veo ante un problema básico: cómo rechazar los lugares comunes, si su fuerza expresiva está a prueba de siglos. Por ejemplo, hallar una frase equivalente a “matar a sangre fría” que conserve toda su fuerza dramática y significativa.

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–Algunos críticos notan en sus cuentos y novelas una repetición temática. ¿Es así en efecto? ¿Tiene preferencia por ciertos temas en particular?

–Yo sólo escribo en torno a tres temas: el tiempo como reflexión, el lenguaje, y yo mismo.

–¿Expresa usted en sus novelas una verdad o su verdad?

–¿Mi verdad? Qué absurdo. La literatura es una zona franca para decir mentiras.

–Sin embargo, debe tener un valor de cierto tipo: histórico, político o religioso, ¿no es así?

–Definitivamente no. Si una obra literaria sobrevive es por su mensaje artístico, y nada más.

–Pero algo deben expresar las novelas o los poemas…

–No dicen cosas. Son cosas. No expresan un mensaje. Son el mensaje mismo. Igual que un crepúsculo, por ejemplo. No dice un mensaje bello. Es bello en sí. La novela, entonces, no es una verdad. Simplemente es, y ya.

–¿Por qué abundan las relaciones sexuales en sus novelas? ¿Esta es característica de la literatura contemporánea?

–Esto último es falso. Hay tanto sexo en las actuales novelas como en las de siglos pasados. Amor era el nombre del sexo hasta el siglo XX.

–Algunos escritores son demasiado sensitivos a la crítica. ¿Lo han afectado a usted mucho sus críticos?

–Veo la crítica como algo muy despegado de mí, porque mis libros ya no me pertenecen desde el momento en que son editados. Sin embargo, me gusta la crítica como creación, como intento interpretativo de mis obras. Pero no tolero correcciones.

–¿Han influido de alguna manera otras manifestaciones del arte en su proceso creador?

–Sí. En especial la pintura, la música y el cine. De la pintura aprendí el proceso de lo que yo llamo contextura. El lenguaje es una textura que se consigue por la abundancia de determinadas letras o palabras y su posición en la página de un libro, que es también un dibujo, distinto en cada idioma. Tiene un valor visual. En cuanto a la música, del jazz aprendí el ritmo del lenguaje y a variar mi sintaxis. Escuché después música clásica de principios de siglo, que refrendó mis conocimientos. Ahora prefiero el rock y la música pop, que me enseñaron la potencia de la sinceridad, la posibilidad de utilizar un lenguaje antes destinado sólo al sillón del psicoanalista. El cine, finalmente, me permitió perfeccionarme en la narración de la secuencia-comportamiento.

–Una última pregunta respecto al aspecto práctico de su acto de escribir: ¿Cómo da usted con los nombres de sus personajes? ¿Tienen algún significado especial?

–Los nombres se me imponen. Los más importantes son Menelao, en Gazapo, y Yinyin, en Obsesivos días circulares. El primero lo escogí por su sonoridad, y por sus implicaciones dentro del modo de ser del personaje. Este, por su solo nombre de Menealo, ya de por sí está desubicado en México, como lo está en la propia novela. En cuanto a Yinyin, deriva del nombre de una canción brasileña que me gustó en forma especial.

–¿Se considera usted un escritor de éxito?

–No sé qué es el éxito. Pero a lo mejor sería muy engorroso alcanzarlo

–¿Pero económicamente vive usted gracias a la literatura?

–Indirectamente vivo de lo que escribo, porque los libros publicados me han dado un prestigio, y en base a mi identidad como escritor consigo trabajos periodísticos con los que me sostengo.

–¿En qué forma entonces gana usted más dinero?

–Con un solo dedo, al escribir la máquina.

–¿Qué autores han ejercido un mayor grado de influencia en usted?

–Todos los que he leído, y leo mucho y muy rápido.

–¿Podría usted calificarse como un buen escritor?

–Persigo ser un buen narrador. Me gustaría llegar a ser un buen escritor.

–¿Practica su oficio dejando a un lado sus sentimientos personales?

–Idealmente debería ser así, porque la novela y la vida tienen unidades de tiempo y reglas diferentes. Sin embargo, a veces un sentimiento que prevaleció durante su gestación impregna el libro.

–¿Dónde escribe usted? ¿Tiene importancia el lugar donde se lleva a cabo el acto creador?

–Prefiero definitivamente escribir en este estudio, aunque Obsesivos… fue hecho en la Universidad de Iowa. Durante muchos años una habitación como esta constituyó para mí una cámara descompresora de la que no podía estar fuera por mucho tiempo.